La entrada del sultan Mehmed II, en Constantinopla, el 29 de de mayo de 1453
La entrada del sultan Mehmed II, en Constantinopla, el 29 de de mayo de 1453 - Archivo

La lombarda y el eclipse que propiciaron la caída de Constantinopla

La ciudad estaba tremendamente fortificada con un sistema de triple muralla de más de seis kilómetros de longitud, un enorme foso y unas trescientas torres defensivas

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Estambul, la antigua Constantinopla, se encuentra situada en el estrecho del Bósforo, y es un lugar estratégico de primer orden, ya que controla el acceso marítimo al mar Negro. Fue construida en el siglo IV sobre siete colinas, a semejanza de Roma, cuando el emperador Constantino (272-337) instituyó allí la capital del imperio romano.

La ciudad estaba tremendamente fortificada, con un sistema de triple muralla de más de seis kilómetros de longitud, un enorme foso y unas trescientas torres defensivas. Un sistema que la hacía inexpugnable a cualquier ejército o al menos eso parecía.

Una muralla infranqueable

En 1453 el sultán turco Mehmet II (1432-1481) resolvió poner fin al imperio bizantino. Congregó frente a Constantinopla un poderoso ejército, compuesto por más de 5.000 hombres. A pesar de la superioridad numérica, cada vez que los turcos, pertrechados de escalas y torres de asedio, intentaban acceder a la primera línea de los baluartes eran rechazados con enorme facilidad por los bizantinos.

Tanto defensores como atacantes contaban, además, con bombardas -también llamadas lombardas-, unos cañones portátiles con los que lanzaban proyectiles esféricos de granito –los bolaños-. Eran piezas de artillería muy rudimentarias, con un radio alcance muy limitado y sin ninguna precisión en el disparo.

Además, las bombardas solían alcanzar elevadas temperaturas en cada disparo, por lo que no era raro que estallasen de forma imprevista y terminasen con la vida de los operarios.

La gran bombarda

En 1452 un ingeniero húngaro, llamado Urban, Orban o Urbano se ofreció a los bizantinos para construir una gran bombarda que hiciese imposible que la ciudad fuese conquistada.

Urban era un fundidor de hierro, una profesión en alza en aquella época, ya que empezaban a aflorar las armas de fuego en los campos de batalla. Los bizantinos desestimaron su ofrecimiento por varios motivos: por una parte no estaban dispuestos a pagar los elevados honorarios que exigía y, por otra, no estaban en condiciones de aportarle los materiales que necesitaba para la fabricación de la bombarda.

A continuación Urban, seguro de sí mismo, se presentó ante el sultán Mehmet II, el cual no sólo le escuchó con atención sino que contrató sus servicios y le facilitó todo lo que necesitaba para construir una gran bombarda.

En tan sólo tres meses el húngaro consiguió fabricar una pieza de artillería revolucionaria. El invento era monstruoso: pesaba unas dieciocho toneladas y constaba de dos piezas de bronce unidas entre sí, de una longitud superior a los 8 metros, capaz de lanzar proyectiles de hasta 600 kilos de peso.

La bombarda tenía sus defectos. Uno de ellos era la cadencia del disparo, tan sólo se podían disparar seis o siete proyectiles por día, ya que para cargarla se necesitaban unas tres horas de trabajo. El otro era su imprecisión, los operarios no podían asegurar con cierta exactitud el punto en el que acabaría el proyectil.

El 7 de abril de 1453 puso a trabajar a su Gran Bombarda. Los efectos no se hicieron esperar y la muralla bizantina se empezó a desquebrajar, sin embargo, durante los primeros días los bizantinos conseguían reconstruir por la noche lo que los otomanos destruían por el día.

Un aliado astronómico inesperado

En la noche del 24 de mayo de 1453 ante la sorpresa de atacantes y sitiados se produjo un eclipse de luna durante más de tres horas. Aquel inesperado regalo no gustó nada a los bizantinos que recordaron con tristeza una profecía del emperador Constantino que afirmaba que la ciudad sobreviviría únicamente mientras la luna brillase en el cielo.

Los malos augurios se cumplieron pocos días después, cuando los bizantinos no pudieron repeler el ataque y al final de la jornada una bandera turca hondeaba en las murallas de Constantinopla. Era el 29 de mayo de 1453. Más allá de las discusiones historiográficas, la caída del milenario imperio bizantino convulsionó el mundo conocido.

M. Jara
- M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación