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CLM / ANÁLISIS

La ignorancia y «El camino del Samurai»

Día 15/10/2012

Cuando un caballero Samurai erraba en su acción, la única salida que le quedaba para salvar su honra era el Seppuku, vulgarmente conocido como Harakiri (cortarse el vientre). Eso solo ocurría en Japón cuando un hombre de honor se equivocaba. Se trataba de salvar su honor personal y familiar. Si el Samurai no llevaba la iniciativa en el Seppuku, su señor le cortaba o mandaba cortar la cabeza. En este último caso, se desposeía a la familia de todas sus propiedades. Normalmente, el Samurai se las arreglaba solo y en la peor de las ocasiones, para evitar sufrimientos innecesarios, su mejor amigo o alguien de confianza le ayudaba a terminar pronto con el ritual.

Afortunadamente en España, pocos recurren al suicidio por la comisión de un error. Lo malo es que nadie asume las consecuencias de sus actos erróneos y los que pueden corregir no hacen «rodar cabezas» -entiéndase, por favor, en sentido figurado- por muchos fallos o errores que se cometan y aunque las consecuencias sean de dimensiones importantes. De hecho, asumimos que «errar es de humanos»; que «quien tiene boca se equivoca»; que «el hombre es el único ser que tropieza dos veces en la misma piedra» y que «la equivocación forma parte del aprendizaje».

Lo anterior da una idea de nuestra forma permisiva de afrontar los errores propios y ajenos, aunque se produzcan de forma recurrente. Así, uno puede hacer y decir lo que le venga en gana sin temor a que alguien con capacidad de reprender y reprimir le señale con dedo acusador o adopte medidas para evitar más errores. Además, si volvemos a cometer fallo consciente o inconscientemente, la benevolencia y la palmadita en la espalda -en lugar de la reprimenda- será lo que recibamos. De esta forma, cuando nos equivocamos no tenemos sentimiento de culpa - «no soy consciente de haber cometido delito» dicen algunos- y los que pueden corregirlos no tienen intención de reprochar la falta «para no crear traumas innecesarios»...y así nos va.

Digo lo anterior porque hace unos días me encontré con un artículo de abc.es en el que Cayo Lara criticaba la indumentaria de la vicepresidenta Santamaría y la presidenta Cospedal en un acto celebrado en la ciudad estado de El Vaticano.

Como somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios, quizá convendría recordar al señor Cayo que es mejor callar porque la ignorancia es mala consejera. A este respecto, las dos señoras españolas que asistieron al acto oficial en el que se proclamaba a San Juan de Ávila como Doctor de la iglesia Universal, vistieron sus mantillas tal y como manda la tradición española, con los colores apropiados para señoras que están en presencia de Su Santidad y en el modo que se exige para una ceremonia que se celebra en un estado soberano como lo es El Vaticano. Nuestro parlamentario ignora el Protocolo oficial y los usos y costumbres aplicables en determinadas ceremonias religiosas y en determinados países.

Quizá el señor diputado, con ocasión de una posible visita a una mezquita en Irán, no se descalzara y exigiera que las señoras que le acompañasen -muy modernas y poco anacrónicas como él- no se cubrieran la cabeza. En este caso, lo más probable es que fuese efusivamente felicitado por el imán de la mezquita por su manifiesta falta de respeto a los usos y costumbres de la religión musulmana y a las normas de un estado confesional como lo es la República de Irán.

Creo que en esta ocasión, para el señor Cayo, hubiese sido mejor callar y hacer caso de lo que hace siglos escribió Yamamoto Tsunetomo en su obra «Hagakure: El camino del Samurai». Así dice: «Poseemos muy poca sabiduría; sin embargo, tenemos una gran tendencia a referirnos a ella para resolver nuestras dificultades».

Puede consultar el blog del autor en la siguiente dirección: www.protocol.es.

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