La Embajada Lunar vende 1 acre de tierra en la Luna (4.000 metros cuadrados) por 25 dólares
La Embajada Lunar vende 1 acre de tierra en la Luna (4.000 metros cuadrados) por 25 dólares - ABC

Así es el delirante negocio de vender parcelas en la Luna

En 1980, un estadounidense se «apropió» de todo el sistema solar y empezó a vender terrenos ultraterrestres: un disparate sin fundamento jurídico pero con mucho tirón comercial

MadridActualizado:

Calígula no estaba loco: solo quería la Luna. Frente a ese deseo todo empequeñecía: el amor no era nada a la luz plata de la noche. ¿Pero por qué la Luna? «Es una de las cosas que no tengo», explicaba el emperador en la obra de teatro de Albert Camus, de 1944. Frente al hastío de lo terrenal, de lo pedestre, solo le quedaba el cielo. Siglo y medio antes, William Blake retrató ese mismo anhelo en un grabado cargado de inocencia. En él vemos a un niño subido a una larguísima escalera que apunta a la Luna. Debajo, estas palabras: «¡Yo quiero! ¡Yo quiero!».

Muchos otros también.

Como la Luna, esta historia tiene dos caras: la realidad y el deseo, el sueño y la estafa. Y debajo del maquillaje, la ambición sin límites. La necesidad de poseer lo que nunca antes nadie había poseído.

Todo empieza, por ejemplo, en Chile. Es septiembre de 1954 y Jenaro Gajardo Vera quiere entrar en un club social de Talca. Le cierran la puerta, pero él se inventa su ventana. Porque es entonces cuando el bueno de Jenaro, abogado y poeta, decide registrar la Luna a su nombre. Lo hace ante notario ese mismo mes y se convierte, así, en ilustre lunático. Como tal, lo admiten en el dichoso club. Y no solo eso: termina acaparando una gran fama en todo el país, incluso después de su muerte, en 1998. Hace solo seis años, el gobierno chileno usó su figura en un anuncio televisivo para animar a los emprendedores. «Nos demostró que usando la imaginación puedes mejorar tu vida y la de todos», sentenciaban ahí.

Pero Jenaro nunca quiso hacer negocio con la Luna. Otros sí.

Es 1980 y Dennis Hope está esperando en un semáforo en rojo. Acaba de divorciarse y no tiene trabajo. Mira al cielo y descubre que esa noche hay Luna llena. Y se le ocurre. Su gran idea no es nueva, pero sí más ambiciosa que nunca: registrar la Luna y todos los planetas del sistema solar, con sus satélites correspondientes, a su nombre. Se ampara en que el Tratado sobre el Espacio Exterior de 1967 prohíbe a los países apropiarse del espacio ultraterrestre, pero no a los individuos. También en la Ley de Asentamientos Rurales y sus precedentes para la reclamación de terrenos. Así lo argumenta en la oficina de registro del condado de San Francisco. No sabemos qué cara le pusieron, pero se fue de ahí con unos papeles.

Al menos, esto es lo que nos cuenta su hijo, Christopher Lamar, que es el consejero delegado y portavoz de la Embajada Lunar, la empresa fundada por su padre en 1980 que vende terrenos de todos los planetas y satélites del sistema solar (menos de la Tierra, claro). Suena a broma, pero han ganado mucho dinero. «Llevamos casi 40 años de ventas ininterrumpidas», presume. Según sus datos, seis millones de personas ya han comprado tierras fuera de la Tierra. Dicen los rumores que tienen clientes famosísimos. En 2008 se llegó a afirmar que el multimillonario ruso Roman Abramóvich, dueño del Chelsea, le había regalado 100 acres de Luna (más de 400.000 metros cuadrados) a su novia. También se incluyeron en esas listas nunca confirmadas nombres como el de John Travolta o Tom Cruise. Por desgracia, Lamar no suelta prenda.

—¿Tiene algún famoso alguna propiedad en la Luna?

—Sí, hay muchos famosos que se han registrado como propietarios de terrenos en la Luna y en los otros cuerpos celestes que ofrecemos.

Nada más.

