Cultural / LIBROS

Andrew Wylie: «Un agente es un psiquiatra sin título»

Día 10/09/2012 - 20.50h

Andrew Wylie, «el Chacal», es el agente literario más poderoso y temido del mundo. En esta entrevista aborda el futuro del libro y confiesa: «Si escribiera mis memorias, me despedirían»

El agente literario Andrew Wylie

Andrew Wylie quiere que veamos el mundo de un modo diferente. Fundador en 1984 de una de las agencias literarias más prestigiosas, y con ochocientos cincuenta escritores representados, está a la vanguardia de los cambios en el universo del libro. Unos lo consideran un adelantado, otros no entienden su singular estrategia. Por ejemplo, el proyecto digital que lanzó en 2010, Odyssey, con veinte obras de algunos de sus autores –Updike, Borges, Nabokov, Bellow y Amis–, originó un boicot a la agencia y, posteriormente, llamadas de Amazon amenazándole con aplastarlo. El escándalo puso de nuevo el foco sobre el futuro digital de las obras literarias y destapó la verdadera naturaleza del distribuidor más grande del mundo, pero cuya facturación por la venta de libros es solo del 5 por ciento.

Hijo de un editor y de una heredera de la banca procedentes de Nueva Inglaterra, Wylie nació en Boston. Es descendiente de John Winthrop, un abogado puritano que llegó al Nuevo Mundo en 1630. El espíritu emprendedor forma parte de él, lo mismo que una tendencia a la travesura y la irreverencia. Muy joven, en el bachillerato, confabulado con un taxista, montó un negocio para llevar a los alumnos desde su internado hasta Boston a fin de proveerlos ilegalmente de alcohol. El «muy esnob» internado terminó expulsándolo, pero ello no le impidió ingresar en la exigente Harvard y titularse summa cum laude en literaturas romances y clásicas en solo tres años. Entre sus profesores se encontraban el poeta Robert Lowell y Harry Levin, al que había persuadido de que dirigiera su tesis recitando de memoria un largo pasaje de Finnegans Wake. Albert Lord le enseñó a cantar a Homero en griego, habilidad que utilizó años después para atraer y convencer a I. F. Stone, autor de El juicio de Sócrates, de que fuera su primer cliente.

La agencia pretende fijar y anticipar el valor de obras clásicas o que están por serlo, y considera que si los editores dedicaran más tiempo a ellas, la adquisición de derechos sería menos de «desmadrado fin de semana en Las Vegas». Está convencido de que la calidad y el beneficio no son irreconciliables, sino conceptos más ambiciosos. Prueba de ello es que el valor del legado literario de escritores tan dispares como Borges, Burroughs o Calvino se ha incrementado un dos mil por ciento en los últimos años. Entre sus muchos «clientes» figuran, además, Cabrera Infante, Bolaño, Cheever, Kawabata, Sontag, Eggers, Pamuk, Philip Roth, Rushdie, Muñoz Molina o Naipaul.

Wylie venera y recita de memoria a Ungaretti, y se refiere con afecto a quien acaso fue la influencia más importante de su carrera, Andy Warhol. Lo imita a la perfección y es la fuente de su nada convencional visión de la realidad. Sostiene que la elegante estructura de ideas, negociados, edificios y empresas que componen la industria editorial está en peligro porque durante estos treinta años los editores permitieron que grandes distribuidores, fueran Amazon –el Wall-Mart de los libros– o el japonés Rakuten, que acaba de adquirir Kobo, impusieran desventajosas condiciones económicas. Asegura que la incesante búsqueda de beneficios como un fin en sí mismo es la antítesis del mundo editorial. El actual dominio que ejercen la distribución y el comercio minorista no es saludable, y ha llegado la hora de que las editoriales resistan, decidan su propio futuro, impreso y digital, y repartan los beneficios con sus autores, que al fin y al cabo son los que les seguirán dando sustento.

¿Cómo fueron sus comienzos?

