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Cataluña y Cádiz, hermandad gastronómica en la almadraba

Día 22/06/2014 - 11.05h

Festiva expedición a Cádiz de más de cien representantes de la gastronomía catalana

Hay encuentros que parecen trazados desde mucho tiempo atrás. Cuando ocurren, en ese breve o no tan breve instante, una sensación de satisfacción recorre todo el cuerpo. El camino recorrido ha sido el correcto. Los designios de los dioses se cumplen. Para que ocurra un encuentro así, hay que estar abiertos al encuentro, no es cosa de una banda, debe haber dos personas dispuestas a encontrarse para que logren encontrarse. Algo así se vivió durante tres días en Andalucía.

Más de cien representantes de la comunidad gastronómica catalana viajaron a la provincia de Cádiz invitados por sus contrapartes gaditanas a pasar la segunda Pascua. Entre los invitados, cocineros y empresarios como Albert Adrià (Tickets), Carles Abellán (Comerç 24), Juan Carlos Iglesias (Rías de Galicia), Albert Raurich (Dos palillos), Quim Vila (Vila Viniteca), Kim Díaz (Mutis), Quim Marquès (Suquet de l’Almirall), Oscar Manresa (Kauai), Rosa Esteva (Grupo Tragaluz), Carles Manresa y su esposa Mary Carmen (Cal Pinxo), Rosa Mesa y su marido Ramón (ibéricos Maldonado), Santi Hoyos (Bar Àngel), Manuel López (Reserva Ibérica), y muchos más. Fue tal la conjunción que sabe mal no mencionarlos a todos. Difícil dejar a alguien fuera, todos aportaron algo en la reunión.

Los anfitriones: hosteleros de la provincia de Cádiz que se sumaron casi inmediato a la idea loca del bodeguero Álvaro Palacios (el organizador). Para la fiesta y los encuentros, los gaditanos se pintan solos. Saben de qué va la cosa y no se andan con pequeñeces. Sara Baras amadrinó la fiesta. Todo fue en grande durante tres días. Los hermanos Córdoba, de El Faro del Puerto, Ángel León, del A Poniente, Pedro Petaca, de Almadraba de Petaca Chico, Antonio Mota, del restaurante Antonio en Zahara de los Atunes, Pepe Melero, de El Campero, entre otros, recibieron a la comitiva catalana.

El ambiente: amistad sincera, conversaciones interminables, amor por la comida y por la vida. Arte, vaya. El duende del sur contagió al contingente catalán desde que abordaron el tren en Sants. Algunos, los pocos, aún se resistían al encuentro, intentando dormir para aguantar el trajín de lo que se venía. Los más, invadieron el coche bar del tren y agotaron las existencias (de todo) apenas una hora después de salir de Barcelona. La cosa pintaba bien.

El protagonista de la cita fue el atún rojo de Almadraba (los asistentes acudieron a una levantá y vieron un ronqueo en la vieja lonja de Barbate). Sin embargo, no fue el único, lo fueron también los cocineros y empresarios que pusieron los manteles largos y no se dejaron nada guardado para después. «Si hay pobreza, que no se eche de ver», dirían por ahí.

Varios kilos de queso Payoyo, descorches de cavas Blue Fin y Gran Torelló, patas de jamón Maldonado, así como alguna que otra lata de Caviar de Río Frío después, la comitiva quedaría hermanada de por vida. No faltó ni sobró nadie, estaban los que tenían que estar. La vuelta fue épica (tres vagones del AVE de Sevilla-Barcelona se reservaron para que la fiesta no acabara hasta llegar a Sants). La morriña del día después fue tal que ya se está hablando de volver, de traerlos a todos ellos también, de hacerlo cada año. Grupos de «whatsapp», jerga nueva («estoy tan atúntado»), amistades y alguno que otro amor surgieron en ese viaje. Curioso ese sentimiento de que todo lo anterior que has vivido toma sentido en Cádiz, en ese encuentro. Es lo que pasa con Andalucía, enamora. Mientras llega la segunda edición, siempre nos quedará Cádiz.

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