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Comala, Monóvar, Azorín. Encuentros y desencuentros

Queríamos comprobar cómo recordaban a su ilustre paisano sus convecinos. Si la devoción era tan grande en este pueblo alicantino como el de Moguer hacia Juan Ramón Jiménez

Día 30/08/2012 - 11.54h

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«Monóvar; calles con losas; cuatro, seis, ocho plazas y plazoletas. Media naranja; tejas curvas, azules, vidriadas; otra media naranja; sala; mosaicos; olor del petróleo con que se fregotean y vuelven a fregotear los mosaicos. Mosaicos pequeños, azules, amarillos, rojos, grises. Horno; tableros en que se lleva el pan al horno; tableros cubiertos con mantitas a listas rojas, azules, verdes, negras. Xau-xau de parlería femenina en el horno; xau-xau, como se dice aquí del canto de los pájaros y de las continuadas conversaciones».

Azorín, «Monóvar», en Superrealismo. Prenovela (a sugerencia del editor Ángel Cruz Rueda, el autor la rebautizó El libro de Levante).

En el hasta nunca al balneario de Archena se mezclan la desilusión y el lumbago, una simbiosis de marxismo y leninismo, alma y cuerpo, amor y pedagogía, anatomía y ortografía. Pasamos por debajo de la autovía que lleva en volandas a los que van de Murcia a Albacete y de Albacete a Murcia y, como si la mañana de domingo fuera propicia a espejismos, nos damos literalmente de bruces con Comala. Aquí la tentación es tan fuerte que damos marcha atrás y entramos por una carretera estrecha. Las montañas descarnadas, áridas, sin remisión cumplen con tanto entusiasmo su función de escenografía que acaban pareciendo paisaje verdadero, tan dislocado, tan ausente, tan crudo que podría servir de decorado para la Comala de la realidad que urdió Juan Rulfo para Pedro Páramo con el pretexto de que no encontraba en su librería la novela que buscaba. ¡Hay que ver qué urdimbres arman los contadores de cuentos para justificar sus aventuras y extravíos!

Suelo calizo, que se bebe el agua de la lluvia antes de que toque el suelo. Olivos, que enseñan a los hombres a resistir el encono del clima y sobre todo el de los otros hombres. Melocotoneros, que, como las uvas, dan otra clase de recompensas. Acabamos descubriendo que pese a las primeras impresiones, que a veces engañan aunque no queramos reconocerlo, hay agua. El trasvase Tajo-Segura, y toda su casuística de odios y política, no puede andar lejos. La primera fotografía de Comala es una fachada de chumberas martirizadas por el sol y las traseras de las casas, con ventanucos que le dicen al que viene que no es bienvenido, que siga su camino. Por la calle Cobeta entramos. La calle, una ondulación morosa vestida de cemento que secó hace siglos, está compuesta por no más de siete casas. En la que se anuncia con el número 95, que es la que está en medio, una butaca desvencijada cubierta con una manta poco amiga de tintes y tintorerías parece haber sido abandonado hace apenas unas horas, por alguien que se quedó hasta tarde hablando con la fresca y no suele abrir el buzón. Damos la vuelta porque se trata de una calle sin salida y en la primera casa vemos la prueba de que alguien se esmera en luchar cada día contra los avances del polvo.

Retrocedemos en busca de otra entrada al lugar y leemos un cartel que anuncia Ampliación de las redes de agua potable a Comala. Por la calle José y Blas descubrimos a una mujer en el porche de su casa. La cara redonda, sin cuello y trazas de india mexicana. Le pregunto por el nombre de Comala y me responde como si Rulfo le hubiera soplado la respuesta al oído:

–Cuando yo llegué ya tenía el nombre puesto.

Se vino hace 28 años a Comala porque su marido nació aquí. Está bajo la viña, con la hija, santificando el domingo con el sudor de su frente. Se llama Antonia y no sabía que en México hay otra Comala. En realidad, en una novela muy famosa:

–¿Ah, sí?