En un principio, quise seguir los pasos de mi padre, que había sido editor, pero durante las entrevistas en las editoriales siempre me preguntaban lo mismo: «¿Qué estás leyendo?». Y la respuesta, «Tucídides», no caía del todo bien. Me decían que para perdurar en el negocio tenía que leer la lista de los libros más vendidos. Pero si el dinero era la única meta de la edición, entonces prefería dedicarme a la banca que a publicar basura. Joseph Fox, el editor de Truman Capote, me recomendó que intentara ser agente literario.

Antes fue librero de la vanguardia artística neoyorquina.

Tras graduarme, me trasladé a Nueva York, alquilé una tienda y puse un colchón en el suelo. Dormía en el colchón y durante el día intentaba vender mi biblioteca universitaria. Max’s Kansas City ofrecía pollo gratis a las cuatro de la tarde y, como tenía que comer, cerraba la librería, acudía al restaurante, y luego volvía. Tenía algunos clientes habituales, como Bob Dylan y John Cage, que buscaban textos alemanes sobre Calímaco y esas cosas, pero la gente no me quitaba los libros de las manos. En la trastienda de Max’s había un club privado y el requisito de entrada era ser desenfrenado, pero conseguí escabullirme.

Conocí a mucha gente que frecuentaba The Factory y me pasé un año y medio entrevistando a Andy Warhol. Le formulé muchas preguntas tontas basadas todas en mi educación en Harvard, que no me enseñó nada sobre cómo arreglármelas en Nueva York. Así que, transcurrido un año y medio, me dijo: «¡Ah! Lo pasamos de maravilla charlando, ¿crees que algún día todo esto se publicará?». Y le respondí: «Sabes, Andy, es que no me das las respuestas que las revistas quieren. Así que cambia las respuestas y tendré que cambiar las preguntas, y todavía no sé cuáles debo cambiar». Fue un maestro brillante y generoso, con una perspectiva casi zen sobre la cultura y la educación en Estados Unidos.

También mantuvo una relación muy estrecha con Susan Sontag.

Me enteré de que Susan quería hablar conmigo, así que la visité en su apartamento. Era imponente. Me dijo: «Tengo un problema…, soy Susan Sontag». Le respondí: «Sí, en efecto». Y añadió: «Es un trabajo a jornada completa. Debo atender el teléfono, debo leer libros de otros y escribir frases para elogiarlos, debo conceder entrevistas a la prensa y hablar sobre el comunismo…, pero lo que quiero hacer es escribir una novela, y no tengo tiempo». Así que le dije: «Por qué no deja en mis manos todo este asunto de ser Susan Sontag. Usted escriba la novela y yo me ocupo de ser Susan Sontag». La novela era El amante del volcán. De eso trata en realidad este oficio de la representación: de entregarse a los intereses y al estilo del escritor. Yo adopto la personalidad de los ochocientos cincuenta escritores que representamos, así que padezco una suerte de masivo desorden de personalidad.

¿Cómo representa su agencia a los sucesores de un escritor?

Al idear la estructura del negocio y la estructura de la agencia, me di cuenta de que es imprescindible establecer un contexto. Si me dirigiera a un editor y le hablara de un nuevo escritor apasionante, la primera pregunta del editor no sería si le permitiré leer el manuscrito, sino quién soy yo. ¿Por qué debería fiarse de mí? Así pues, es preciso tener autoridad. Y solo con la autoridad del pasado se puede sustentar y definir el presente y el futuro. Un escritor joven se interesa en nosotros por Saul Bellow, Philip Roth o Susan Sontag. Es la compañía que quiere frecuentar.

Hábleme de la publicación de manuscritos póstumos.

Si el escritor está vivo, él decide sobre los derechos de autor y de reproducción. Pero cuando el autor ha muerto, esos derechos recaen sobre sus sucesores. Yo estoy al servicio de los propietarios de esos derechos. Y mi experiencia me dice que ellos saben lo que debe hacerse, lo que más conviene, frente a los que afirman: «Yo conocí mejor al autor que su esposa», como oímos decir sobre Borges o Calvino. Y respondo: «Claro, tú sabes más de Italo que su mujer, que durmió a su lado cuarenta años. Tú, editor, tú, amigo, ¿conociste a Italo más íntimamente? Caramba, no me había imaginado que tuvieras esas inclinaciones».

