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Dubrovnik, íntimo y personal

La ciudad croata, Patrimonio de la Humanidad, es un rincón idílico que rezuma renacentismo en sus calles, palacios e iglesias.

galo martín - Dubrovnik - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Cuando el día se extingue y las bocinas de los cruceros avisan de su partida, el eco de tus pasos por el suelo de piedra te persigue y un aura de misterio iluminado por vetustos faroles envuelve a Dubrovnik ortorgándole una belleza íntima.

En ese ambiente recogido, la introvertida ciudad amurallada revela sus secretos de siglos. Esculpida sobre roca y bañada por un mar diáfano, la sensibilidad renacentista que lucen sus calles, palacios e iglesias la cobijan de bastiones, torres y fortificaciones. Desde el adarve de sus muros se pueden contemplar los tejados de terracota que contrastan con el azul del Adriático. Es inevitable recordar las palabras del autor británico Bernard Saw: “Los que estén buscando un paraíso terrenal deben ir a Dubrovnik”.

No en vano, esta perla declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco posa sobre un peñasco a los pies del monte Srd, en la costa sur de Dalmacia (Croacia). Irradia un espíritu de rincón idílico a pesar de un pasado bélico.

Cruce de caminos por su privilegiada situación geográfica y vértice de confrontación entre soberanías y potencias navales como: los bizantinos, sarracenos, croatas, normandos, venecianos, pequeños condados y reinos, el Estado Húngaro-Croata, el Imperio Romano-Alemán, el Otomano, el Austro-Húngaro y el de Napoleón.

Presumida y celosa de su independencia, Ragusa (nombre italiano con el que se denominó a la prístina República de Dubrovnik), levantó los muros que hoy caminan miles de turistas para convertirse en un estado libre entre los siglos XVI y XIX. Esa impronta de ciudad aristocrática y de élite, donde lo patricio se engulle a lo plebeyo, lo ha heredado una población orgullosa de sus ancestros, elegante en la indiferencia que tributa a esa jet exclusiva (Andrea Casiraghi, Carolina de Mónaco, Jack Nicholson y Jeremy Irons) y, en su momento, a la aristocracia del dinero (familia Agnelli, Aristóteles Onasiss, Stavros Livanos), que adoptaron este refinado lugar como su refugio estival, bajo el auspicio de su patrón, San Blas.

Un comienzo para este cuento irreal que es Dubrovnik es la Fortaleza de San Lorenzo, extramuros. Desde lo alto de sus almenas la panorámica abarca la homónima Fortaleza de Bokar, la medieval ciudad y la isla de Lokrum, oasis para los amantes del nudismo, bajo la luz de sol que se funde con el color turquesa del mar.

Es fácil distinguir sobre este enclave militar el patrimonio cultural que salpica las calles y hacerse una idea de sus reducidas, pero entrañables dimensiones. La entrada principal es a través de la Puerta Pile, que da acceso a Placa (Stradun), la arteria que vertebra la amurallada ciudad de este a oeste.

Antiguamente dividía la población: al sur las familias nobles y al norte las clases más humildes y el barrio judío.

El suelo de piedra pulido por los miles de deambules de viajeros, visitantes y locales te arrastra al Palacio de Sponza, resultado de combinar el estilo gótico con el renacentista. Por la calle de Santo Domingo se sube la hermosa escalinata que da acceso a la iglesia de San Sebastián.

Por encima del Convento de Santa Clara, La Gran Fuente de Onofrio, la Columna de Orlando y la Torre de la Campana, por citar algunos de los monumentos que quedan a uno y a otro lado de esta transitada vía, lo que te llama la atención es el gorgojo de los cientos de vencejos que sobrevuelan de manera, aparentemente, aleatoria y descontrolada, el cielo pregonando la llegada del buen tiempo. Su estridente ‘twitter’, como decimos ahora, es tan alto que eclipsa el jaleo que provocan los visitantes que se amontonan en las cafeterías, en las heladerías y en las tiendas de recuerdos que secundan a la animada y señorial Stradun. No resultaría extraño que el director de cine Alfred Hitchcock se inspirara en este “concierto” para filmar su película “Los pájaros”.

Los adoquines continúan hasta la Puerta Ploče, pero es mejor desviarse para contemplar el Puerto Antiguo. Desde este pintoresco muelle zarpan los barcos con destino a Lokrum. En ese punto sobre la ‘i’ que es ese islote se puede ver un monasterio benedictino, una vieja fortaleza de la época de Napoleón y pavos reales que campan a sus anchas por ese trozo de tierra insular.

La perspectiva desde el mar muestra esa armonía entra la naturaleza y el hombre que sustenta Dubrovnik, aderezada con una sencillez legendaria que le otorga señorío. Sus dos kilómetros de muralla, con 25 metros de altura en algunos tramos y seis de grosor hablan de una soberbia construcción para preservar una singular arquitectura intramuros.

Tras el paseo, el Troubadour Hard Jazz Café es una de las mejores opciones de la ciudad para hacer una pausa al final del día y observar cómo desaparecen los cruceros –y con ellos, sus miles de pasajeros- en el horizonte del Adriático.

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