tribuna abierta

Respuesta a Jaume Sobrequés

El libro «Espanya contra Catalunya» me ha hecho reflexionar sobre la actuación del gobierno de Mas y de sus intelectuales afines

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La reciente publicación del libro «Espanya contra Catalunya» del historiador catalán Jaume Sobrequés en la que me dedica ocho interesantes páginas me ha hecho reflexionar sobre la actuación del gobierno de Mas y de sus intelectuales afines.

Como dijo Umberto Eco en «La construcción del enemigo exterior» «para tener a pueblos y supuestas amenazas a raya es necesario el Enemigo, la invención y paciente construcción de un enemigo, desde la Edad Media hasta las últimas guerras mundiales y difundidos a través de libros, folletos, consignas, pasquines o leyendas populares». A esto dedica sus energías el gobierno catalán, a la creación del enemigo, a la creación de una España que nos roba a los catalanes y que nos agrede constantemente. Una relación de siglos, sino de milenios, de sometimiento.

Sólo tenemos que pasear por el Born para ver esa auténtica pedagogía del odio. Todo en el Born tiene una connotación militar y marcial que proyecta el 1714 al 2014: «bombardeo terrorista», «fin del estado catalán», «violaciones masivas de mujeres», «tiranía de las instituciones de Castilla», «expolio fiscal»…

Sólo tenemos que observar las frases que se pronunciaron en el simposio «España contra Cataluña»: «estrategias de humillación del PP y del PSOE», «intento de aniquilación de Cataluña por parte de España», «genocidio cultural», «superioridad moral del nacionalismo catalán»…

De hecho una de las ponencias que tenían preparadas pero que, finalmente no se atrevieron a poner en programa llevaba por título «la immigración, factor de desnacionalización de Cataluña»¿Saben que significa? Que los que llegaron a Cataluña del resto de España son un peligro para Cataluña y su identidad monolítica.

Qué casualidad: la decadencia de Cataluña no viene de la mano de aquellos que dejaron Cataluña en bancarrota después de siete años de gobierno, los expolios de Cataluña no vienen de los que saquearon el Palau de la Música o de los que esconden cuentas en Andorra o Lietschenstein, todos de apellidos inequívocamente catalanes. No. Los culpables son otros, los demás, los que, como mis padres, vinieron del resto de España porque ellos/nosotros ponemos en peligro su identidad inventada, los que viven en otras regiones porque nos expolian y roban viviendo de la subvención, las instituciones democráticas españolas y europeas porque nos impiden ser libres.

La democracia se basa en ciudadanos libres no en militantes adeptos a la causa. Una de las frases más terribles que he oído en mi condición de diputado en la Cámara catalana fue cuando la portavoz de ERC, Marta Rovira dijo que «somos meros instrumentos al servicio de la causa».

Eso no es democracia. La democracia no pasa porque los intelectuales se conviertan en militantes. La democracia no exige que las cátedras universitarias se conviertan en púlpitos de la religión nacionalista. La democracia exige escoger a los mejores, no a los más fieles. Todo el Simposio fue un ejercicio de revisionismo histórico: reinventando el pasado para proyectarlo al futuro sin importarles la factura que puede pasar las políticas separatistas y separadoras: el precio de la convivencia entre catalanes. Un ejercicio que hace tiempo que se lleva a cabo en la cuna de la socialización: la escuela. He crecido con la historia nacionalista. Una historia destinada no a crear conocimientos sino a crear patriotas. Esa historia de una Cataluña milenaria ahogada por una España que es una invención del XVIII si no del XIX.

En Cataluña nos enseñan una historia basada en los puntos negros sin prestar atención a los momentos de unión. Aprendemos la revuelta de los segadores como una revuelta contra España, la guerra de sucesión como una guerra de España contra Cataluña o la guerra civil como una guerra contra los catalanes. Pero no nos hablan de los intentos de unión de los reinos hispánicos, del auge económico de Cataluña en el siglo XVIII gracias a las reformas borbónicas, o del siglo XIX en el que los catalanes no sólo resistimos junto a los demás españoles contra la invasión de Napoleón sino que fuimos grandes protagonistas de la política española.

En Cataluña nos enseñan una historia en la que todo comienza y acaba en Cataluña sin encaje en el mundo que nos rodea. Así la Cataluña medieval nada tiene que ver con el resto de territorios españoles, la monarquía hispánica era absolutista como si no fuera un rasgo común en todas las monarquías europeas, la guerra de secesión fue exclusivamente contra Cataluña como si no se tratara de un conflicto europeo. Este ejercicio de selección y aislamiento tiene un objetivo concreto: demostrar que la actuación histórica de España ha sido fundamentalmente negativa (selección) y que ha tenido como objetivo de su acción Cataluña y los catalanes (aislamiento).

¿Cuál es el resumen de esta forma de manipulación histórica? El mismo título del simposio «España contra Cataluña». Creo sinceramente que en un debate intelectual hay planteamientos que son lícitos y planteamientos que no lo son. Se puede ser separatista (en España a diferencia de otros países no es ilegal promover la independencia), se puede querer salir de España, abandonar Europa y querer convertir a Cataluña en la Transniéster de Occidente. Lo que no es lícito es que se adoctrine a nuestros hijos, que se creen listados de patriotas, listas negras de disidentes ni basar la lógica política en el odio. Ya lo dijo un conocido demagogo: «La comprensión es un lugar demasiado frágil para las masas, la única emoción que no vacila es el odio».

Rafael López es sociólogo y diputado del PP en el Parlamento catalán.