Madrid

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La decadencia del «Soho» madrileño

El sueño de Triball se desvanece tras la Gran Vía. La crisis, la prostitución, la indigencia y la drogadicción siguen marginando esta zona

Día 04/09/2012 - 13.47h
víctor lerena
Un hombre duerme en unos escalones de la calle Desengaño, junto a las meretrices
víctor lerena
Una profesional del sexo atiende a un hombre que para a hablar con ella en Desengaño
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El decorado social de la margen derecha de la Gran Vía, desde la calle de Valverde hasta la Corredera Baja de San Pablo, era un foco marginal hace apenas cinco años. La venta y consumición de drogas, la delincuencia y la prostitución se habían adueñado de la zona. Esta estampa fue una imagen fija desde los años 80 hasta 2007.

Fue en ese año cuando un grupo de emprendedores decidió cambiar el barrio por la vía del comercio; una apuesta para desplazar toda esa lacra con establecimientos «vanguardistas», «innovadores» y «cosmopolitas». El sueño estaba claro. Se miraba en el espejo del Soho neoyorquino y la Carnaby Street londinense. La zona de compras alternativa madrileña recibía un nombre: Triball, el triángulo de Ballesta. Pero el proyecto, cinco años después, se ha quedado a las puertas.

Misma estampa día tras día

Martes. Doce del mediodía. Calle de Valverde: tres prostitutas de diferentes nacionalidades. Calle de Ballesta: cinco meretrices; tres son subsaharianas y dos, transexuales de indescifrable origen. Calle de Desengaño: cinco prostitutas más; entre ellas predominan las latinoamericanas, que se entremezclan con las profesionales del sexo más veteranas de todo Madrid, las históricas, y españolas. Calle de Mesonero Romanos: otras cuatro, entre ellas, occidentales.

Los proxenetas controlan sus posiciones. En el mismo espacio del negocio del placer hay hueco para que un hombre duerma con cartones en los escalones de la puerta trasera de un local.

La zona huele a orín. Caminando por las calles de las chicas hay negocios de moda, de hostelería, farmacias, ... Algunos, abiertos; otros, cerrados por vacaciones. También están los totalmente dejados. Los grafitis y las firmas a base de espray han tomado los cierres metálicos de casi todo el barrio. También paredes. Hay bolsas de basura en algunas de las aceras.

Un corazón intoxicado

Plaza de Soledad Torres Acosta, más conocida como la plaza de la Luna. Es el corazón de Triball. Un grupo de diez personas se encuentra junto a la calle de Concepción Arenal. Algunos gritan

montando bulla. Uno canta. Otra se desgañita diciendo «me la pela la gente de la terraza». Se refiere a la escasa clientela que se refresca con un aperitivo junto a ella. Los perturbadores son una cuadrilla de toxicómanos y «camellos», informan comerciantes y vecinos. Su aspecto y su comportamiento no dice lo contrario. Todos los días están ahí, echando raíces.

En uno de los bancos de piedra del centro de la plaza, junto a la comisaría de Policía Municipal inaugurada en 2009, duerme un individuo, con el cuerpo totalmente tatuado. No hay niños que jueguen en la Luna. Los vecinos pasan de largo.

Cerca de la plaza de San Ildefonso, un hombre camina descalzo, sucio, con las barbas y el pelo largo, portando una litrona a punto de terminar. Su única misión es rebuscar entre las papeleras. En la misma plaza, donde hay terrazas de la hostelería, varias personas están recostadas en el suelo junto a cartones de vino. Miércoles. Cinco de la tarde. La estampa descrita se repite casi con la misma exactitud.

Triball enfermó con la crisis

El proyecto Triball empezó con fuerza, pero «la crisis», coinciden los empresarios de la zona, ha hecho que pierda fuelle y el mundo lumpen gane terreno. Es una evidencia para los vecinos y comerciantes de toda la vida y los recientemente instalados en el Soho madrileño. «¿Triball? ¿qué es eso? ¡Buah! Esto no mejora», dice un anciano que viene de la compra.

«La plaza de la Luna sigue siendo una vergüenza. Está dejada. Hay muy poco compromiso del Ayuntamiento con el barrio. Si la gente es una cerda para eso están las multas», declara Yuli, la dueña de la tienda Spicy Yuli, ubicada en la calle Valverde, 42. Esta empresaria, inquilina también del barrio, cuenta que no le va mal el negocio, pero reprocha la escasa limpieza y que apenas se haga nada con las pintadas que inundan el triángulo de Ballesta.

Problemas con raíces

Ángel Luis Telo, el director de The Moon, la terraza que hace un año se inauguró en la plaza de la Luna, dice con sorna mientras prepara el relleno de unas fajitas que el escenario de Torres Acosta «es muy entretenido».

Continúa: «Esta mañana, el chino del bar de Concepción Arenal le ha metido un guantazo a uno de los yonquis. Siempre están montándola; la comisaría es su segunda casa. Por la noche tenemos a parejitas que se ponen a masturbarse. Hay una prostituta que tiene un montón de denuncias porque es agresiva. A mí me han robado en la terraza. Algún fin de semana se ponen los chavales a hacer botellón en las escaleras que están enfrente de la comisaría, ... Es muy divertida».

Ángel trabajaba hace años en la misma plaza como abogado en un bufete. Ha visto decrecer y volver a repuntar la prostitución en los últimos años. «Las chicas nunca se han ido, pero es verdad que ahora hay más», sentencia.

«Un botellazo en la cabeza»

En la misma plaza, el dueño de un local instalado hace más de medio siglo —prefiere no dar su nombre— dice que fue testigo hace unos meses de cómo un toxicómano le daba «un botellazo en la cabeza a otro. Las peleas son constantes». Triball pensaba atraer turistas, pero este comerciante se jacta de esa pretensión: «¿Pero quién va a entrar aquí si desde Gran Vía te encuentras a las prostitutas y a los drogadictos? ¡Se van corriendo! Nosotros subsistimos con el cliente de toda la vida, pero nada más. Esta zona sigue marginada».

«Triball se pondrá de moda»

Andrea Pirastu llegó desde Cerdeña para montar un bar-restaurante en Madrid. Le hablaron de la zona Triball muy bien. Su negocio, Bar Aiò, lleva funcionando desde febrero. «La gente dice que ha mejorado el barrio. Cuando hablas con los dueños de los locales de toda la vida te dicen que esto es una mierda. Amí me encanta. Es muy variopinto», opina Andrea.

Kling fue de los primeros negocios en aterrizar en Triball hace cuatro años. Juanma Seguí, uno de los encargados, afirma «crecer en la zona como marca». Han visto cerrar a compañeros, «pero las mismas tiendas que en otras zonas», considera. Seguí cree que Triball se pondrá al final de moda: «Es la tendencia en todas las zonas donde hay drogas y prostitución. Solo hay que esperar».

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