Economía

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Déficit pedagógico

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No hay desarrollo sin instituciones estables, fiables y previsibles: un Estado de derecho, que solo garantiza un Estado de calidad, no de cantidad

Día 24/09/2012 - 13.48h

Eso de que los europeos están recuperándose con dificultad hoy en día fue una alucinación política colectiva: creer que los Gobiernos son el motor del crecimiento económico. Esta creencia, porque fue una creencia y no una ciencia, fue difundida por unos charlatanes, a veces abundantemente provistos de títulos universitarios, y a los dirigentes políticos les convenía sobremanera secundarla. Si se hubiese seguido esta alquimia, habría bastado con apretar las palancas monetarias y las válvulas presupuestarias adecuadas, y con manejar el volante industrial correcto para que, a continuación, surgiesen milagrosamente las riquezas y el empleo.

La opinión pública también lo creyó ya que resulta tentador para el espíritu imaginar que unas causas simples -la acción del Estado- conducen a unos beneficios colectivos, a la riqueza y a su redistribución.

Así, en nombre de la prosperidad y de la justicia social, se inflaron como una rana el tamaño de las burocracias públicas, sus intervenciones cada vez más detalladas y, como consecuencia indeseada, el déficit público; una deuda que desde entonces deben soportar no unos culpables, sino unos creyentes, engañados y víctimas de la alquimia económica.

El único beneficio involuntario de este hundimiento de la ilusión colectiva, denunciado sin embargo por algunas voces aisladas en el desierto (pero de nada sirve llevar la razón contra la multitud), será quizás la sustitución de la alquimia económica por el conocimiento económico. ¿Qué dice la ciencia? La experiencia -toda ciencia es experimental- ya permite basar el crecimiento en unos principios poco cuestionables: la innovación, el empresario y un Estado de calidad.

Esta verdad es tan trivial que apenas nos atrevemos a recordar que solo la innovación es la base de toda prosperidad. Desde la rueda de álabes hasta los organismos genéticamente modificados, es a los científicos a quienes debemos cualquier aumento de la productividad, es decir la disminución del tiempo de trabajo, la calidad de vida y su alargamiento. La innovación por sí sola no basta, o si no China habría superado a Europa ya en la Edad Media: también hace falta el empresario, ese espíritu ingenioso que transforma la ciencia en productos y servicios consumibles a un precio accesible para el mayor número de personas posible. El empresario, a su vez, solo se arriesga a esta transmutación, no de plomo en oro, sino de ciencia en objeto estandarizado, si saca algún beneficio. Este beneficio solo se lo garantiza un Estado de calidad. Por tanto, no hay desarrollo sin instituciones estables, fiables y previsibles: un Estado de derecho que solo garantiza un Estado de calidad, no un Estado de cantidad.

Por tanto, aprovechando involuntariamente la crisis, resurge esta teoría muy antigua del empresario (formulada hace dos siglos por Adam Smith y Jean-Baptiste Say), con firmes razones para confiar en el futuro de nuestro continente europeo. Resulta que solo tres países, o grupos de países, dominan actualmente el mundo de la innovación: Estados Unidos, Japón y la Unión Europea.

Cada uno de ellos registra cada año aproximadamente 250.000 patentes con valor jurídico universal, seguidos muy de lejos por Corea del Sur, el único país verdaderamente emergente en este ámbito. Todos los demás se encuentran todavía en la fase de transición de una economía agrícola a una economía industrial, o en la economía primitiva de la subcontratación.

Estas patentes de hoy en día nos proporcionan una fotografía de la economía del mañana: todas las patentes no generarán necesariamente un producto y un servicio, pero estadísticamente será así. ¿Existen emprendedores capaces de realizar esta metamorfosis? Predominan en Estados Unidos, Japón y Europa, especialmente entre las generaciones ascendentes con formación que solo sueñan con la empresa y la globalización. ¿Un Estado de calidad? Sería conveniente que los Gobiernos que resultaron más intoxicados por la alquimia económica se conviertan a la ciencia económica.

Y se esfuerzan por hacerlo, especialmente en España. Lo que falta es pedagogía: los pueblos que siguieron ciegamente a los charlatanes esperan, con razón, explicaciones adicionales. Esta pedagogía todavía no está al mismo nivel que el desencanto.

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