Los sucesores, por lo general, saben lo que conviene y, además, el autor está muerto. Si la destrucción de la obra de Kafka se hubiera llevado a cabo, todos nos habríamos empobrecido. Con todo, basta un apretón de manos con los escritores, y una vez que has empeñado tu palabra… Es una costumbre estadounidense, y es extraño, porque yo provengo de Nueva Inglaterra, donde se supone que todos guardan las formas, lo cual es absurdo, por supuesto. Pero en Estados Unidos, si incumples la palabra dada, te pueden llevar a los tribunales.

¿Su agencia capta a los autores de otras agencias o editoriales y no los crea, o se nutre por sí misma.

A los periódicos les gusta repetir cuántos escritores sustraemos de otras agencias, pero hacemos muchas otras cosas que resultan más fascinantes.

¿Por ejemplo?

Desde hace cinco años, un conjunto de jóvenes escritores africanos han llegado a la agencia, ninguno de los cuales se conocía entre sí y acababan de escribir su primera novela: Chimimanda Ngozi Adichie, Teju Cole, Uzodinma Iweala y Helen Oyeyemi, entre otros. La más reciente es Noviolet Bulawayo. Su hermana, Violet, murió de sida, así que ella se pasó a llamar Noviolet... Es como un amplio movimiento, como el del París de los años treinta, en cuyo seno han aparecido todos estos escritores, aunque no haya afinidades ni coincidencias de estilo entre ellos. ¿Quién habría podido imaginar que la nueva generación de maestros de la prosa provendría de África, sobre todo de Nigeria, y cambiaría el rostro de la literatura mundial? Es muy interesante, es emocionante.

El futuro camina por sendas que nadie habría podido predecir. Lo que se juega en África es de tal magnitud que la gente de sensibilidad extrema está interpretando su vida y explicando sus reacciones emotivas en función de ese conjunto de acontecimientos... No se trata de sustraer a escritores de otras agencias. Me parece que esta reputación persiste porque resulta más interesante para los lectores de los periódicos de referencia cuando persuadimos a un escritor que cuando no. Así pues, tenemos la obligación de entretener al público lector robando autores, y persistiremos en ello.

¿Tiene usted un dispositivo electrónico de lectura?

Mi esposa y mis hijos los tienen pero yo no los uso. No dispongo de tiempo. Hay un interés obsesivo en lo que Saul Bellow solía llamar «dispositivos telefónicos avanzados». A nadie le interesa la edición porque les parezcan fascinantes el Kindle o Amazon, quieren integrarse en el mundo de la edición por Borges, Bolaño o Cabrera Infante. Nadie se dedica a la moda por unos grandes almacenes, sino por la labor de un diseñador, o a la fotografía por el fabricante de una cámara. ¿De qué estamos hablando entonces? ¿Por qué estamos perdiendo todo nuestro tiempo hablando de distribución, que en realidad –y que se me perdone el esnobismo– es como entrar por la puerta de servicio?

En esos ámbitos es donde se está poniendo en tela de juicio el futuro de la industria. La lección de la industria musical es extremadamente importante para la editorial. Ya no hay industria musical. Le regalaron el negocio a Apple. En la actualidad, los músicos jóvenes pueden ganar algún dinero con los conciertos o no ganar ni un céntimo. Si a los escritores no les quedan otras opciones y deben depender de que se llene un estadio con una lectura de su obra, van a pasar de pobres a mendigos. Y la cantidad de libros de importancia intelectual o estilística será igual a cero muy pronto. La disputa entre el editor y Apple o Amazon es como la de David contra Goliat… Hay mucha incertidumbre y los editores están sometidos a enormes presiones. En Estados Unidos, el Departamento de Justicia inició un procedimiento contra cinco editoriales, y es muy costoso defenderse de ese Departamento, por no hablar de Amazon, que es mucho más rico que el poder judicial. Amazon tiene mucho dinero, lo está utilizando como fuerza bruta y tiene a su servicio a muchos intrigantes en Washington. Como alguien señaló con acierto, es una desgracia, porque es como si el Departamento de Justicia entablara una demanda contra la gasolinera de Juan para proteger a Standard Oil. Es más bien una insensatez.

