La Puerta de la Traición por la que Bellido Dolfos entró en Zamora tras asesinar al rey Sancho II
La Puerta de la Traición por la que Bellido Dolfos entró en Zamora tras asesinar al rey Sancho II - F. Felmar
Refranes

No se ganó Zamora en una hora, ni en siete meses de asedio

Para la mayoría de los autores, el refrán alude al cerco de la ciudad en 1072 en el que murió asesinado Sancho II de Castilla

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«A los segundos diga vuesa merced que no se ganó Zamora en una hora» se leía en el Diario de Madrid allá por 1807, hace más de dos siglos. Ya entonces éste era un proverbio de uso habitual entre los españoles para indicar que las empresas difíciles requieren tiempo y lo era desde mucho antes de los años de Maricastaña. «Sin duda era de uso corriente ya en tiempos medievales, pues se encuentra documentado, por ejemplo, en « La Celestina» (se lo dice Celestina a un impaciente Calisto en el auto 6)», señala Pablo Martín Prieto, profesor de Historia Medieval de la Universidad Complutense de Madrid.

«Este es uno de los más antiguos proverbios españoles», aseguraba José María Iribarren en «El porqué de los dichos» donde relataba cómo para la mayoría de los autores el refrán alude al cerco de Zamora, «uno de los acontecimientos más dramáticos y dramatizados de la historia medieval hispana», según Martín. La Crónica de Pelayo de Oviedo, la « Historia Silense», la «Crónica Najerense», el « Chronicon Mundi» de Lucas de Tuy y la «Primera Crónica General» de Alfonso X recogen este episodio crucial en la Historia de España.

Sancho II de Castilla asedió en 1072 la ciudad de Zamora, en poder de su hermana Urraca, pero murió asesinado a traición ante sus muros. «En la historia del cerco de Zamora entran ingredientes de gran atractivo, capaces de impresionar la imaginación, y por lo tanto potencialmente susceptibles de un tratamiento dramático: el enfrentamiento entre hermanos, la guerra, la defensa de una ciudad asediada encabezada por una mujer, la simulación y la traición, la venganza, el giro brusco de la rueda de la fortuna…», admite Martín Prieto, «pero la larga y jugosa historia de nuestra Reconquista abunda en hechos notables, sucesos llamativos y elementos de parecido o aun mayor poder evocador, de cara a la elaboración legendaria posterior, literaria y popular».

Si este episodio es tan recordado y ha vertido tanta tinta desde entonces, continúa el profesor de Historia Medieval, se debe al regicidio. «La muerte de Sancho II ante los muros de Zamora incuestionablemente "cambió la Historia", como a veces se dice, porque introdujo un quiebro espectacular y decisivo en la marcha de los acontecimientos», explica.

Sancho II de Castilla había rechazado el testamento de su padre Fernando I, que repartía los territorios entre sus hijos dejando León en manos de su hermano Alfonso VI y Galicia a Garcés. Despojó a éste de Galicia y se apoderó de León gracias en gran parte al valor que demostró en batalla Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, desterrando a Alfonso a Toledo.

« Zamora interesaba a Sancho como parte de la herencia paterna que se creía con derecho a ocupar en su totalidad, y como ciudad del reino de León que, a raíz de la batalla de Golpejera, le había ganado a su hermano Alfonso», explica Martín Prieto. La ciudad, «la bien cercada», ocupaba además «una posición defensiva clave en la línea misma del Duero, de gran importancia estratégica desde un punto de vista militar y de control de las comunicaciones», subraya el historiador para quien «tampoco se les escaparía ni a Urraca ni a Sancho en aquel entonces la significación de Zamora, en tanto que plaza fuerte, como heredera de la vieja Numancia y de su espíritu, pues en época medieval se ubicaba aquella mítica capital de los arévacos en la ciudad del Duero (de ahí el prominente lugar que Viriato ocuparía en el imaginario colectivo de los zamoranos)».

¿Héroe o villano?

El asedio se prolongó durante más de 7 meses y llevó a los zamoranos al límite de su capacidad de resistencia. Un falso desertor al que la Crónica de Pelayo de Oviedo llama «Vellido Ariulfi» y hoy se conoce como Bellido Dolfos, escapó de Zamora y logró ganarse la confianza de Sancho II para asesinarle en un momento en el que se encontraba con él a solas el 7 de octubre de 1072. La «Historia Silense» cuenta que el asesino escapó a galope y logró refugiarse en Zamora entrando por la conocida como Puerta de la Traición, perseguido según la «Crónica Najerense» por el Cid que solo llegó a herir su caballo.

