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El «sisinoismo» en la vida catalana

Aquí, la cosa consiste en hocicar notoriamente en ambas, de tal modo que ni el «sí» niegue al «no», ni sus diversas variables, o sea, como la prometida pregunta decisoria del «sisinó» y del «nonosí»

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Creía Borges que el aleph estaba en un rincón de la casa de su amada Beatriz Viterbo, pero si le fuera posible ahora a la sagacidad sin vista del escritor argentino sentarse un rato en un café de Barcelona y observar el universo que nos rodea, contemplaría con malicioso regocijo que el aleph (esa diminuta esfera que es el reflejo y el centro de todo lo que existe) está insertado como un perdigón en cualquiera que piense, hable o escuche sobre esa caja de donettes de la cuestión catalana, que ni deja de ser caja llena ni deja de ser un elogio contable a los agujeros.

Esa perdigonada de aleph es la que permite estar en todos los sitios a un tiempo, como el editorial del Financial Times (o el de Màrius Carol), en el «proceso» y en sus antípodas, o como la cantautoridad de Raimon, que le permite estar contra la independencia pero votar el «sí» según fuera la cosa, un poco en la línea quebrada del alcalde Xavier Trías, cuyo aleph cerebral (»no soy independentista, pero votaré por la independencia») contiene esa redondez de bolera, igual sirve tirar la bola al bolo, que el bolo a la bola..., una situación, una sensación, contra la que ya nos previno Jean Buridan con la astuta paradoja de aquel asno que no pudiendo elegir entre dos sacas de heno muere de inanición.

Aquí, la cosa consiste en hocicar notoriamente en ambas, de tal modo que ni el «sí» niegue al «no», ni sus diversas variables, o sea, como la prometida pregunta decisoria del «sisinó» y del «nonosí». Hay casos, como el del entrenador del Joventut de Badalona, Salva Maldonado, que sorprenderían al propio Buridan: come de una saca mientras elogia el heno de la otra..., y se confiesa independentista, se siente maltratado y se ve más cercano a un señor del sur de Francia que a sus abuelos andaluces; en fin, probablemente el teólogo escolástico francés vería en ello otro modo de ser asno.

Y tal vez no se trate más que de una moda pasajera, el ser esto y su contrario, pero mientras tanto hasta Messi la cultiva, pues las buenas noticias de su renovación por el Barcelona están en ese territorio del «sisinó», y si para decidirse quiere al Kun Agüero, pues que pacte con Rajoy, o con el editorialista del Financial Times.