Nixon saluda a los tres astronautas del Apolo 11 en su cuarentena, tras su regreso a la Tierra
Nixon saluda a los tres astronautas del Apolo 11 en su cuarentena, tras su regreso a la Tierra - AP

50 aniversario de la llegada del hombre a la LunaCinco momentos críticos del viaje del Apolo 11 a la Luna

La aventura espacial de hace 50 años parece hasta fácil, ahora que está hecha

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Antes de partir, Neil Armstrong le daba un 50 por ciento de probabilidades de éxito a la misión que debía llevar por primera vez al hombre a la Luna. Era una forma suave de decir que tenían esas posibilidades de volver con vida.

No se trataba solo del riesgo inherente a “cabalgar“ a lomos del enorme cohete Saturno V, cuya primera fase a máxima potencia producía más energía que todas las centrales eléctricas de Inglaterra juntas. Hubo al menos otros cinco momentos en los que los tres astronautas se lo jugaban todo a una sola carta.

1. Inserción en órbita lunar: como jugar a las 7 y Media.

Para poder entrar en órbita alrededor de la Luna, la nave espacial debía reducir su velocidad mediante el uso de su cohete. Esto era como el famoso juego de cartas de las 7 y media: o te pasas, o no llegas. Si el cohete fallaba y la nave no frenaba, seguiría su trayectoria adentrándose en el espacio hacia una muerte segura. Y si frenaba demasiado, en lugar de quedarse en órbita, se estrellarían directamente contra la superficie de la Luna. El cohete funcionó perfectamente.

2.Alunizaje y alarmas: El hombre de hielo.

El impresionante documental Apolo XI, que estos días se exhibe en los cines, consigue transmitir la angustia de un viaje de solo tres minutos desde la órbita lunar a la superficie a bordo del Eagle, el Módulo Lunar del Apolo 11, con alarmas crípticas saltando varias veces durante el descenso, y teniendo cada vez que fiarse de que podían seguir adelante. Hasta alunizar cuando quedaban menos de 20 segundos de combustible, tras haber tenido que desconectar el sistema automático y guiar la nave manualmente para evitar aterrizar en un cráter “del tamaño de un campo de fútbol”, según explicaba el propio Armstrong nada más alunizar.

En el momento del alunizaje, el corazón de Neil Armstrong latía a 155 pulsaciones por minuto. Todos sus compañeros astronautas le llamaban desde el principio el Hombre de Hielo. Lo demostró sobradamente.

3. Despegue de la Luna: Mejor te vas, porque si te quedas ... te quedas para siempre.

Llama la atención en el documental Apolo XI la cara de preocupación del personal del Centro de Control de la NASA en Houston en el momento anterior al despegue del Eagle desde la superficie de la Luna. No era para menos, porque cualquier fallo habría dejado a los dos astronautas varados en la superficie lunar para siempre. El cohete hipergólico del módulo de ascenso del módulo lunar era lo más sencillo posible: bastaba con abrir una válvula para que el combustible se mezclará en la cámara de combustión con el oxígeno y se produjera la ignición, que a partir de ese momento continuaba espontáneamente. Pero una cosa era la teoría, y otra cosa distinta que todo fuera bien. Funcionó sin problemas.

4. Salida de la órbita lunar.

Otra vez un cohete hipergólico para acelerar y escapar de la gravedad de la Luna. En caso de que no hubiera funcionado, la nave se habría convertido en un satélite artificial permanente de la Luna... y en la tumba espacial de los dos primeros hombres que pisaron la Luna y del tercer astronauta que se mantuvo en órbita alrededor de la Luna.

5.Reentrada en la atmósfera terrestre. Mucho mejor que Guillermo Tell.

Conforme la gravedad de la Tierra ejercía su “tirón” sobre la nave espacial durante su viaje de regreso, el Apolo 11 aceleró hasta alcanzar una velocidad de más de 40.000 km/hora (es decir, más de 32 veces la velocidad del sonido) en el momento de comenzar a tocar la atmósfera terrestre (a unos 100 kilómetros de altura sobre el nivel del mar). La nave estaba preparada para soportar el calor de la fricción con la atmósfera, y de hecho utilizaba esa fricción como sistema de frenado, lo que la envolvió en una llamarada de fuego, generando temperaturas superiores a los 2.500 grados.

Pero para evitar la desintegración, la nave tenía que entrar en la atmósfera con una trayectoria tan absolutamente precisa que la hazaña de Guillermo Tell con la manzana se quedaba en un juego de niños por comparación.

Para aumentar el suspense, las comunicaciones con la nave se perdían al entrar en la atmósfera, por lo que la única manera de saber que la reentrada había tenido éxito era localizar visualmente la nave una vez se abrían los paracaídas de frenado, a unos 5 kilómetros de altura sobre el nivel del mar. Aproximadamente en ese momento se recobró también la comunicación por radio con la nave. El resto es historia.

Toda esta hazaña fue posible con unas naves controladas por un primitivo ordenador de 48KB del tamaño de una maleta de cabina de avión, que utilizaba como mecanismo de memoria varios kilómetros de cable de cobre. Era una maravilla tecnológica para su época, y cumplió su misión.

Pero sobre todo, la hazaña fue posible gracias al esfuerzo de los miles de personas que hicieron posible el Proyecto Apolo. Y por tres tipos que tenían lo que hay que tener.

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Luis Manuel García López-Mayordomo es abogado, y con 8 años escribía cartas a Wernher von Braun.

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