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Julio Crespo MacLennan y la historia edificante de Europa

Hoy se habla de Europa como «el hombre enfermo del mundo», pero entre los siglos XVI y XX dominó los destinos del orbe. Sus imperios y traumas desfilan por el ensayo de Crespo MacLennan

Día 24/09/2012 - 12.45h

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Durante el siglo XIX fue un lugar común señalar que el languideciente Imperio otomano era «el hombre enfermo de Europa». Del mismo modo, enterradores con demasiada prisa proclaman estos días sin cesar que Europa es «el hombre enfermo del mundo». Hay incluso políticos estadounidenses que apuntan con el dedo a nuestros males, para señalar lo que no hay que hacer y cosechar votos. Todo esto tiene que ver con el analfabetismo histórico, una desgraciada señal de nuestra decadencia como occidentales, europeos y americanos, pues todos somos hijos de una común civilización atlántica.

Entre los elementos que explican la postergación de Occidente –no solo de Europa– por efecto de una mala adaptación a la globalización y sus espléndidas oportunidades, destaca nuestra tendencia a la insularidad y el nacionalismo. En épocas de crisis como la actual, se trata de una conducta suicida, que expone una dramática falta de flexibilidad institucional, cultural y social. Una peligrosa arteriosclerosis que, si no se trata de manera adecuada, puede conducir directamente al infarto, o sea, la crisis revolucionaria, la fragmentación territorial y la dictadura.

Semejante rigidez es justo lo contrario de lo que llevó a los europeos al éxito histórico, cuyo reflejo mayor fue la fabricación de imperios entre los siglos XVI y XX a escala global. Este espléndido libro constituye un recorrido impecable por todo lo bueno, que fue mucho, y por todo lo malo, que fue mucho menos de lo que se proclama. Pues más allá de lo que digan los fabricantes de edictos y fatwas contra la libertad y el sentido común, los responsables y gestores de los imperios siempre han sido las élites nativas, criollas y colaboracionistas.

Poderíos emergentes

La Historia de los imperios muestra en una perspectiva clásica que sus peores enemigos son los propios imperialistas. Algo que Edward Gibbon en su Historia de la decadencia del Imperio romano, reiteradamente citada en este libro, deja claro. Tampoco se trató de una idea suya, pues procede de la historiografía del mundo antiguo, pero en este volumen, que no en vano se debe a un gran europeísta, proyecta una sombra mayor y nada complaciente sobre la Historia de Europa.

Es el egoísmo y la desunión de los europeos en sus versiones criminales y nacionalistas, del siglo XIX en adelante, lo que ha aniquilado el poderío europeo en el mundo y dio paso en el XX al gobierno global de EE.UU. y la URSS. En lo que va del XXI, no resulta atinado ni justo indicar que el emergente poderío chino, brasileño o indio no se deba a sus propias políticas y planes estratégicos, pero existen unas limitaciones críticas que se han impuesto los europeos a sí mismos: población envejecida, estados no sostenibles, carencias en productividad, descuidos en el desarrollo científico y tecnológico.

La primera parte del libro, sobre el auge de Europa, abarca entre 1492 y 1898, y viene a coincidir con los argumentos sobre el llamado «milagro europeo» definido por Eric Jones en 1981. ¿Por qué una pobre y densamente poblada península de Asia como Europa se adueñó del orbe en tan poco tiempo y con tanta eficacia y continuidad? Las explicaciones de Jones, que vincularon medio ambiente, economía y geopolítica, fueron completadas con argumentos culturales. En las franjas atlánticas de Europa, llenas de ciudades comerciales habitadas por gente libre y emprendedora, el despotismo político, tan abundante en Asia, no existía. Además, el heroísmo caballeresco asociado a la expansión marítima configuró una mentalidad social. Nadie la expresó mejor que el gran portugués Luis de Camoens: «Vivir no es necesario; navegar es preciso».

La Revolución en titulares

La primacía de Portugal en la definición del modelo de los descubrimientos recibe adecuado tratamiento, como la organización pionera del Imperio español, abundante en héroes modernos como Cristóbal Colón y Hernán Cortés, además de leyes admirables y humanas, mucho más eficaces de lo que mantiene la leyenda negra. Los clásicos casos de Gran Bretaña –de los peregrinos del Mayflower en adelante–, Francia y Holanda, abundan en la idea del éxito de la expansión europea.

Muy novedosa resulta la integración de casos que son menos conocidos o directamente aparecen escondidos en las historias nacionales, porque Dinamarca, Suecia y Rusia fueron «grandes colonizadores» e imperios destacados. El capítulo dedicado a las revoluciones, con Napoleón como protagonista, muestra la pasión del autor por la narrativa como imperativo del trabajo del historiador, también escritor literario: «Reyes guillotinados, generales entronados, los derechos del hombre, el sufragio universal, la abolición de la esclavitud, el terror, la guerra, un nuevo imperio continental y nuevas naciones en América, estos fueron los titulares de lo que sucedió en la era de las revoluciones».

Punto de no retorno

La atención a las emigraciones europeas, que han dejado rastro y mestizaje en tantos países, aborda un aspecto que no se suele integrar en este tipo de análisis, y la primacía de lo político y cultural explica que, con el mejor sentido, sea 1898 el punto de no retorno del imperialismo europeo. Pues aquel fue un annus horribilis para España, pero también para Italia e incluso Gran Bretaña. Ello no implica desconocer que la Primera Guerra Mundial fue el principio del fin de la Europa imperial, liquidada con la Segunda Gran Guerra y la terminación del Raj, el imperio británico en la India.

La segunda parte, «El declive, 1898-2012», comprende cinco capítulos y constituye una apología del europeísmo y de su comprensión histórica. También, en la hora presente, tiene trazas de literatura edificante. En mucho peores hemos estado y, si tenemos un mínimo sentido histórico y cultural de lo que somos y representamos, no deberíamos dejarnos abatir por la desesperanza, sostiene el autor. Las conclusiones, escritas con el mismo lenguaje cristalino y contundente del resto del libro, tienen las trazas de un análisis de debilidades y fortalezas. Entre ellas, la gran participación europea en la civilización global, algo que en la crisis actual tiene el valor de un juicio sensato. Ojalá tenga también el carácter de una profecía.

Imperios. Auge y declive de Europa en el mundo, 1492-2012

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original
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