Agustín García Calvo, en su versión de « El Cerco de Zamora» (Editorial Lucina, 2014), así lo refundía para su puesta en escena: «Corriendo va como liebre / a las murallas Vellido. / El Cid, de que asma el caso, / se apresura a perseguirlo: / a pelo monta el caballo, / parte a galope tendido; /mas, de que llega a alcanzarlo, / Vellido, por el postigo / que se le abre, se escurre, /y entra a salvo en el recinto».

Para el historiador de la Universidad Complutense «no quedan claras ni la identidad ni la filiación del asesino de Sancho II. (...) ¿Verdaderamente era un disidente perseguido por los zamoranos, un incontrolado o -como se dice ahora- "un lobo solitario" o bien acudía a presencia de Sancho cumpliendo una misión encomendada?».

La Urraca oculta por la leyenda

«Si a mi hermano lo ha matado, / sepa Dios por qué lo hizo», pone García Calvo en boca de doña Urraca, aunque la sospecha de que pudo haber sido su instigadora siempre ha acompañado a su figura. Hay indicios de que pudo tener un papel político de primer orden, algo inusual en una mujer en aquella época, según apunta Martín Prieto. Crónicas medievales la describen como una segunda madre para Alfonso VI e incluso algunos sugieren una interpretación torcida para esa relación de afecto, «pero el hecho de que su figura haya sido pronta y literalmente convertida en un personaje de romance, nos plantea hoy la dificilísima tarea de desprender casi quirúrgicamente el velo de la leyenda que en parte la oculta, para revelar su persona histórica al desnudo», estima el profesor de Historia Medieval.

«Lo que la Urraca histórica pretendía o calculaba, lo que pudo hacer y lo que hizo, y en qué medida la muerte de su hermano Sancho fue algo previsto por ella o que la tomó por sorpresa, obligándola a improvisar, son cuestiones tratadas de manera oblicua y contradictoria por las crónicas medievales», añade.

Martín Prieto explica que tampoco está claro el papel del Cid en estos acontecimientos ya que parece haber sido introducido posteriormente, en la Crónica Najerense, al incorporarse a ésta los romances que corrían ya en Castilla sobre la muerte de Sancho II. «Desde un punto rigurosamente histórico no cabe negar ni afirmar que el Cid tuviera en los hechos la parte tan heroica que le asigna la Najerense», asegura.

A la muerte a los 34 años de Sancho II de Castilla, su hermano Alfonso VI regresó de Toledo para hacerse cargo de la herencia aunque antes de tomar posesión del reino se vio obligado a prestar juramento de no haber participado en la muerte de su hermano. Así lo cuenta la « Historia de España» de Modesto Lafuente: «Llamado don Alfonso a Burgos, reuniéronse todos con él en el templo de Santa Gadea para la proclamación. Llegado el solemne instante de jurar, ninguno de los presentes osaba interpelar al rey, hasta que el más audaz de los nobles, don Rodrigo Díaz de Vivar, exclamó en alta y segura voz:«¿Juráis, Alfonso, no haber tenido participación, ni aun remota, en la muerte de vuestro hermano Sancho, rey de Castilla?». «Lo juro», contestó el rey. Y los allí reunidos aclamaron a Alfonso, quien reunió entonces las coronas de Castilla, León y Galicia» . El Cid Campeador fue desterrado tras la Jura de Santa Gadea.

Bellido Dolfos ya había muerto descuartizado después de que el monarca ordenara que lo ataran a las colas de cuatro caballos. Considerado durante siglos como un traidor, ahora un grupo de zamoranos reivindica su heroísmo al salvar del asedio a Zamora con su acción.

«Adiós, torres de Zamora (...) Firme fuiste a nuestro cerco», rezan unos de los últimos versos de Agustín García Calvo. Zamora no se ganó ni en una hora, ni en siete meses de asedio, pero en su rima y quizá en el recuerdo de aquellos hechos resida el éxito del proverbio. Juan Eugenio Hartzenbusch, que se refiere a él en el prólogo a « La sabiduría de las naciones» de Joaquín Bastús, aún se remonta más allá en el tiempo y dice que «hay autor que lo supone formado cuando Zamora fue reconquistada de los moros, en cuyo caso será uno de los más antiguos, quizá el primero que tenemos en castellano».