¿Qué hacer entonces?

Es de importancia esencial, pues es mera distribución, una maldita versión de filigrana de Barnes & Noble, que el aspecto digital de la edición se mantenga unido a la impresión convencional en papel. Es de crítica importancia que las editoriales digitales pongan a disposición de los lectores ediciones impresas: no deben ejercer los derechos digitales si no imprimen y distribuyen una edición en papel también.

Toda la industria necesita despertar de una sacudida y darse cuenta de que también puede ser destruida eliminando la intermediación, como ocurrió con la industria musical, y que al final no quedará nada para leer salvo Danielle Steel y todos nos moriremos de aburrimiento.

¿Cómo se está resolviendo la cuestión de los derechos digitales?

Los editores se ven obligados a dedicar demasiado tiempo y recursos a sobrevivir y competir con los minoristas digitales. Están invirtiendo muchos recursos en conservar la industria. Si la industria editorial es astuta y sobrevive, tendrá ambas modalidades, la impresa y la digital, los márgenes digitales serán mayores que los impresos y su natural generosidad la estimulará a compartir esos beneficios con los autores que le proveen de sustento. Me parece que si no se es generoso se termina en una posición debilitada, pues el negocio editorial depende de que los editores les resulten simpáticos a los escritores.

¿Cuáles deberían ser esos porcentajes?

Depende de diversos factores, incluido el IVA. En algunos países es preciso que sean más bajos, en otros pueden alcanzar el cincuenta por ciento. Lo importante, me parece, es que ambos deben permanecer unidos, porque en caso contrario la edición impresa desaparecerá y los minoristas digitales bajarán los precios. Y no habrá negocio ninguno, salvo para el minorista digital. No creo que eso vaya a ocurrir, pero debemos llamar al pan, pan y al vino, vino. Es lo que el señor Gore llamó «una verdad incómoda».

¿Qué opinión le merece el precio fijo?

Es tan complicado, depende de tantas consideraciones regulatorias en diferentes países, y es un asunto tan resbaladizo, que tendré que referirla a mi abogado. Sí puedo decir que me parece muy atractivo.

¿Cuál será el futuro a las agencias si los escritores comienzan a publicarse a sí mismos?

Las presiones sobre todos los actores son enormes. No es un negocio fácil, pero nunca lo ha sido. La fabricación de automóviles o la banca son negocios más rentables, aunque también estén pasando por horas bajas. Si la edición como industria perdura, creo que los agentes también perdurarán, porque, de otro modo, ¿quién va a leer todos esos manuscritos?

En su agencia, los representados en lengua española están aumentando.

Tengo un plan a doscientos años. Es mucho tiempo y soy muy paciente, pero la agencia está construida para durar y representar a escritores interesantes. Dios quiera que en doscientos años seamos una fuerza en la literatura en lengua española.

¿Publicará sus memorias?

Ser agente es como ser un psiquiatra sin título. Sé demasiado y me meto en líos por hablar demasiado. Pero sé mucho más de lo que digo, créame. Hablo de más y me equivoco, porque me emociono y me gusta bromear. Pero si escribiera mis memorias me despedirían, y harían bien.

¿Algún consejo?

Como todos, me he equivocado mucho, pero algo he hecho bien. Pienso mucho en ello. ¿Qué imbécil se dedicaría a este negocio para ganar dinero? Si se quiere ganar dinero, hay que ir a Wall Street. Si quiere hacerse rico, sea banquero… Ay, perdón, quizá haya sido un error recomendarlo en estos momentos, sobre todo en España. Pero esto también pasará… No se enamoren de Amazon, no se enamoren de Barnes & Noble, se trata de leer. Se trata de la calidad de las ideas, de la forma que adopta su expresión. No es necesario representar basura para alcanzar el éxito, lo tendrían mejor en la banca, incluso ahora mismo.

VALERIE MILES ES EDITORA DE DUOMO EDICIONES

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Comentarios:
NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original
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