El cuadro «ofelia», de John Everett Millais
El cuadro «ofelia», de John Everett Millais - John Everett Millais

La potente droga detrás del famoso cuadro «Ofelia»

Entre el nutrido listado de adictos ilustres al láudano se encuentra Elizabeth Siddal, musa de los prerrafaelistas y modelo de la pintura

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Al norte de Londres está emplazado uno de los lugares más asombrosos de la capital británica, el cementerio Highgate. Fue construido en la época victoriana como solución a la superpoblación que sufrían los cementerios que había en aquel momento, derivada de la pobreza y de las interminables epidemias de cólera.

Los turistas instruidos buscan entre sus jardines ornamentales los mausoleos de personajes famosos, ya que entre los insignes residentes que duermen entre sus muros el sueño eterno se encuentran Karl Marx, George Michael, George Elliot, Michael Faraday y… la musa de los prerrafaelistas.

Ofelia de Millais

En efecto, tras un recodo umbrío y entre una vegetación exuberante descansa Eleanor Elizabeth Siddal (1829-1862), la estilizada y admirada pelirroja que fue esposa de Dante Gabriel Rosetti –cofundador y una de las figuras principales de la Hermandad Prerrafaelista-.

Posiblemente Lizzy, que así es como la gustaba que la llamasen, es recordada entre el gran público por inspirar a J Everett Millais uno de los cuadros más icónicos de todo ese periodo, la muerte de Ofelia en la laguna.

Se cuenta que el pintor obligó a Elizabeth a posar durante las largas horas invernales en una bañera llena de agua. En estas lóbregas condiciones no debe sorprendernos que la musa enfermase, iniciándose una larga y terrible enfermedad que combatió a duras penas con la ayuda del analgésico de la época, el láudano.

La panacea de todos los males

Esta sustancia fue preparada por vez primera en el siglo XVI por el químico suizo Paracelso (1493-1541). Desde su creación no dejó de usarse para combatir los más diversos males, desde el dolor de muelas hasta la tuberculosis, pasando por la diarrea o la gripe.

Se elaboraba mezclando en cantidades adecuadas clavo, canela, vino blanco, azafrán y opio. Todo ello bien disuelto en alcohol de setenta grados. Se calcula que cada treinta y tres gotas de láudano contenían doce centigramos y medio de opio.

Durante la Europa victoriana fueron muchos los intelectuales que cayeron rendidos a los brazos del láudano. Hay que tener en cuenta que en aquellos momentos no pesaba sobre él ninguna condena social ni moral y que, además, se vendía en las boticas sin necesidad de disponer de receta médica.

Es fácil entender que esta sustancia ejerciese una atracción fatal para los «artistas malditos» que preferían huir de la realidad y refugiarse en infiernos artificiales y mundos imaginarios, menos aburridos aunque mucho más peligrosos.

El láudano ayudó a muchos escritores a dar rienda suelta a su producción literaria, de esta forma fue el responsable de la angustia cegadora que aparece en muchos de los escritos victorianos, así como de los delirios, sueños y tormentos de algunos de los más bellos poemas.

Algunos abusaban de su consumo por puro hedonismo pero otros, como en el caso de Siddal, buscaban una boya a la que aferrarse para hacer frente a la melancolía y al sufrimiento interno que los atormentaba, ribetes en los que no faltaban tintes sociales y biográficos.

A la edad de 33 años, después de haber dado a luz por segunda vez un niño muerto, Elizabeth se suicidó tomando una sobredosis de láudano, su más fiel compañero. En sus atormentados versos de «Amor muerto» o «Agotada» se intuye la descomedida sombra del opiáceo.

M. Jara
M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.