Abro el libro de Azorín mientras la conductora toma fotografías del cartel que anuncia Comala, para que nadie piense que lo hemos inventado o, algo peor, que lo soñamos. Ya se sabe lo que pasa con los personajes de algunas novelas (y no solo en las de Miguel de Unamuno): que acaban pidiéndole a sus autores que les dejen vivir, adueñarse de su destino. Cuando la ficción empieza a comerse la realidad, estamos perdidos. He ahí una de las mayores causas de la degradación del periodismo español contemporáneo. Se oye el pisca-pisca como un metrónomo sin ambiciones musicales, pero el fondo sonoro es cosa de las cigarras, una nota constante, dodecafónica, que recalca el olvido del campo por quienes se creen que la verdadera vida solo transcurre en las ciudades. Cuando volvemos a poner el coche en marcha y entramos en Fenazar (porque hay lugares que solo existen abrazados a la barra fría de la carretera) vemos a dos novicias que corren por una bocacalle que lleva al campo como impulsadas por la brisa. Para algunas criaturas no hay duda de que el domingo es el día del Señor.

«El gabinete de lectura del Casino; la iglesia franciscana del exconvento; blanca y desnuda. El pórtico de la ermita de Santa Bárbara; tres arcos; en las fotografías como una iglesia de Florencia o Padua. Plaza que se entrecruza con calles; el Ayuntamiento; sillares y sillares amarillos. El jardín del Casino y la chimenea de una fábrica. Cámara; zaguán con piedrecitas en el suelo. Ventanas angostas y plátanos frondosos en el Casino; las ventanitas en los muros rojizos. Escuelas magníficas. Interposición de la torre del reloj en el dédalo de tejados».

Azorín, ‘Monóvar’ (Superrealismo. Prenovela)

Un perrito negro, escueto, feo, solo, parece una estatua en el arcén. Nos mira con más intensidad que cualquier ser humano. Como si quisiera decirnos algo y no supiera cómo. Seguimos leyendo a Azorín y es, como siempre, cada vez, un descubrimiento.

Fortuna y sus Baños nos salen al paso y, como ante Comala, no somos capaces de resistirnos. Como si quisiéramos enjugar la mala experiencia del balneario de Archena, la triste confrontación entre lo que recordábamos y esperábamos volver a vivir y lo que el presente es: ruina, velocidad, olvido, experiencia convertida en mercadotecnia. Brebajes, alimentos, experiencias que no sacian, sino que provocan nuevas ansiedades, un desgaste del presente que enseguida se vuelve pasado imposible de atesorar, de darle algún sentido. El progreso tiene esas perversiones, aplicando a conciencia lo que se presenta como ineludible y necesario. ¡Qué error no haber optado por los mucho menos celebrados baños de Fortuna! La escalera entre espejos del hotel Victoria, construido en 1902, con una alegoría en su techo a la amistad entre Suecia, Lituania y España, es como un pasaje a un tiempo que se desvanece a toda velocidad. Tal vez un vano intento de resistirse a lo que hace tiempo que ya vive en precario, esperando la piqueta, la demolición, la desmemoria.

Entramos en Alicante por la CV-836 y acaso seducidos por la eufonía del nombre reconocemos un cambio paulatino en la dureza de la tierra, como si los nombres que damos a las cosas pudieran alterar su esencia. Pinoso nos recibe con pinos, aunque su avenida principal sea de plátanos. La rambla si corre entre pinos, pero es una acequia loca, de cemento, para cuando la gota fría descargue y se lleve la ira por delante, la furia de la naturaleza que recobra lo que las construcciones humanas le arrebataron. Vivimos una extraña forma de vida. Un pintor de paisajes, dominguero con indudable talento, ha dispuesto unos cirros vistosos para que Monóvar luzca ante el visitante. Como si tuviera voluntad de agradar. Voy anotando a quemarropa, desde el coche, como un liquidador: cipreses, pinos, moreras, palmeras, olivos. Pollos asados. Calle Mayor, anodina, con el barniz del tiempo sucio. Hermanitas de los Desamparados. Loly’s Sport. Escuela de Música La Artística. Bar Pepe. Feo con codicia. Espantoso teatro Principal. Medianeras descuidadas, solares que han sido invadidos por la desidia. ¿Es esto Monóvar? Volvemos atrás, a las páginas de Azorín:

«La torre solitaria, aislada; entre las dos colinas, en lo alto de una calleja a la que se asciende por una escalinata. El volante de una máquina y un cantarito rezumante. Una hilera de toneles. Entre los toneles, vides lozanas y granadas con sus flores rojas. Palmera y la cúpula de tejas brillantes. El reloj de la torre. Dos teatros. Campanadas y olor a mosto. Olor al humo de las fábricas. Leña quemada; sarmientos en las casas».