Lo que sí nos revela de sus clientes son sus motivaciones. «Algunos –relata– quieren regalar algo único, otros quieren tener un gran tema de conversación o un gran gesto romántico. También están los que piensan en el futuro». ¿Y todos se lo toman en serio? «Bueno, hay quien nos compra terrenos simplemente como una novedad, sin entender la seriedad de nuestra misión de preservar estas tierras para la humanidad y no para las empresas o los gobiernos», lamenta.

Con los años los precios han subido, aunque todavía no son astronómicos. Cuando empezaron, por 20 dólares podías comprar 7,2 kilómetros cuadrados en la Luna. Hoy, con 25 dólares «apenas» consigues 4.000 metros cuadrados. Y sí: en 2019, con la promoción indirecta del 50 aniversario de aquel aquel paso que era pequeño para el hombre pero grande para la humanidad, la demanda ha subido. «Hemos tenido un repunte», confirma él. De hecho, para celebrar la efeméride están vendiendo los terrenos cercanos al lugar donde alunizó el Apolo 11.

Lamar, por cierto, cree que lo mejor de la Luna es que «es muy acogedora». Allí tiene una propiedad del tamaño de una ciudad. En Marte, lo mismo. Además, se considera el «legítimo heredero» de los terrenos que aún no han vendido en la Luna y en el resto de los planetas. Le gusta mucho su trabajo, porque le permite «estar a la vanguardia de las conversaciones sobre los derechos de propiedad de los cuerpos celestes».

Y así hemos llegado a la dura legalidad. Lamar no duda en que conseguiremos habitar la Luna, aunque no sabe cuándo. El plan, su plan, es que en ese momento la Embajada Lunar cobre todo su sentido, porque estas propiedades ultraterrestres que venden se pueden pasar de padres a hijos, siempre siguiendo su particular juicio.

—Entonces, ¿esto tiene alguna validez legal?

—Es una pregunta complicada, porque no hay ningún precedente de desafío a nuestra reclamación. Al mismo tiempo, ningún sistema judicial subordinado a ninguna de las entidades gubernamentales firmantes del Tratado sobre el Espacio Exterior de 1967 tiene jurisdicción o autoridad de decisión sobre los cuerpos celestes.

Bueno, esa es su defensa.

Las fuentes jurídicas consultadas por ABC desmontan este discurso en pocas palabras. «La propiedad no tiene ningún valor si no tienes acceso a eso que supuestamente posees. Una cosa es declarar la soberanía de un lugar, y otra bien distinta es ejercerla», sostienen. Con un ejemplo de su cosecha se entiende mejor: uno puede decir que la modelo Emily Ratajkowski es su novia, pero de ahí a que de verdad lo sea hay un buen trecho. Concretamente, el que separa la realidad del deseo.

«Es que es una estafa, porque la Luna y los demás cuerpos celestes no son susceptibles de apropiación. Lo dice el artículo 2 del tratado espacial de 1967», asevera Elisa González Ferreiro, presidenta de la Asociación Española de Derecho Aeronáutico y Espacial. ¿Y el argumento ese de que el tratado no menciona a los individuos? «Los estados son responsables de sus nacionales. Un particular no puede ir por libre», zanja.

Pero los sueños, como los deseos, van por libre. Y los de Jenaro Gajardo Vera, Dennis Hope y Christopher Lamar no hacen más que confirmar la teoría de Ariosto, que en su «Orlando furioso» dejó escrito, con guasa, que la Luna era el lugar al que iban a parar todas las locuras cometidas en la Tierra. Pero un vistazo a las noticias nos constata que las ocurrencias de los lunáticos no solo van a parar allí. A veces, prefieren ambientes más cálidos. En 2010, la gallega Ángeles Durán se autoproclamó propietaria del sol. Utilizó exactamente el mismo razonamiento que Dennis Hope. Es más: se valió de un olvido suyo. «Hay un americano que escrituró casi todos los planetas y la Luna; pero no el Sol», subrayaba entonces.

Durán formalizó sus intenciones ante un notario que no pudo contener la risa. El acta de manifestaciones recogía esta hilarante declaración: «Soy propietaria del Sol, estrella de tipo espectral G2, que se encuentra en el centro del sistema solar, situada a una distancia media de la Tierra de aproximadamente 149.600.000 kilómetros». Tal vez esa sea solo otra de las distancias exactas que existen para medir la separación que hay entre la realidad y el deseo: una brecha que da para mucho.

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