Londres 2012

Londres 2012 / ANÁLISIS

Londres 2012: El loco mapa de los valores británicos, según Danny Boyle

Los diez rasgos de la identidad de esta nación de naciones que destilan las sorprendentes apuestas creativas de la ceremonia

Día 28/07/2012 - 16.15h

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La ceremonia inaugural de los Juegos de Londres 2012 concebida por el director de cine, Danny Boyle, fue un delirio de la mejor creatividad local para muchos británicos que generó una extraña sensación de ínsipido musical pop en muchos extranjeros. La velada se convirtió en una eterna fiesta de sábado noche para muchos de los asistentes [así lo contamos en directo], pero dejó por momentos un regusto de excesos playeros a lo Benidorm en algunos espectadores.

Más allá de los juicios plásticos y estéticos sobre un espectáculo al que no se le pueden negar ritmo narrativo, belleza teatral y audacia política, la ceremonia concebida por el responsable de Trainspotting y Slumdog Millionaire desvela un completo mapa de los valores de la sociedad británica actual. Y un loco repaso a la forja insular de una potente y creativa nación de naciones, que sintetizamos en dies rasgos de ese carácter (valga la generalización).

1. Orgullo por un pasado colectivizado

El espectáculo arrancó en clave «vintage» con el prometido paisaje eduardiano de un partido de cricket de principios del siglo XX, y 70 ovejas pastando en el estadio junto a vacas, pollos, cabras y caballos. La ceremonia arrancaba así en la era de los primeros Juegos de Londres en 1908, cuando la Gran Bretaña imperial era todavía la gran potencia industrial, militar y cultural de un mundo que no había siso sacudido aún por las dos guerras mundiales. Es, sin duda, el gran secreto del éxito de un país venido a menos que no olvida su condición de cuna del parlamentarismo y del capitalismo industrial: conjugar orgullosas apelaciones al pasado colectivo dentro de las fórmulas narrativas más modernas y posmodernas.

El paseo en descapotable de unos recién casados Duques de Cambridge el año pasado o el concierto de la banda Madness en el tejado de Buckingham Palace durante el reciente Jubileo de Diamantes de Isabel II encapsulan esta exitosa fórmula de renovación constante de lo inmanente, de adaptación de instituciones milenarias al nuevo milenio. Por eso, esa mirada hacia atrás con la que arrancó Boyle reconfortó a su audiencia británica en las mimbres de sus mitos colectivos, el campo, el trabajo, el deporte...

2. La proyección hacia el futuro de un país empequeñecido

Los economistas dividen el mundo entre economías emergentes y las estancadas economías occientales. Los financieros diferencian sus apuestas entre sectores en crecimiento y mercados maduros con escasas perspectivas de futuro. En este mundo en crisis, los países se dividen en realidad entre aquellos capaces de imaginar un futuro colectivo diferente, y mejor, y aquellos nublados y ateridos por un frío presente. Y el Reino Unido figura, sin duda, en la primera categoría.

Ensimismado como pocos en las glorias pasadas –es una de las críticas que más se escucharon a la ceremonia en la prensa extranjera–, la Gran Bretaña postimperial tiene dificultades para anclar su posición global entre una Europa que no siente y un Atlántico superado por el Pacífico. Pero no tiene problema alguno en imaginarse en el futuro, y lucha por consolidar la influencia de sus industrias creativas y el peso de sus empresas en un mundo rendido en este 2012 al «Made in Britain». Fue la apuesta de Boyle al dejar que siete jóvenes atletas, de entre 16 y 19 años, encendieran el pebetero olímpico tras recibir el relevo del campeón olímpico, Steve Redgrave, y un «jamesbondiano» David Bechkam.

3. Las sucias y queridas raíces industriales

Con la llegada de todo tipo de minorías protestantes que huían de la persecución católica en el continente durante los siglos XVI y XVII, Gran Bretaña fue superponiendo los valores del liberalismo burgués e industrial sobre las raíces sajonas y normandas de su Historia medieval. Y el maridaje fue casi perfecto entre la concepción liberal del Estado, la sociedad y el individuo –iniciativa personal, derechos de la persona, visión cívica y descentralizada del Estado– con el afán industrial y comercial que se gestó en sus ciudades en los siglos XVIII y XIX. Boyle no esquivó los aspectos más nocivos –«venenosos», dijo– del impacto ambiental de la industria en el planeta.

El cesped verde del partido de cricket eduardiano fue, así, retirado a conciencia para dar paso a unas negras chimeneas negras que craquelaron el suelo a sus pies, mientras emergían de las entrañas de una bucólica «tierra media» legiones proletarias de trabajadores ennegrecidos. Y quiso hacerlo, precisamente, en un Estadio Olímpico erigido en un erial industrial junto a uno de los ríos más contaminados del país.

Pero, frente al imaginario tenebroso anunciado, al final pareció triunfar la contradictoria sensación de «La fábrica es bella». Y fue el actor Kenneth Branagh quien, en su papel de Isambard Kingdom Brunel –un ingeniero decimonónico responsable de obras, puentes y vías férreas– descontextualizó las amenazadoras palabras del hombre-bestia Caliban en «La tempestad» de Shakespeare, para convertirlas en una declamación maravillada de la capacidad inventiva y hacendosa de su «isla de las maravillas». «No temáis, la isla está llena de ruidos, sonidos y cantos dulces, que agradan y no hacen daño». La forja in situ de un anillo olímpico culminó el homenaje a la raíz industrial británica. Un afán emprendedor que, por cierto, muchos vieron encarnado en Sebastian Coe, el atleta reconvertido en gestor de macropolíticas públicas a quien auguran ya un futuro en la Política.

