El equipo de investigadores en los laboratorios del Instituto Cavanilles.ISRAEL GARCÍA

Científicos valencianos avanzan hacia la creación de vida artificial en laboratorio

El trabajo llevado a cabo en la Universidad de Valencia ha sido publicado en el último número de la revista de la Sociedad Americana de Microbiología

LUZ DERQUI/
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VALENCIA. El ser humano tiene entre 10.000 y 30.000 genes, una bacteria entre 4.000 y 6.000 y las más pequeñas aproximadamente 450, pero serían necesarios sólo 206 genes para obtener una célula viva que sea capaz de mantenerse y de reproducirse. A esta conclusión ha llegado el equipo de científicos de la Universidad de Valencia, que acaban de proponer un repertorio genético mínimo para la vida, en un trabajo que ha sido publicado en el número de septiembre de la prestigiosa revista de la Sociedad Americana de Microbiología «Microbiology and Molecular Biology Reviews». Se trata de un paso adelante en el ambicioso proyecto de crear una célula artificial, y que actualmente centra las investigaciones de Craig Venter, científico que lideró el desciframiento del genoma humano.

La investigadora Rosario Gil explicó ayer que el trabajo consiste en un estudio teórico llevado a cabo a través del ordenador, sobre una hipotética información genética que sería necesaria para tener vida. Es decir, un listado detallado de los genes imprescindibles para que una célula bacteriana sea viable. El trabajo ha concluido que el mínimo esencial son 206. El cincuenta por ciento de ellos serían iguales para cualquier tipo de célula -ya que incluirían información genética para formar sus propias proteínas- y el resto de genes variaría según el metabolismo y su función, «de forma que existirían numerosas posibilidades de células bacterianas diferentes con esos 206 genes». Para llegar a esta conclusión se han estudiado numerosos microorganismos y comparado seis especies de bacterias endosimbióticas que llevan millones de años de evolución en el interior de insectos que les facilitan los nutrientes. Eso ha hecho que sus genomas perdieran información y sufrieran una drástica reducción. Así, estas bacterias tienen los genomas celulares con menor contenido en número de genes que se conoce hasta ahora. «Partiendo de esta base y de los trabajos de otros científicos, hemos analizado qué genes se pueden evitar y cuáles no, porque son necesarios para mantener a la bacteria con vida», explica esta investigadora.

En cuanto a futuras aplicaciones, Rosario Gil citó la creación de células que, con un mínimo de información genética, podrían mantenerse vivas, aunque sólo en un medio controlado. Así no existiría ningún riesgo y podrían especializarse sólo en una tarea. Al ser tan simples, esas células «sólo harían lo que se les pidiera. No tendrían información para hacer nada más. Así, podría haber células para producir metano o insulina, lo que supondría toda una revolución en el campo de la biomedicina». A pesar de todo, afirmó que aún es ficticio y muy prematuro hablar de células artificiales, ya que «no basta saber sólo cuántos genes son necesarios, sino que se necesita más información sobre su orden y cómo deben expresarse. Son necesarios aún muchos estudios». Pero en cualquier caso, no dudó de que «se trata de un paso importante, ya que es la primera vez que se determina el mínimo de genes esenciales, detallando uno por uno cuáles son y cómo funcionan».

El trabajo publicado por los investigadores del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva ya ha despertado el interés de grupos de investigadores de todo el mundo. «Más de 15 grupos que trabajan en la India, Estados Unidos o Hungría se han dirigido a nosotros pidiéndonos el estudio completo», añade.

Este grupo de investigadores dirigidos por Andrés Moya, y en el que además de Rosario Gil forman parte Francisco Silva y Juli Peretó, ya fue el responsable de la secuenciación completa de dos genomas de bacterias: la Buchnera aphidicola y la Blochmania floridanus.