Anverso Reverso

Fotografías antiguas de ABC El «melómano» de Chamberí

Día 21/07/2017 - 15.06h

El ladrón de melones cazado con las manos en la calva

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Virgilio Muro
Recreación del momento en el que el Calandria es reducido por Jacinto

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Madrid, septiembre de 1933. Los actores Luis Ballester y Enrique Suñer, del teatro Fuencarral, representan para ABC el momento en el que es detenido un ladrón de melones, en un puesto del barrio de Chamberí.

La historia que hay detrás de esta fotografía, es tan impactante como sorprendente. Los hechos ya fueron relatados, tal y como sucedieron, en las páginas de Blanco y Negro del 1 de octubre de 1933. De igual manera serán relatados hoy aquí, sin restar un ápice de crudeza.

El señor Jeromo era un honrado melonero, cuyo puesto se hallaba en la calle de Santa Engracia. Una triste mañana de septiembre de 1933, en esta zona del madrileño barrio de Chamberí se oyó un escalofriante grito, que seguro muchos tardarían años en olvidar: «¡Que me falta un melón!» -según se contó, quizás fruto de la exageración propia del pueblo, este alarido llegó a abrir varias sandias-. A así es, a este honrado comerciante le habían robado una de sus frutas. Doña Sidora, la portera del bloque de la acera de enfrente, que apareció entre asustada y ensordecida, intentaba justificar el acto porque sus melones eran muy caros -2 pesetas nada más y nada menos-. El robo se convirtió en costumbre durante los días siguientes, algo que cada vez desquiciaba más al bueno de Jeromo y acrecentaba día a día la sordera de los vecinos. El problema aumentó cuando de una pieza diaria, el caco pasó a dos y así fue aumentando el número hasta el día en el que doce melones fueron robados en una sola noche. Ante la desesperación del comerciante, la señora Sidora recordó que su cuñado tenía una escopeta y un trabajo como guarda de seguridad. Aunque una huelga le privó de su empleo, afortunadamente aún conservaba el arma. Así pues, Jeromo terminó recurriendo a la vigilancia privada nocturna. Tal y como decía su cuñada, no era: «un Sherlock Holmes», pero tenía voluntad y sería capaz de realizar el trabajo. Jacinto –nombre que tenía el vigilante-, era un hombre recio y bien plantado, con una cabeza, eso sí, muy peculiar que estaba coronada por la más absoluta de las calvicies. La primera noche de faena, apenas una hora después de haber empezado la jornada, el guardián de los melones perdió su particular batalla con el sueño y recostó su calva encima del género. Avanzada la noche, a eso de las 3 de la mañana, Jaime Vázquez Ordoñez, el Calandria, un conocido ladrón de poca monta, se dispuso a sustraer -como llevaba haciendo desde hacía días-, una nueva tanda de melones. Al parecer este caco tenía buen paladar y no se llevaba lo primero que cogía. Al estar el puesto en la más completa oscuridad, la manera que tenía de diferenciar las buenas piezas era con el tacto, y así fue como en el intento de tentar la fruta, termino dando un capón en pleno centro de la calva a Jacinto que, gracias a su adiestramiento casi militar, irguió su melón de un salto y, escopeta en mano, al grito de: «¡Manos arriba!» detuvo al ladrón. Y así terminó la historia del Calandria, que siempre lamentó su suerte por no diferenciar una calva de una fruta en la oscuridad.

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