La colección está constituida por 900 cráneos. Morton la usó para establecer diferencias en el tamaño del cerebro entre «razas» humanas
La colección está constituida por 900 cráneos. Morton la usó para establecer diferencias en el tamaño del cerebro entre «razas» humanas - ABC
Racismo científico

La infame colección de cráneos humanos de Samuel Morton

Un estudio ha revisado las conclusiones de este investigador del siglo XIX, que estableció una jerarquía de «razas» en función del tamaño de las cavidades cerebrales

La investigación aporta nuevos datos sobre el sesgo y la naturaleza de los trabajos de Morton

MADRIDActualizado:

A partir de 1839, el que fuera miembro de la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia (EE.UU.), Samuel George Morton, se embarcó en una peculiar tarea: la de coleccionar cráneos humanos. Siempre sin moverse de Filadelfia, donde vivía, Morton se las arregló para que le mandaran calaveras de personas no muy afortunadas en vida, cuyos huesos no habían tenido una especial protección en la muerte. Al final, la colección de Morton acumuló 900 cráneos, que hoy pueden visitarse en el Museo de Pensilvania. Entre ellos hay convictos y caídos en combate y las historias únicas e irrepetibles de muchas personas. Por ejemplo, 50 de ellas son esclavos que fueron víctimas de una epidemia de cólera en Cuba. Otro de ellos fue un irlandés, enviado como prisionero a Tasmania, que acabó en la horca por asesinar y comerse a otros prisioneros durante la travesía.

Retrato de Samuel Morton
Retrato de Samuel Morton- Museo de la Universidad de Pensilvania

La motivación de Morton era científica, al menos en teoría. Durante décadas midió con pulcritud el volumen del interior de los cráneos, rellenándolos con semillas de pimienta, primero, y con pólvora después. Su trabajo le llevó a concluir que los caucásicos eran la raza más inteligente, porque era la que tenía cerebros de mayor tamaño, por término medio. Por debajo de estos estaban los «mongoles», las personas del sureste asiático, los nativos americanos y, por debajo de todos, los negros o «etíopes». Cuando Morton murió, en 1851, era un experto reconocido en su campo. La revista Charleston Medical Journal, con sede en Carolina del Sur, le alabó por «darle al negro su posición auténtica como raza inferior». Lo cierto es que en aquellos años la sociedad estaba inmersa en los conflictos raciales y los abolicionistas iban poco a poco ganando terreno. Ya en 1861, la Guerra de Secesión enfrentó al norte y al sur de Estados Unidos y llevó este profundo enfrentamiento social al «debate» de las armas.

En 1836, tres años antes de que Morton emprendiera sus investigaciones, el anatomista alemán Friedrich Tiedemann comenzó un trabajo parecido –en este caso midiendo cráneos de otras colecciones europeas– y obtuvo unos resultados similares. Pero a diferencia de Morton, el alemán llegó a unas conclusiones que no apoyaban la separación del hombre en razas, sino que eran argumentos en favor de luchar por la abolición de la esclavitud y por la igualdad. ¿Cómo fue posible que los mismos resultados llevaran a conclusiones diferentes?

Paul Wolff Mitchell, investigador en la Universidad de Pensilvania, quiso averiguarlo, así que comparó los estudios de ambos científicos. Acaba de publicar un artículo en la revista PLOS Biology donde ha buscado los secretos de la infame colección de cráneos de Samuel Morton. Después de haber trabajado con ella desde 2010, y de haber analizado notas manuscritas del propio Morton, ha llegado a la conclusión de que las medidas de cráneos de este investigador no estaban mal hechas, pero que su interpretación de los resultados estaba sesgada, ya fuera con o sin intención.

El perverso sesgo de Morton

«Aunque sus conclusiones son indefendibles hoy en día, los datos de Morton no estaban sesgados», explica Mitchell a ABC. Lo relevante es que esto contradice la visión imperante hasta ahora, que fue sugerida en 1978 por el científico Stephen Jay Gould, quien dijo que las mediciones estaban mal hechas, quizás porque Morton comprimió más la pimienta o la pólvora en los cráneos de los «blancos» que en los huesos de los «negros».

Mitchell ha concluido que esto no es así: «En comparación con Tiedemann, los resultados de Morton prácticamente encajan, pero ambos llegan a conclusiones dramáticamente diferentes: mientras que el alemán se centró en observar cómo los tamaños de cráneos se solapaban en todas las razas, nunca calculó la media de cada raza, como sí hizo Morton».

El investigador Paul Wolff Mitchell, sosteniendo un cráneo de la colección, junto a Janet Monge (i) y Fiona Jensen-Hitch (centro), que también trabajan con ella
El investigador Paul Wolff Mitchell, sosteniendo un cráneo de la colección, junto a Janet Monge (i) y Fiona Jensen-Hitch (centro), que también trabajan con ella - Museo de la Universidad de Pensilvania

Tiedemann obvió la media, pero Morton construyó todo su argumentario en torno a ella y creó una jerarquía racial, en la que los blancos estaban en la cima y los negros en la base.