Azorín, ‘Monóvar’ (Superrealismo. Prenovela)

Comala, Monóvar, Azorín. Encuentros y desencuentros
CORINA ARRANZ
Reina de las fiestas en Mon'ovar, Alicante

Veo la torre. Veo la cúpula. Alguna teja brillante. ¿A qué huele Monóvar en agosto? Una música de dulzainas y castañuelas nos despierta la curiosidad del viajero que viene a comprobar qué queda de Azorín en su pueblo. Son las fiestas del barrio de Santa Bárbara. Que no ha sido totalmente destruido. Calles engalanadas… con plásticos de colores, recortados, como cadenetas, de un lado al otro de las tejas. Brillan al sol, parecen cantar lo que hace tiempo que no cantamos. Gigantes y cabezudos. La reina de las fiestas. Belleza recortable. Belleza con sifón. Corremos para alcanzar a la gente que sigue a los músicos, a los cabezudos. Se quitan las cabezas los cabezudos. Se mueren de calor. Me siento junto a Mari Carmen. Me dice que ella no ha leído a Azorín.

–No soy de leer. Mi marido así, mi marido lee todo. Y le gusta la política.

De Azorín sabe que nació en el pueblo, que su casa-museo está a la vuelta de la esquina:

–Azorín nació aquí, está enterrado aquí, y tiene su monumento en el casino.

Cuenta que Monóvar «ya no es lo que era. Han tirado muchas casas, por el Salitre, por la Rambla. Pero bloques enteros se los ha quedado el banco. Pero hable con mi marido, él sí que ha leído mucho». El marido alega que no tiene tiempo. Se sale del jolgorio, de la procesión, del rito de Hamelín.

–¿Será por lo de ABC?

–Será. Es que él es de «El País». Yo le digo que hay que leer de todo, que hay que conocer lo de los otros. Pero es que es muy de izquierdas.

–Ya.

Dejamos que la banda y sus ratones se desvanezcan calle arriba, Santa Bárbara arriba, y abordamos a tres vecinos que se salvan del sol de mediodía aprovechando que su casa está ahora en sombra. Ninguno ha leído a Azorín. El matrimonio, como justificación, alega que son de Elda. Como si eso fuera un argumento. Leer no entra en los vicios de alguna gente. Cristina, la dueña de la casa, admite que tampoco lo ha leído.

Comala, Monóvar, Azorín. Encuentros y desencuentros
corina arranz
Alejandrina en la puerta de su casa, Monóvar, Alicante

Sí lo ha leído la vecina de enfrente. Alejandrina, jubilada de más de setenta años.

–Claro que sí.

–¿Y le gusta?

–Sí, y eso que no trataba bien a su familia. Y no hablaba bien del pueblo. Yo fui con una sobrina suya –Lola, se llamaba– a hacer la vendimia a Francia. ¡Ay que ver cómo nos trataban los franceses, como a animales! Ella se quejaba de que Azorín no la ayudaba, y eso que tenía posibles. Cuando aquí no había faena, después de la guerra, nos íbamos muchos del pueblo a vendimiar a Francia. Nos trataban como a perros. En Port Bou –¿sabe dónde está Port Bou?– nos encueraban. Nos bajaban del tren y nos metían en un cuarto para cachearnos como a cerdos.

–¿Y Azorín?

–Azorín no me disgustaba. Y eso que él decía que no era de aquí. No sé para qué lo trajeron a enterrar aquí. Pero a su sobrina no la trató nada bien. No. A mi amiga Lola, su sobrina, Lolita. Lo vi cuando lo trajo la CAM [la Caja de Ahorros del Mediterráneo, una de las grandes partícipes del boom inmobiliario]. Si no quería ser monovero, ¿por qué lo trajeron? Mejor que se lo llevaran a Yecla.

«El señor que lee en el gabinete del lectura del Casino, y una rastra de pimientos en el muro de una casa del barrio alto. Lee ahora el señor encima de un tejado. Palomas que revuelan. Los caminos y las sendas que van a enroscarse en las casas de campo. La torre del reloj; la cúpula de la ermita y la cúpula de la iglesia; la torre que se convierte en tres torres y las cúpulas que elevan el vuelo por el azul entre las palomas y las nubes».

