Ignacio Morgado, en Madrid
Ignacio Morgado, en Madrid - Maya Balanya

Ignacio Morgado, psicobiólogo«Ante la falta de deseo, variedad»

El científico explica en su nuevo libro cómo el cerebro se las arregla para generar motivaciones y placer

MadridActualizado:

Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha satisfecho esta mañana, al menos, dos placeres: el de pasear por un Madrid primaveral, ciudad que considera abierta y amable, y el de beberse un vaso de agua con sed, un acto que puede parecer de lo más ordinario pero que el investigador juzga «placer supremo». Así será si lo dice el autor del libro «Deseo y placer» (Ariel), en el que explica cómo el cerebro genera motivaciones y hace posible el sexo, el sueño o el hambre. Eso sí, cuidado con perder las ilusiones, advierte.

-¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando sentimos placer?

-Todo lo que ocurre en nuestra mente tiene que ver con la actividad de los 80.000 millones de neuronas que hay en el cerebro humano. Y el placer resulta de las descargas eléctricas de unas neuronas que están muy extendidas por el conjunto del cerebro. Esa ubicuidad nos da idea de la importancia que puede tener en nuestra vida.

-¿Cuál es el placer que más enciende el cerebro?

-Se dice que el orgasmo es el placer supremo, que durante el mismo ninguna otra cosa importa. Pero yo creo francamente que ningún placer, aunque el del orgasmo pueda ser comparable, tiene la potencia y la fuerza de beber agua cuando estamos sedientos. Y eso tiene una razón biológica: el organismo puede resistir poco tiempo deshidratado porque nuestro cuerpo dispone de reservas energéticas de grasas pero no de agua.

-Es una cuestión de supervivencia.

-Claro. La naturaleza no nos ha proporcionado un depósito de agua porque no parece adaptativo, nos daría más problemas que ventajas. ¿Dónde lo llevaríamos? ¿En la espalda? A cambio la sed es una necesidad muy potente y su alivio, un placer intensísimo.

-Muchas veces se ha comparado el orgasmo con las drogas, ¿realmente son equiparables?

-Sí, el consumo de drogas es un encendido artificial que puede originar placeres equivalentes al del orgasmo e incluso más intensos. En nuestro laboratorio hicimos un experimento que lo demuestra.

-¿En qué consistía?

-Ratas con electrodos implantados en el hipotálamo eran capaces de darle a una palanca para encender un aparato que enviaba corrientes eléctricas a su cerebro, una autoestimulación placentera. De esa forma, estudiamos cómo las sustancias químicas, las neuronas y los genes cambian en el cerebro cuando el animal experimenta placer. Y nos dimos cuenta de una cosa.

-¿De qué?

-Que el placer potencia la memoria y el aprendizaje: las ratas que se autoestimulan durante media hora después de aprender algo lo recuerdan mucho mejor que las que no lo hacen.

-Así que para aprender, mejor los premios que los castigos.

-La ciencia lo ha demostrado, ciertamente. Mejor gratificar la respuesta que queremos modular en una persona que no castigar la que no queremos conseguir.

-¿Pasa lo mismo en el cerebro de un hombre y el de una mujer durante el placer?

-Hay aspectos equitativos diferenciales. Por ejemplo, el orgasmo femenino dura más. Pero intuimos que lo que se siente es muy parecido, aunque nunca podremos estar seguros de que la percepción consciente de cualquier placer sea idéntica entre dos personas. Ni siquiera ante un plato de jamón, aunque sepamos que cuando tenemos hambre se sintetiza una hormona en el estómago llamada grelina que además aumenta la capacidad de experimentar placer cuando comemos.

-Respecto a la comida, se refiere al efecto priming. ¿En qué consiste?

-Es ese efecto que todos hemos experimentado cuando vamos a un picapica a casa de unos amigos y tienen unos entremeses encima de la mesa. Te puedes resistir a comer un canapé o una patata frita y esperar a que el anfitrión dé la orden de empezar, pero una vez que comes la primera patata, el deseo de seguir comiendo es más intenso por la liberación en el cerebro de una sustancia llamada dopamina. Este neurotransmisor potencia el deseo de buscar el placer sin producirlo él mismo. Esta es una distinción muy importante que la neurociencia ha hecho recientemente.

-¿Podría una píldora engañar al cerebro como si fuera comida imaginaria?

-El Instituto Salk probó esa píldora en ratones hace algunos años y parece ser que funcionó, pero me temo que no se ha replicado, lo que me hace pensar que los resultados no se han repetido en sucesivas pruebas o que ha tenido efectos colaterales negativos.

-Algo así llevado a otros ámbitos da un poco de repelús: píldoras de placer frente a experiencias reales.

-Bueno, ya tenemos las drogas. Nadie las toma para pasarlo mal.

-El deseo también puede hacernos daño.

-Si se dispara el sistema motivacional de la dopamina uno puede acabar adquiriendo conductas adictivas. Una motivación incentiva, como la búsqueda del placer en el alcohol, puede convertirse en una motivación homeostática: ya no bebes por el placer de beber, sino para evitar lo mal que te sientes si no lo haces. Tu organismo funciona mal y el alcohol o la droga se toma como una automedicación. Esto puede pasar con la comida, la adicción a internet...

-¿El deseo se apaga con la edad?

-Sí, cuando nos hacemos mayores, la dopamina disminuye en el cerebro. Eso significa que nuestra motivación por buscar placer también disminuye. Los mayores tienden a decir frases como «no tengo ganas de salir...» Podríamos pensar que lo mejor sería proporcionarles una sustancia que aumente la dopamina, como la L-DOPA, que se administra para los efectos del párkinson, pero si no hay enfermedad es mejor recurrir a los mecanismos naturales del cerebro.

-¿Qué recomienda?

-¡La variedad! La dopamina aumenta cuando hacemos cosas nuevas, recibimos estímulos distintos y estamos en ambientes que no son los habituales. Visitar nuevos lugares, hacer ejercicio, ir al cine, ir a un restaurante... Todo eso que en ciencia llamamos error de predicción, que pase algo inesperado. A los mayores hay que convencerlos para que hagan ese tipo de cosas.

-¿Por qué es tan importante conservar nuestra capacidad de desear?

-Si la perdemos caemos en una apatía que perjudica a otras funciones cerebrales. Sin dopamina, nuestra memoria quedará dañada.