Boyer asegura que «es el producto y no el proceso lo que hay que evaluar».ABC

Argumentos a favor de las plantas transgénicas

Por PAUL BOYER, Premio Nobel de Química
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Entre los avances científicos que pueden ayudar a conseguir un planeta Tierra bello y sostenible, uno de los más importantes es la capacidad de poner o quitar genes del DNA que rigen la herencia de los organismos.

Esto se conoce comúnmente como ingeniería genética. Aunque supone una gran promesa, ha surgido una idea sin justificación científica, especialmente entre los grupos ecologistas, según la cual los organismos modificados genéticamente (GMO, siglas en inglés) son inherentemente peligrosos.Mediante la ingeniería genética se pueden obtener plantas que producen más, que presentan una mayor resistencia a los insectos, enfermedades y malas condiciones del suelo, que portan los nutrientes necesarios, que reducen el uso de los cuestionables insecticidas químicos, que carecen de antígenos indeseables, que se conservan mejor, y que producen fármacos u otros productos deseados.

Este tipo de ingeniería genética puede ser muy útil para alimentar a una población en aumento y reducir los costes y los daños para el medio ambiente.Lamentablemente, la idea de que los alimentos modificados genéticamente son peligrosos ha desembocado en una acción normativa restrictiva que bloquea u obstaculiza la fabricación de productos útiles.

En general, los ecologistas y las organizaciones ecologistas han tenido un impacto positivo en nuestra sociedad, del que se han derivado logros legislativos que son la base para la limpieza de nuestro aire y de nuestras aguas. Sin embargo, es extremadamente decepcionante ver que hay una serie de organizaciones ecologistas, productivas de no ser por esto, que están engañadas por los que proponen los peligros de la ingeniería genética. Hay gente buena que derrocha esfuerzos y obstaculiza el progreso.

El error básico al rechazar los alimentos transgénicos consiste en condenar el proceso, cuando lo que se debería juzgar es el producto. Hay que evaluar si una planta resistente al insecticida comercial puede resultar útil, sopesando los pros y los contras, o si los agricultores deben comprar plantas con semillas estériles. Pero esto no significa que se tengan que bloquear completamente las plantas sometidas a ingeniería genética.

El reciente escándalo a raíz del maíz modificado para que contenga un insecticida bacteriano, es un ejemplo del problema. Sospecho que la gran mayoría de los científicos con formación en biología molecular consumirán tranquilamente un producto que contuviera este tipo de maíz, especialmente si fuera menos caro. Pero las preocupaciones normativas han llevado a que se deba demostrar que las plantas sometidas a ingeniería genética no tienen ningún efecto perjudicial para ninguna persona si se consume en grandes cantidades, lo cual es prácticamente imposible de demostrar incluso para un producto inocuo.

Las plantas con nuevos rasgos introducidos por los métodos de cultivo convencionales no tienen que cumplir este requisito. Sólo tiene que ser razonablemente seguro que sean seguras, aunque es bastante posible producir productos tóxicos a través del cultivo tradicional, como ocurre con las especies de patata producidas para resistir al moho. Al ingerirlas, la gente enferma. En este caso, el proceso no conlleva ningún cambio genético, pero el producto es tóxico. Es el producto, y no el proceso, lo que hay que evaluar.

Durante más de 60 años, los cultivadores de plantas han realizado cruces amplios que transfieren muchos genes para su uso en productos de consumo y agrícolas. Un ejemplo reciente es un cruce de trigo blando panificable y falso césped. Los cultivadores también han utilizado la mutación aleatoria por radiación para producir cientos de plantas modificadas genéticamente. Pero las plantas producidas por estos medios carecen de los obstáculos normativos de las producidas por ingeniería genética.

De nuevo, hay que fijarse en el producto, no en el proceso. Las insinuaciones de que probar o usar plantas sometidas a ingeniería genética puede llevar a producir superhierbas carece igualmente de fundamento. Los organismos vivos tienen muchas formas de compartir genes. Es concebible que un rasgo incorporado de resistencia a un pesticida comercial pueda aparecer en otras plantas. Pero las plantas no serán superhierbas, salvo por su resistencia a ese insecticida comercial en concreto. Y si la planta no superara el reto del insecticida, el rasgo no se mantendrá debido a la desventaja de producir una proteína inútil.

Ahora las plantas sometidas a ingeniería genética se cultivan en superficies de más de 40.500 hectáreas. Más del 60 por ciento de los alimentos procesados contienen este tipo de ingredientes. Ninguna persona ni ecosistema ha sufrido ni un sólo accidente o lesión conocido que pueda atribuirse a la ingeniería genética o al producto en el desarrollo y uso de estas plantas. Entonces, ¿por qué seguir obstaculizando la normativa? Este tipo de normas e ideas erróneas pueden acabar alimentándose a sí mismas. Las organizaciones ecologistas han encontrado una causa satisfactoria en la satanización de la ingeniería genética. El trabajo y la categoría de los abogados y demás personal que trabaja en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos y otras Agencias que desarrollan y administran normativa, dependen de ese mal percibido. Pero, a la larga, se reconocerá que los esfuerzos dedicados a obstaculizar injustificadamente una tecnología vital son perjudiciales, en vez de ser una ayuda.

La normativa obstaculiza al investigador universitario. Y lo que es más importante, no tiene ningún sentido ese requisito de que las pruebas sobre la planta de la fresa resistente a los daños por helada tengan que realizarse en parcelas aisladas, con gente vestida con lo que parece un traje especial. Y los investigadores tienen que trabajar bajo la amenaza de que los activistas puedan destrozar las plantas modificadas genéticamente. La consecuencia es que el investigador universitario tiene pocos alicientes para emprender ningún estudio prometedor. La innovación y el progreso sufren por la percepción de unos peligros inexistentes.

Ahora hay en marcha un movimiento para exigir el etiquetado de los productos que contengan otros productos procedentes de plantas sometidas a ingeniería genética. Eso fomentará el mensaje erróneo de que ese tipo de plantas puedan ser peligrosas. Además, el etiquetado será caro, y será difícil elaborar los criterios idóneos.

Puede que productos muy beneficiosos para la humanidad jamás vean la luz del día en aras de un proceso que algunos temen porque no lo entienden. La sociedad suele emitir juicios sobre cómo usar una tecnología nueva. Por ejemplo, cuando se consigue una aleación de acero mejor, puede utilizarse para fabricar armas más mortales y para fabricar maquinaria agrícola mejor. Con las plantas sometidas a ingeniería genética ocurre lo mismo. Pero esa elección debe basarse en la ciencia, no en el miedo y la desinformación.

f 2002 Nobel Laureates / LATSI