Representación de la batalla de Bailén
Representación de la batalla de Bailén - AUGUSTO FERRER-DALMAU

El «general verano», el aliado de España en la batalla de Bailén

El calor, la sed y la deshidratación jugaron un papel destacado en la primera derrota de los ejércitos napoleónicos

PEDRO GARGANTILLA
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En incontables ocasiones se ha dicho que «el general invierno» fue uno de los responsables de la derrota de las tropas napoleónicas, en alusión al frío extremo que tuvieron que soportar durante la campaña de Rusia (1812). Sin embargo, hay pocas referencias al «general verano», un aliado incondicional del ejército español en la batalla de Bailén (1808).

Las crónicas de la época relatan que fue hacia las tres de la madrugada cuando las fuerzas españolas comandadas por el general Teodoro de Reding (1755-1809) entraron en contacto con el ejército imperial liderado por el general Dupont (1765-1840) en las afueras de la ciudad jienense.

Como sucedió en otras páginas de la Guerra de la Independencia, los bailenenses tomaron parte activa en el combate. Los hombres se unieron a las fuerzas voluntarias, los varones más añosos prestaron servicios de avituallamiento y sanidad, mientras que mujeres y niños prepararon vendajes, comidas y, sobre todo, acarrearon agua. Esta última labor la hacían con los más diversos útiles, en especial con los típicos cántaros y los botijos de la tierra.

En el fragor de la batalla llegaron hasta el puesto de mando español varias mujeres portando cántaros de agua. Una de ellas era María Luisa Bellido, llamada la Culiancha, por razones que no requieren explicación, pasaría a la historia por su arrojo y valentía, ya que no llegó a inmutarse cuando una bala enemiga rompió el cántaro que sujetaba.

Sed, sed, mucha sed

La Junta Local de Defensa de la villa jienense envió veintiuna «bestias con aguaderas y cántaros para dar agua al Ejército». Si tenemos en cuenta que cada uno de los animales podía transportar cuatro cántaros, y que cada cántaro tenía entre treinta y cincuenta litros de capacidad, tenemos casi 4.000 litros de agua disponibles.

Ese acopio de líquido fue trascendental para el desenlace de la contienda. Hay que precisar que Bailén se encuentra ubicado en medio de una amplia campiña, en un terreno carente de arbolado y vegetación, en donde las temperaturas de mediados de julio alcanzan con facilidad entre 40 y 45 grados centígrados a la sombra.

A esa temperatura ambiental hay que sumar el calor que se origina con la quema de rastrojos y sembrados por efectos del fuego artillero, el ardor al accionar las armas y el continuo ajetreo propio de los combatientes.

Es fácil comprender que en aquellos momentos el calor, y consecuentemente, la sed se hiciesen inaguantables, tanto para los humanos como para las monturas. Además, el agua era un bien fundamental para enfriar las piezas de artillería, una necesidad que en ocasiones se anteponía a la humana.

Soldados dejando las líneas

En el parte oficial que firmó tres días después el general Dupont se puede leer: «un gran número de soldados, que nadie podía sujetar, corría hacia las fuentes vecinas para calmar la sed, dejando las líneas desguarnecidas…».

La sed es una sensación que emite el cerebro para avisarnos de que necesitamos ingerir líquidos. Es un mecanismo esencial de regulación del contenido de agua del organismo y uno de los primeros síntomas que aparecen con la deshidratación.

Se estima que cuando tenemos alrededor de un uno por ciento menos de agua en el organismo estamos en el «umbral de la sed», y tenemos dicha sensación, un síntoma que se intensifica si hace mucho calor.

Fueron precisamente estos dos elementos, una sed agobiante y un calor implacable, los que torcieron el rumbo de las águilas napoleónicas un 19 de julio de 1808, junto a la ciudad de Bailén.

M. Jara
M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.