«¿Tiedemann y Morton decidieron hacer unos análisis u otros de forma consciente?», se pregunta Mitchell. «Es posible. Es posible que los sesgos ideológicos dieran forma a su investigación en ambos casos. Pero hay una diferencia: Tiedemann se cuestionaba sus ideas abiertamente, pero Morton no».

Mitchell concluye que las medidas de Morton no estaban sesgadas, pero que su ciencia sí que lo estaba. En primer lugar porque no tenía el mismo número de cráneos de cada categoría que estableció, y en segundo porque no tuvo en cuenta el tamaño corporal de los individuos estudiados: «Si sencillamente coges cabezas por todo el globo, y no tienes en cuenta la talla del cuerpo, no hay forma de comparar sus tamaños», dice Mitchell. «La gente con cuerpos más grandes tiene cerebros más grandes».

El racismo científico

Fuera como fuera, lo cierto es que el trabajo de Morton y de Tiedemann fue crucial para la ciencia posterior. Las interpretaciones del estadounidense se convirtieron en el germen del poligenismo, una teoría que equipara las razas a especies, y según la cual cada una tiene unos rasgos inamovibles y diferentes y un origen distinto. Por otra parte, las ideas de Tiedemann apoyaron el monogenismo, la teoría que proclabamaba que todos los humanos comparten un ancestro común, y que las diferencias raciales son producto de mantener diferentes modos de vida y vivir en distintos climas durante generaciones.

Varios cráneos de la colección de Morton
Varios cráneos de la colección de Morton - Museo de la Universidad de Pensilvania

Después de que el color de la piel y los rasgos justificaran injusticias, guerras y genocidios durante décadas, ya en los sesenta, y gracias a los avances en la genética y la antropología, la comunidad científica eliminó el concepto de raza de la ciencia.

El fin de la raza

«El concepto de raza se erradicó porque no es útil, y porque tiene importantes connotaciones históricas, muy vinculadas a la expansión europea, el imperialismo y el colonialismo», explica a ABC Carlos Varea, antropólogo en la Universidad Autónoma de Madrid. «Desde tiempos de Linneo, la raza es un concepto tipológico, a través del cual se le atribuía a las personas de distinto color de piel diferentes cualidades morales e intelectuales», recuerda. «Sin embargo, ahora sabemos que el color de la piel es un rasgo que tiene una variabilidad continua, y que no se puede establecer un límite. Sencillamente, los rasgos biológicos no coinciden con las razas que se establecen de forma arbitraria».

Esto lleva a que la diversidad humana sea clasificada no en razas sino en poblaciones humanas, es decir, en conjuntos de individuos que se analizan juntos por el interés de la investigación. Pueden ser poblaciones concretas en zonas geográficas, personas de una edad determinada, integrantes de un cierto grupo social o gentes que tienen un rasgo concreto. Cuando tienen importancia las consideraciones culturales, los estudiosos hablan de etnia.

Por tanto, y tal como explica Varea, esto no quiere decir que no haya una variación poblacional o ecológica en el hombre, asociada a ciertos ambientes o historias, sino que el hecho de que se identifiquen poblaciones no permite constituir razas.

«Por ejemplo, las poblaciones del Himalaya y de los Andes comparten rasgos asociados con la resistencia a altitud y comparten cualidades biológicas distintivas, pero no podemos compartimentarlos en base a un único rasgo y decir que forman una misma raza», aclara.

Cráneos de la colección de Samuel Morton
Cráneos de la colección de Samuel Morton - Museo de la Universidad de Pensilvania

La relación entre tamaño cerebral e inteligencia

Además de todo esto, en origen las ideas de Morton y Tiedemann estaban equivocadas porque ambos asociaron tener un mayor tamaño cerebral con disfrutar de una mayor inteligencia. «Las personas de mayor tamaño corporal tienen mayor tamaño cerebral, y eso no implica que sean más inteligentes», explica Carlos Varea.

Además, este científico apunta que, actualmente, se considera que «la inteligencia, si es que podemos llamarla así, está asociada con la maduración del cerebro. Esta ocurre a partir de los seis años y medio, y depende de la educación, los estímulos y los juegos. No está asociada con el tamaño del cerebro, sino con la conectividad de sus neuronas y la formación de redes neuronales. Todo esto depende de que haya unas condiciones ambientales que permitan llevar a cabo todos estos procesos».

Es más, desde hace cientos de miles de años, el tamaño del cerebro ha dejado de ser un factor relevante para comprender la capacidad cognitiva de la especie humana. La talla de este órgano aumentó hace dos millones de años, cuando apareció el proceso de «cerebralización» en las especies del género Homo. Gracias a este fenómeno, los humanos modernos desarrollaron un cerebro cinco veces mayor que el que le correspondería a un mamífero «no cerebralizado» de su tamaño, y a los chimpancés a disfrutar de uno tres veces mayor. Desde entonces, la clave ha estado en los procesos que han permitido reorganizar el funcionamiento de este órgano.