Azorín, ‘Monóvar’ (Superrealismo. Prenovela)

Habíamos previsto esta parada en Monóvar desde el inicio. Queríamos comprobar qué quedaba del Monóvar de Azorín, cómo recordaban a su ilustre paisano sus convecinos. Si la devoción era tan grande en este pueblo alicantino como el de Moguer hacia Juan Ramón Jiménez. No quería ser éste un estudio científico, un censo del amor de los monoveros por su Azorín, pero el retrato se nos estaba yendo de las manos. El pueblo parecía destruido por su propio descuido, por su codicia, por su desdén por la memoria. Parecía un pueblo que hubiera vendido su alma no por un plato de lentejas, sino por un plato de polvo, de avaricia tosca, de nada. Este no es un artículo científico, sino un espejo impresionista. Por eso buscamos más voces, para que nos desmientan la impresión que empieza a cuajar con la poca justicia que tiene lo arbitrario, la encuesta aleatoria. Buscando la casa del escritor damos con una plaza y en la plaza hay dos jóvenes sentados en un banco, Raúl Marhuenda y su novia, Alba. Él tiene 24 años y trabaja en una empresa de Elda, «montando zapatos. Es duro, es monótono, pero es trabajo. A nadie le gusta trabajar, pero no queda más remedio. Ya me lo dijo mi padre: si dejas de estudiar, al tajo». Ellos sí han leído a Azorín, aunque quien pone el énfasis es Raúl, quien lleva la voz cantante. Ella, mucho más joven, estudiante de «cuarto de la ESO», le escucha con devoción. Están enamorados. Él es rapero, miembro de La Mojá Crew, un grupo de hip hop formado por dos de Monóvar y dos de Elda, aunque uno es un marsellés que se vino aquí y habla cuatro idiomas.

–¿Y Azorín?

–No lo valoramos. Le acusaron de no ser de aquí, de no venir bastante al pueblo. A mí me gusta. Hace mucho que no leo. La gente se enfadaba con él porque decía que Monóvar olía a olla. Él nació en una lavandería cerca del ayuntamiento, tal vez por eso le molestaban los olores.

–¿Y tienes libros de Azorín en casa?

–No, pero me gusta leer. Lo último que he leído fue Los pilares de la tierra.

–Es muy buena, interviene ella, que parece ser quien le aconseja en cuanto a lecturas.

Comala, Monóvar, Azorín. Encuentros y desencuentros
corina arranz
Estatua de Azorín en el Casino de Mon'ovar, Alicante

La casa-museo está cerrada a cal y canto. Tiene su lógica. Es agosto. Es domingo. Pero una nota avisa de que no volverá a abrir las puertas hasta septiembre. Aunque en la fachada del Casino –Sociedad Cultural Casino de Monóvar, fruto de la fusión del Casino del Teatro y del Círculo Agrícola– se lee 1886, su página web dice que «habría que remontarse al año 1862. Por entonces existían en Monóvar dos sociedades recreativas: El Circulo Agrícola-Industrial, cuyos socios representaban a pequeños y medianos empresarios, profesando una ideología liberal y el Casino del Teatro, denominado así porque su sede se hallaba en una de las dependencias del teatro Principal, de tendencia sus miembros conservadora, pues agrupaba a los terratenientes y grandes propietarios». A pesar de que se vanagloria de haber acogido «la primera biblioteca en Monóvar (…) allá por el año 1906, como consecuencia de las gestiones realizadas por Azorin [en la página digital se les olvidó el acento], lo que le supuso el reconocimiento y nombramiento de Socio Honorífico», la actual biblioteca es poco más que una sala de lectura de prensa con dos armarios feos y acristalados donde se encierran enciclopedias que nadie parece consultar, algunas colecciones formadas gracias a la fiebre de los periódicos por aumentar la cultura de sus lectores y unos pocos ejemplares de la colección Austral.

–¿Y libros de Azorín?

–Alguno hay, dice con displicencia Julián, el conserje, que hace las veces de guía por las instalaciones de la institución.

–¿Y no tienen las obras completas?

–Ya le digo que no.

No miente. Después de mucho buscar vemos dos libros sin gracia, Los médicos y El enfermo. Eso es todo. Ediciones feas, baratas. Me dan ganas de regalarles el tomo de la Biblioteca Castro que he traído conmigo.

–¿No hay más?

–Ya le he dicho que no. Las obras completas las tienen en la casa-museo.

–Ya me imagino. ¿Y el busto?

