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El coraje de la moderación

Sacralizar una causa y separarla de los asuntos cotidianos que preocupan a los ciudadanos siempre ha sido peligroso

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Para celebrar la Diada de Sant Jordi, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, se reunirá hoy en Barcelona con representantes del sector editorial en un encuentro organizado por el Consorci de la Zona Franca de Barcelona, el salón Liber y la Federación de Gremios de Editores de España. Santamaría regresa a Barcelona pocos días después de asistir a la inauguración de la exposición conmemorativa de los 75 años de Efe y los 25 del servicio en catalán de esta agencia estatal de noticias. El Palau Robert fue testigo mudo del diálogo distendido que la vicepresidenta mantuvo con el conseller de Presidencia, Francesc Homs. Santamaría vuelve para seguir dialogando, en esta ocasión con los empresarios del libro, porque Barcelona, que es muchísimo más que la capital de Cataluña, también lo es del mundo editorial en lengua española.

A la vicepresidenta le podrían ofrecer hoy el nuevo cóctel de Sant Jordi cuyo ingrediente principal es Anna Rosé de Codorníu, un cava femenino de tonos cereza y fresa rosa con toques de ámbar, fresco y pensado para seducir. Porque Cataluña es un cóctel al que le faltaba la guinda de la Societat Civil Catalana, organización que hoy se pone de largo en el Teatro Victoria para alentar a los hasta ahora desmovilizados unionistas.

Pero los radicales de ERC han tachado la visita de Santamaría de electoralista, mientras los convergentes, que ya en 1992 agitaban las banderas del “Freedom for Catalonia” en los Juegos de Barcelona, se revuelven en sus poltronas al contemplar la cívica normalidad con la que la número dos del Gobierno de España departirá con los editores los asuntos que les preocupan, que son muchos en este mundo corsario del gratis total.

Sacralizar una causa y separarla de los asuntos cotidianos que preocupan a los ciudadanos siempre ha sido peligroso. No importa que lo que se consagre en los altares de la historia sea la dictadura del proletariado o del independentismo, porque lo más nocivo de la sacralización es su conversión en máxima prioridad. Al ser elevada a la categoría de solución final, dogma de fe o una suerte de piedra filosofal, la causa reduce a cuestiones menores las verdaderas urgencias sociales, como la creciente desigualdad dolorosamente visible en muchas ciudades catalanas al borde de la quiebra social, tal y como Cáritas ha puesto de manifiesto para escarnio del Govern. Pero esos asuntos mundanos resultan una contrariedad cuando se está entretenido con el Exin Castillos de un Estado. Corren tiempos en los que el verdadero coraje se demuestra en la moderación