Ver esta publicación en Instagram

The Racism in Science. A skull from the collection of Samuel Morton, the father of Scientific racism, illustrate his classification of people into five races-which arose, he claimed, from separate acts of creation. This image was taken at as part of coverage for the new issue of @NatGeo magazine's cover story on race. Morton claimed in his Crania Americana that the Caucasians had the biggest brains, Indians were in the middle and Negroes had the smallest brains. Morton believed that the skulls of each race were so different that a wise creator from the beginning had created each race and positioned them in separate homelands to dwell in. An Anglo American skull (see above) would have been filled with lead shot, the type used in shotgun shells, his skull measurements (by volume) then came to serve as "evidence" for racial stereotypes. Morton believed that cranial capacity determined intellectual ability, and he used his craniometric evidence in conjunction with his analysis of anthropological literature then available to argue in favor of a racial hierarchy which put Caucasians on the top rung and Africans on the bottom. His skull measurements (by volume) then came to serve as "evidence" for racial stereotypes. He described the Caucasian as "distinguished by the facility with which it attains the highest intellectual endowments"; Native Americans were described as "averse to cultivation, and slow in acquiring knowledge; restless, revengeful, and fond of war, and wholly destitute of maritime adventure" and the Africans he described as "joyous, flexible, and indolent; while the many nations which compose this race present a singular diversity of intellectual character, of which the far extreme is the lowest grade of humanity". The publication of #CharlesDarwin's On The Origin of Species in 1859 changed the nature of the scholarly debate. This is another example of the influence of the work by #Darwin and #AlfredRusselWallace

Una publicación compartida de National Geographic (@natgeo) el

¿Por qué se sigue pensando en las razas?

A pesar de que la raza haya sido desterrada de la ciencia, no puede decirse lo mismo de otros ámbitos. En ese sentido, Paul Wolff Mitchell cree que «la historia muestra que la idea de que hay diferencias innatas en humanos, y que estos pueden ser categorizados y jerarquizados» está apoyada en procesos culturales e históricos y no en hechos biológicos.

«La "etnia" o la categoría "racial" de "hispano", es un gran ejemplo», dice Mitchell. «"Hispano" se refiere a España o al español. Pero mucha gente que está dentro de esta categoría no tiene vínculos con España ni habla español. Más bien ocurre que su diversidad genética revela una enorme mezcla de linajes y ancestros, que no están relacionados de forma clara con un lugar o una población determinados. Al final, "hispano" es un concepto cultural que se cree que está vinculado a un concepto biológico, aunque no sea así».

Curiosamente, esta confusión no es precisamente contemporánea. Medio siglo antes de que Morton comenzase su colección de cráneos, el antropólogo alemán Johann Friedrich Blumenbach habría coincidido con Mitchell: «Blumenbach ya denunció que los conceptos raciales solo son divisiones arbitrarias de un espectro de variabilidad continuo de los humanos distribuidos por todo el globo», dice el investigador estadounidense. «Es cierto que los humanos somos genéticamente diferentes, pero eso no significa que se pueda establecer categorías estáticas o simples para comprender esa diversidad».

Para Carlos Varea, si bien es cierto que la antropología tuvo un «anclaje eurocéntrico, como la inmensa mayoría de las ciencias naturales y sociales de los siglos XVII y XVIII», la antropología «es también la que ha aportado herramientas para defender la diversidad, la variabilidad y la equiparación de las poblaciones humanas, estableciendo argumentos como el de que la inteligencia no está determinada en los genes, sino que depende de que el ambiente permita desarrollar estas capacidades cognitivas». En definitiva, ha sido la antropología la que ha hecho frente al «uso perverso e ideológico, no científico, de la variabilidad humana», concluye.

Paul Wolff Mitchell ha estado trabajando con la colección de Samuel Morton desde el año 2010, y conoce muchas de sus historias. En este sentido, dice: «Morton estuvo distanciado, literal y metafóricamente, de la gente que entró en su colección. En la mayoría de los casos, los cráneos pertenecieron a esclavos y a gente pobre, convictos o víctimas de guerra, en definitiva, a personas que no pudieron evitar que separasen sus cuerpos en las tumbas para ser limpiados, medidos y guardados en una estantería».

Con todo, y a pesar de la oscuridad de la colección de Samuel Morton y de las execrables ideas políticas que se cimentaron en ella, ahora las cosas han cambiado, según Mitchell. «Hoy, la investigación bio-histórica con los mismos cráneos revela argumentos que echan por tierra las conclusiones de la ciencia racial que motivó la colección». Está por ver si la percepción social de la raza sigue los mismos pasos.