¿Hemos ignorado hasta ahora que los bosques son superorganismos?

Los kauris de Nueva Zelanda unen sus raíces e incluso mantienen vivos a tocones que han perdido todas sus ramas

Madrid Actualizado: Guardar
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Su cuerpo es una maravillosa obra de ingeniería. Por ejemplo, sus pensamientos brotan de la arquitectura de las conexiones formadas por miles de millones de neuronas. Gracias a las relaciones establecidas entre miles de millones de bacterias, su intestino puede funcionar y suministrarle energía y nutrientes al resto del cuerpo, incluyendo su cerebro. Y, más allá, ocurre algo muy similar. Cualquier otro ser es una obra de ingeniería maravillosa, que depende de la vida de multitudes: si un águila surca el cielo es porque hay liebres, insectos, plantas, nematodos, bacterias, hongos, virus. Todos ellos forman una red dinámica donde la energía y la materia fluyen. Es lo que se llama un ecosistema.

Lo cierto es que la vida está siempre interconectada. Tanto que a veces la realidad no concuerda con la idea que tenemos sobre lo que es un individuo. Este jueves, un estudio publicado en iScience presentó evidencias de que los árboles de al menos ciertos bosques no solo constituyen un ecosistema, sino que forman un auténtico superorganismo, una entidad compuesta por seres, diferentes desde el punto de vista genético, estrechamente relacionados. En concreto, los investigadores averiguaron que los kauris (Agathis australis), una antigua especie de conífera endémica de Nueva Zelanda, no solo interconectan sus raíces para extraer agua y nutrientes, sino que mantienen vivos a sus «abuelos», tocones de otros árboles que ni siquiera tienen hojas o ramas.

«Mi colega Martin Bader y yo nos tropezamos con un tocón de kauri mientras hacíamos senderismo en Auckland Oriental», ha dicho en un comunicado Sebastian Leuzinger, primer autor del estudio e investigador en la Universidad de Tecnología de Auckland (Nueva Zelanda). «Fue raro. Porque, incluso aunque el tocón no tenía ninguna hoja, estaba vivo».

Tocón de kauri analizado en este estudio
Tocón de kauri analizado en este estudio - Sebastian Leuzinger / iScience

Movidos por la curiosidad, Bader y Leuzinger se preguntaron cómo podía ocurrir eso, puesto que los árboles obtienen la energía y fabrican sus moléculas a través de las hojas. Por ello, se decidieron a medir el flujo de agua en el tocón y los otros kauris circundantes.

Sus medidas indicaron que el tocón y los árboles circundantes comparten sus raíces. Según Leuzinger, las raíces se unen después de reconocer que un árbol vecino, aun siendo diferente genéticamente, es lo suficientemente similar como para compartir recursos, cosa que ocurre cuando son de la misma especie.

El tocón «adoptado»

Normalmente, la transpiración de las hojas de los árboles eleva agua desde el suelo hasta la copa, donde se evapora a la atmósfera. Dado que el tocón no tiene hojas, su flujo de agua depende de lo que «deciden» los otros kauris.

«Esto es diferente a como los árboles normales funcionan», ha dicho Sebastian Leuzinger, refiriéndose a árbol «mutilado». «En este caso, el tocón sigue lo que hacen los otros árboles, porque, como no tiene hojas, se escapa del tirón de la atmósfera».

Este tipo de conexiones, en las que las raíces de los árboles se fusionan, son habituales. Pero el hecho de que esos sistemas radiculares lleguen a mantener a un árbol «mutilado», implica que son más estrechas de lo que se pensaba. Como si, realmente, los árboles llegasen a formar un superorganismo.

Fotografía de Tane Mahuta, el mayor kauri que queda
Fotografía de Tane Mahuta, el mayor kauri que queda

«Para el tocón, las ventajas son evidentes: moriría sin las conexiones con las raíces», ha explicado Leuzinger. Pero, ¿y para los otros?

Según han sugerido Leuzinger y Bader, bien pudiera ser que el árbol moribundo hubiera perdido su tronco y sus hojas después de establecer esas conexiones y que, desde entonces, simplemente se hubiera mantenido en esa situación.

Las ventajas de compartir raíces

A fin de cuentas, la formación de raíces conjuntas les permite a los árboles extraer agua y nutrientes. En ciertas zonas de pendiente, como aquella en la que se encuentra el tocón, las raíces le dan un gran fijación al suelo y a los troncos.

«Esto tiene importantes consecuencias para nuestra percepción de los árboles», ha propuesto Sebastian Leuzinger. «Quizás no estamos tratando con árboles como individuos, sino con un bosque que es un superorganismo».

Esto implica que quizás se deba replantear lo que sabemos sobre los árboles a la hora de cuidar de los bosques o de estudiar la dispersión de enfermedades.

«Esto es una llamada para que se haga más investigación en este área», ha reclamado Sebastian Leuzinger. «Particularmente en relación con el cambio climático y el aumento de la frecuencia y la gravedad de las sequías. Todo esto cambia la forma como debemos estudiar la supervivencia de los árboles y la ecología de los bosques».

La triste historia de los kauris

Esto es especialmente relevante para esta especie de árbol. A comienzos del siglo XX se había talado el 90 por ciento de los bosques de kauris, que hoy en día se reducen a unos pocos apiñados en la mitad septentrional de la Isla Norte de Nueva Zelanda. Además, a comienzos de los setenta se descubrió una nueva infección capaz de matar a los árboles y transmitida especialmente por ganado y personas.

El bosque de Waipoua es uno de los más importantes. Allí está el mayor kauri, cuyo nombre es Tane Mahuta (en maorí, El señor del bosque), con un porte de más de 50 metros de altura y un tronco de 4,4 metros de diámetro. Allí también está el kauri más viejo, de nombre Te Matua Ngahere (El padre del bosque), y que tiene una edad de uno a dos milenios.