punto de fuga

Mars attacks!

Desde muy antiguo es sabido que los dogmas de fe de las religiones laicas, y el catalanismo político no es cosa distinta, resultan por entero impermeables al contraste con la realidad

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A un santo varón barcelonés que llegaría a consejero del papa Pío IX, cierto José María Carulla, debemos aquella versión en verso de la Biblia cuyo másmemorable ripio rezaba: “Nuestro Señor Jesucristo nació en un pesebre. ¡Donde menos se espera salta la liebre!”. Acaso en un inconsciente homenaje al bardo Carulla, un arquetipo del charnego agradecido, esa patética liebre local que se pasa la vida pidiendo perdón por haber nacido en Granada, Almería o Betanzos, hizo incursión el pasado jueves en el escenario más inopinado que cupiese imaginar: el comedor del Círculo Ecuestre. Allí, y gracias a los buenos oficios de Almudena Semur, José Luis Feito y los profesores Ángel de la Fuente y Clemente Polo desconstruyeron, una a una, las falacias contables sobre las que se sienta la célebre leyenda urbana – y rural – del “Espanya ens roba!”. Un empeño pedagógico tan loable como inútil. Pues desde muy antiguo es sabido que los dogmas de fe de las religiones laicas, y el catalanismo político no es cosa distinta, resultan por entero impermeables al contraste con la realidad.

Los Testigos de Jehová se aferraron con renovada devoción a los principios de la secta tras comprobarse falsa la fecha profetizada por su fundador para que ocurriera el fin del mundo. Y así, de idéntica guisa, un ferviente testigo de Arur Mas, industrial de vergonzantes orígenes andaluces para más inri, exigió de los ponentes que demostrasen que España no le roba. Átenme esa mosca por el rabo. Un principio universal de la higiene lógica manda que la carga de la prueba recaiga sobre quien realiza la afirmación. Verbigracia, losque creen que el planeta Marte está habitado por unos enanitos de color verde dotados de sendas antenas en la testa son a quienes corresponde aportar las evidencias empíricas de tan inquietante aserto; a los escépticos sobre el particular nada se les puede exigir. Bien, pues el orden discursivo del nacionalismo doméstico parece que funciona al revés. ¡Estamos rodeados de marcianos!