Ramón de Navarrete, el primer periodista del corazón de España
Retrato de Ramón de Navarrete, a finales del siglo XIX - abc

Ramón de Navarrete, el primer periodista del corazón de España

En 1849, este cronista admirado por Galdós, «padre» de los Mariñas y Marchante de hoy, comenzó a contar con gran éxito las intimidades de la aristocracia madrileña en el diario «La Época»

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Jesús Mariñas, Karmele Marchante, Chelo García Cortés, Jaime Peñafiel o Beatriz Cortázar son algunos de los periodistas del corazón más prestigiosos de España. Muy poca gente hay en este país que no haya escuchado hablar de ellos, incluso los que critican y niegan seguir la «prensa de los chismorreos». Pero muy pocos saben que los antecesores de estos fueron grandes literatos de la talla de Gustavo Adolfo Bécquer, Pedro Antonio de Alarcón o Juan de Varela, cuyas crónicas de los cotilleos de la alta sociedad, hace más de un siglo y medio, eran dignas de la admiración de otros grandísimos escritores como Azorín, Galdós o Emilia Pardo Bazán.

Pero antes incluso que todo ellos, hubo otro periodista que, olvidada su prolífica obra como novelista y dramaturgo, paso a la historia como el primer cronista social de la prensa de española, o lo que es lo mismo, el que podríamos considerar nuestro primer periodista del corazón. Su nombre: Ramón de Navarrete.

En 1849, este escritor madrileño tuvo el acierto de incorporar en las páginas del diario «La época», del que fue su primer director, un especio dedicado a la crónica de sociedad. Aprovechando su posición como visitante de los más encopetados salones de la corte y asiduo a las fiestas organizadas por duques y marqueses, el periodista se lanzó a sacar los trapos sucios de las mejores familias de la capital, airear sus coqueterías y hacer públicas sus disputas e infidelidades.

De Aristócratas y banqueros

Navarrete, nacido en el Madrid de 1822, escribía sus crónicas con tanta elegancia y calidad literaria, que sus protagonistas no solo no se enfadaban, sino que, además, se fueron convirtiendo en sus principales lectores, haciendo de este espacio la clave del éxito de este elegante periódico conservador que llegó a ser el decano de la prensa española hasta su desaparición en 1936. Aristócratas, financieros, hombres de estado, banqueros y otros miembros de las clases privilegiadas se convirtieron rápidamente en suscriptores.

Aunque pequeños en número, se decía que se leían sus páginas de cabo a rabo, deteniéndose con suma satisfacción en las páginas de Sociedad. Tomaban nota del último detalle de los atavíos o peinados, y estaban atentos a ver si aparecían en sus páginas: «Los lectores de un periódico como “La Época” necesitan saber y comentar siete veces a la semana el baile de la condesa, el pañuelo blanco de la generala, la rosa amarilla de brillantes de la señora del banquero, el pleito de la Sandoval, los dominós blancos de las incógnitas de la ópera y los “soirées” de tanto cachupines con dinero», aseguraba el escritor y poeta Eusebio Blasco, en el prólogo de «El Crimen de Villaviciosa», relato de Navarrere publicado en 1883.

Según Blasco, «sus crónicas, reunidas en tomos, serían la historia de nuestro mundo de Madrid y un arsenal de noticias curiosas. ¡Cuántos cambios en la fortuna! ¡Qué almacén de dramas, comedias y novelas! Si yo fuera rico, le ofrecería á Asmodeo –el más famosos de los muchos alias con los que firmó Navarrete– mi fortuna para publicar esos sesenta u ochenta tomos de Crónicas madrileñas, que una vez dados a luz no tendrían precio».

Precursor de la novela realista

No le faltaba razón, pues la calidad de las crónicas de «Asmodeo», no era para menos. Él no era un simple periodista de «cotilleos», sino uno de los precursores de la novela realista, un escritor con voz propia que estuvo en la primera fila de la vida literaria española durante la mayor parte de siglo XIX.

Tras su muerte, sin embargo, fue convertido en una curiosa rareza bibliográfica de la que pocos se acuerdan hoy. Sus novelas fueron olvidadas, sus importantes artículos de crítica literaria, relegados a un segundo plano, y sus obras de teatro, postergadas por los estudiosos de la dramaturgia. No importaba que hubiera gozado de una fama fuera de lo común, convirtiéndose en una toda una institución en la época, digna de aparecer en los «Episodios Nacionales» de Benito Pérez Galdós, quien los calificaba como «el gran crítico de la sociedad». O en la novela «Juanita la Larga», de Juan de Valera, que decía de él que era el mayor conocedor de la aristocracia y sus costumbres.

Su primer «artículo de salones», como también se conocían a estas crónicas, apareció en el número 25 de «La Época», el día 25 de abril de 1849. No llevaba ni firma ni pseudónimo, pero todo el mundo sabía quién era el autor de aquel texto donde se daba detalle sobre la inauguración del teatro «casero» organizado en Palacio por la Reina Isabel II.

Un género lleno de «dificultades y peligros»

Desde aquella primera crónica, Navarrete tuvo que «verse en mil ocasiones a aludir al duelo provocado por las coqueterías de la Fulana, el rapto de la hija del marqués, el escándalo habido en el matrimonio A***», escribía Eusebio Blasco, en relación a la dificultad de los cronistas de salones para contar los chismorreos con la sutileza suficiente como para no herir sensibilidades.

«La crónica de salones requiere de una gran brillantez de estilo»Una habilidad olvidada hoy, sin duda, por algunos periodistas y tertulianos de la prensa rosa, que también también admiraba Emilia Pardo Bazán, quien en el prólogo de «Los salones de Madrid» (1870), obra de Monte Cristo, el famoso cronista social de la revista «Blanco y Negro», escribía: «La crónica de salones, lejos de ser un género fácil, está erizada de peligros y dificultades y requiere de una gran brillantez de estilo, galas de dicción, erudición, tacto, sentido de las conveniencias y discernimiento de gentes. El cronista de salones es mucho más hábil por lo que calla que por lo que dice. Su retórica es el eufemismo, la omisión y el silencio. El cronista de salones necesita saberse al dedillo la historia, los antecedentes, hasta las manías de cada uno de los individuos e individuas que desfilan entre las once de la noche y las dos de la madrugada por las casas iluminadas y llenas de gente, sonriendo y estrechando manos. Y esa historia y esos antecedentes, después de aprenderlos, necesita hacer como si los olvidase y recordarlos solamente cuando importa. […] Los que leen una crónica de salones y ven en ella que todos los generales son “valientes”, todas las señoritas “juveniles beldades”, todos los refrescos “delicados”, todas las porcelanas de Sévres y todos los encajes del “viejo Malinas”, acaso no crean que el cronista no tiene ojos o no ha visto jamás mujeres jóvenes y hermosas, y encajes auténticos. Desengáñense: el cronista sabe bien donde le aprieta el zapato, aunque no sea más que por efecto del continuo roce y la familiaridad con lo bello, lo suntuoso, lo raro y lo precioso. Leedle despacio, entre líneas, y no tardaréis en distinguir la alabanza sincera y entusiasta del forzoso ditirambo».

Quizá ustedes no reconozcan en esta descripción de la gran novelista gallega a los actuales periodistas del corazón, que son hoy más famosos de lo que lo eran aquella personalidades literarias. Pero quizá los cronistas o tertulianos de hoy tampoco sepan quién fue Ramón de Navarrete.