Este médico logró reducir la mortalidad de las salas de ginecología del 11 y el 30, al 3%
Este médico logró reducir la mortalidad de las salas de ginecología del 11 y el 30, al 3% - ABC

El médico injustamente odiado que salvó millones de vidas por lavarse las manos

Hace doscientos años nació Ignaz Semmelweis, un médico húngaro que introdujo en el siglo XIX el lavado de manos en la práctica clínica, pero que fue condenado al ostracismo por sus colegas

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En los dos últimos siglos la esperanza de vida se ha multiplicado varias veces gracias a los avances tecnológicos. Si tuviésemos que realizar una lista con las aportaciones científicas que más vidas han salvado, el primer lugar no lo ocuparían los antibióticos, ni las vacunas, ni los rayos X… Ese puesto estaría reservado para la higiene de manos.

Este año se conmemora el 200º aniversario del nacimiento de Ignaz Semmelweis (1818-1865), el médico húngaro que introdujo en la práctica médica el lavado de manos durante los partos.

El galeno que salvó a las madres

El doctor Semmelweis fue un ginecólogo que trabajó en el hospital general de Viena, cuando esta ciudad era la capital del imperio austro-húngaro. A mediados del siglo XIX la tasa de mortalidad por fiebre puerperal –infección adquirida por la parturienta- tenía una tasa de mortalidad que oscilaba entre el 11 y el 30%.

El galeno húngaro detectó que las salas obstétricas con mayor mortalidad eran aquellas en las que los médicos y los alumnos que realizaban los partos venían de realizar autopsias. En aquellos momentos se desconocía la existencia de microbios y, mucho menos, que se pudiera contraer infecciones por el simple contacto.

Semmelweis intuyó que si la higiene de los médicos mejoraba tras la práctica de las autopsias, quizás la mortalidad de las parturientas se redujera. Sus contemporáneos se llevaron las manos a la cabeza. ¿Muerte materna relacionada con la suciedad de las manos? ¡Aquello era de locos! ¿A dónde íbamos a llegar?

La ciencia decimonónica atribuía la mortandad materna a otros factores, como podía ser una dieta exigua, la debilidad materna en el momento del parto o la presencia de miasmas –emanaciones fétidas de suelos y aguas-.

Del 30% al 3% de mortalidad

Con la simple introducción del lavado de manos con una solución de cloruro cálcico consiguió reducir la mortalidad de las salas de ginecología por debajo del 3%. Semmelweis atribuyó al descenso a la eliminación de unos «corpúsculos necrópsicos», habría que esperar dos décadas para que Pasteur y Koch iniciaran la senda de la microbiología y se empezara a hablar de bacterias.

Su irrefutable verdad chocó frontalmente con el prejuicio de los ginecólogos vieneses que siguieron mostrándose escépticos, y rechazaron la práctica propuesta por el galeno húngaro. El director del hospital –el doctor Johann Klein- enfurecido, lejos de encumbrarle decidió no renovarle el contrato, al no ver con buenos ojos sus ideas revolucionarias.

La comunidad científica y el colegio de médicos condenaron abiertamente sus aberrantes teorías y Semmelweis cayó en el más oscuro ostracismo. En 1856, acorralado y ofuscado, publicó una carta abierta a todos los profesores de ginecología del momento. La encabezaba un calificativo que no gustó en absoluto: «¡Asesinos!».

Aquello fue la gota que colmó el vaso. El galeno fue encerrado en un psiquiátrico, en donde se lastimó la mano con un escalpelo en unos de sus múltiples ataques de rabia. La herida se infectó, y el destino le jugó una mala pasada, ya que acabó falleciendo a consecuencia de una sepsis, la enfermedad contra la que había luchado en cuerpo y alma durante las últimas décadas de su vida.

M. Jara
- M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.