el oasis catalán

Carteles

El modelo pragmático, profesoral y hamletiano son la expresión plástica de los impulsores del proceso

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Los carteles de propaganda de las elecciones europeas tienen su mensaje. Si nos detenemos en las formaciones políticas catalanas partidarias de la consulta, encontramos tres modelos: el pragmático, el profesoral y el hamletiano. El modelo pragmático se percibe en el cartel electoral de CiU: el candidato y una niña muestran -sonrientes- un par de carteles con un «sí» y las leyendas «Ganémonos Europa» y «Ganemos el futuro». De hecho, el cartel que sostienen se asocia fácilmente a una urna y el «sí» a una papeleta. El mensaje se refuerza con el lema «Está en tus manos».

El fondo: el cielo azul. Un cartel nítido con un mensaje claro. ¿Se acuerdan ustedes del «anem per feina» de antiguas campañas de CiU? Pues, eso. El modelo profesoral se aprecia en el cartel electoral de ERC: en primer plano -ocupando la mayor parte del espacio-, el candidato-profesor se coloca las gafas. La lección magistral de la persona seria y reflexiva está ahí. ¿Cómo no hacer caso a un profesor -de filosofía, por más señas- cuya fotografía aparece entre el «Empecemos el nuevo país» y el «Ahora, a Europa»? Al candidato, no solo se le ve, sino que se le escucha. El candidato vende el futuro idílico de la Cataluña independiente. Finalmente, el modelo hamletiano se advierte -la izquierda es así: sobre todo la autodenominada «emancipatoria»- en el cartel de ICV: fondo negro, candidato de perfil, semblante grave, imagen meditativa. Como si de la carátula de un disco de vinilo de un cantautor de los 60 o 70 se tratara. La letra: «Nuestros derechos: nuestra dignidad».

Si bien se mira, los tres modelos de cartel de las presentes elecciones europeas que lucen las fuerzas políticas soberanistas catalanas -pragmático, profesoral y hamletaiano- son la expresión plástica de los impulsores del «proceso»: el botiguer que quiere hacer caja y va directamente al grano, el apóstol que propaga la causa redentora y el apesadumbrado que usa la palabra bella como banderín de enganche a un proyecto difuso, confuso e inefable.