–En el jardín.

Cuesta dar con él. Hay que dar la vuelta al edificio, donde sestean (aunque es domingo por la mañana) unos pocos ancianos… a la entrada, en el bar, en la biblioteca… Es un busto sin mucha gracia, recio, como hecho con sarmientos, aunque sea de bronce. El sol proyecta sombras que sirven de metáfora a la relación de los monoveros (al menos de los que se nos pusieron a tiro) con su retratista. En la peana, se lee:

"Centenario de la generación del 98. El Casino de Monóvar a Azorín"

Julián, que habla como sobrado, de tiempo y de desgana, midiendo a su interlocutor como a un toro desde la barrera, tampoco es forofo del autor de La voluntad:

–No, no me gusta, si quiera que sea sincero.

–Claro.

Pero se empeña en mostrarme las instalaciones, el salón de actos, donde se celebran conferencias. «Somos mil socios, pero salvo en las grandes celebraciones –entonces no cabemos– no hay mucha actividad». En su web, se lee: «Otros momentos conmemorativos que tuvieron como escenario las dependencias del Casino fueron: El ciclo de conferencias con motivo del Homenaje Nacional a Azorin, enero de 1968. Primer Centenario del nacimiento del escritor, 1973. Alcanzamos junio de 1998, con motivo de la conmemoración del centenario de la Generación del Noventa y Ocho, se inaugura un monolito con la efigie del maestro y la publicación-reedición- de Superrealismo, obsequio del Casino a sus socios».

–No nos quedan ejemplares, si no le daría uno.

Hacemos un último intento en el bar. Hay dos hombres sentados a una mesa, Ángel Alarcón, jubilado de la industria del calzado en Elda, de 71, y Francisco Tendero, de 69, jubilado del campo. Los dos nacieron en Monóvar. Los dos son socios del Casino. Ninguno de los dos ha leído nada de Azorín.

–Es que no teníamos tiempo, se justifica el campesino.

–No es por eso. Yo he leído mucho, mucha historia de la guerra, muchos libros.

–¿Pero nada de Azorín?

–Nada

–Mi hija sí, dice Francisco Tendero: «Ella trabaja en la casa-museo, y lo ha leído todo».

Menos mal. Pero la desilusión se ha convertido en desolación. Si albergábamos algún deseo de quedarnos, Monóvar nos ha ido haciendo luz de gas. El polvo se ha acabado instalando sobre los párpados. El domingo languidece en las dependencias del Casino, el centro neurálgico del pueblo. La casa de la malaria. Como un último favor, Julián nos muestra «el rincón favorito de Azorín, donde se sentaba a tomar café». Es una falsificación. «En realidad no era aquí. Más o menos. Aquí había una puerta». Ahora hay un ventanal. Sobre el velador, un cuadro. Nada del otro mundo.

Tras la guerra civil, en 1944, Dámaso Alonso escribió un libro titulado Hijos de la ira. Uno de sus poemas más celebrados se titula ‘Insomnio’:

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como

la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre ?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,

las tristes azucenas letales de tus noches ?

Comala, Monóvar, Azorín. Encuentros y desencuentros
corina arranz
Sillón en una calle de Comala, Murcia

Podría habérselo dedicado a Monóvar. Aunque los cadáveres no sería seguramente tantos. No nos quedamos a pasar la noche, a contarlos. ¿Quién era Azorín? ¿Alguien le lee ahora? En su pueblo, Monóvar, donde le nacieron y donde le enterraron, parece que no es santo de ninguna devoción? ¿Cómo no acordarse de Moguer? ¿Cómo no acordarse de Comala?

«Calles y zaguanes; carrito con toldo de cañizo que va por los tejados. El ruido del carro no deja leer al señor del Casino. Calles que bajan de lo alto. Losas anchas en las casas. La torre del reloj, solitaria, da vueltas y acaba por colarse por la ventana de un cuartito donde están amasando. El cedazo sobre la cernedera. Escuelas magníficas. Suenan las doce en el reloj. Desde la altura de la colina, caen desgranadas las bolitas de cristal de las campanadas sobre el señor que lee y sobre los toneles. Y sobre los carros que marchan por los caminos. Todo gira, torna y vuelve a pasar; la torre, las cúpulas y las panzudas pipas de vino».

Azorín, ‘Monóvar’ (Superrealismo. Prenovela)

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