4. Homenaje a la creatividad que mejora nuestras vidas

Fue un «cameo» discreto pero lleno de significado. Danny Boyle estuvo desde el principio empeñado en hacer aparecer en la ceremonia a Tim Berners-Lee, considerado como el inventor de Internet por concecibir esa telaraña global que es la «world wide web». Y allí apareció al mando de un teclado, cuando el inolvidable «hit» de Mr. Bean saboteando la interpretación de «Carros de Fuego» por la Sinfónica de Londres ya había dado paso a un escenario de fiesta musical. En la grada se manifestó un mensaje: «Esto es para todo el mundo».

Boyle regalaba así su espectáculo a la universalidad olímpica con la misma frase con la que Berners-Lee legó Internet a la Humanidad. Una transformación de nuestro modo de vida reflejado en los mensajes de redes sociales con que los jóvenes protagonistas de la secuencia más fiestera se convocaban unos a otros. «Estatus: soltera. Fiesta en mi casa. Ya». ¿Quién dijo que esto es solo el país de las madres solteras de Ken Loach?

5. Vivan la Reina y las Fuerzas Armadas

Fue una ceremonia llena de ritmo, exuberancia teatral y de sentido del humor, pero Boyle no dudó en dar tregua a un espectáculo trepidante parándose en lo importante. En el Reino Unido, el escepticismo cívico y desenfado social son compatibles con las muestras de respeto a las instituciones. Con naturalidad y sin drama. Sin que un pesado protocolo aplaste muestras sinceras de veneración. Así, en un remanso de silencio e inactividad desfilaron varios miembros de los distintos Ejércitos para izar la «Union Jack» al mástil donde ondeará hasta la clausura el 12 de agosto. Poco después, tras una increíble parodia de 007 que culmina con un imposible salto en paracaídas del agente secreto junto a Su Majestad, una anciana de 86 años con seis décadas en el puesto ocupó su lugar, acompañada de su nonagenario acompañante, el duque de Edimburgo.

Su visabuelo presidió los Juegos de 1908, y su padre, Jorge VI, vestido de uniforme todavía, inauguró los de 1948. En este año jubilar, la apertura de los Juegos sirvió para reiterar una vez más la presencia indisociable de la monarquía en el paisaje institucional y humano de las islas británicas. A su lado, el futuro dinástico estallaba en carcajadas entre el príncipe Carlos y su mujer, la duquesa de Cornualles, mientras que los duques de Cambridge parecían acusar las tres horas de ceremonia. El único coro integrador por niños sordos y no sordos del Reino Unido interpretó el «God Save the Queen».

6. El triunfo del humor (británico) sobre lo solemnne

Con estos pocos destellos «institucionales», la ceremonia desató lo mejor del humor británico, una habilidosa técnica para contrarrestar –sin competir– con la espectacularidad marciana de Pekín 2008. El «gag» de la reina encerrada en su despacho con el siempre seductor James Bond y su posterior salto en paracaídas traspasaron con elegancia todos los límites del protocolo real. [Prueba de agudeza: imaginen algo similar en España para vislumbrar el alcance de la audacia, y lo que dice sobre la tolerancia y el respeto que estructuran la vida pública británica].

Pero fue, sin duda, la enésima reinvención de Rowan Atkinson como Mr. Bean la comedia que robó el drama. El inolvidable sacerdote primerizo y disléxico de «Cuatro bodas y un funeral» robó, además, la interpretación de «Carros de Fuego» –no podía faltar– a la Sinfónica de Londres, y conectó sin querer con el afán olímpico de victoria y superación. ¿Martes y Trece en Madrid 2020?

7. La imbatible factoría del pop británico

Fue toda una declaración de intenciones. ¿Quién dijo Pekín 2008? ¡Supera esto, Río 2016! La banda sonora de la ceremonia, dirigida por el dúo tecno Underworld (colaboradores habituales de Boyle), fue en realidad el auténtico eje vertebrador de un pastiche alocado de escenas y referencias. Y bastó con desempolvar el medio siglo que va del «She Loves You» de los Beatles a Muse, Adele, o los Artic Monkeys tocando en directo «I bet you look good on the dancefloor» para apabullar al mundo con la aportación británica a la Historia de la música pop [Consulta aquí el playlist].

Los Rolling, los Who, The Jam, Los Specials, The Kinks, una triple ración de Bowie o Eric Clapton dieron paso, vía el «Blue Monday» de New Order a los Eurythmics, y de ahí a Prodigy y Underworld en el despertar tecno de los 90, hasta Franz Ferdinand, Radiohead o Amy Winehouse. Superada la exasperante presencia de Mike Olfield con sus inagotables «Tubular Bells», y salvados los problemas de voz y sonido del mediocre «Hey Jude» de Paul McCartney al final, el paseo musical ofrecido por Boyle fue de primera.

El cineasta había asegurado que su referente era la ceremonia de Sidney 2000, a los que denominó como «los Juegos del pueblo». Y en ese espíritu, llenó su «show» de referencias musicales, culturales y televisivas alegres y a pie de calle, con los cultimos justos (el «Jerusalén» de William Blake y poco más). Los británicos no son los «24 hour party-people» del loco Manchester que recreó Michael Winterbottom en su filme de 2002, pero conectan –todas las clases, todas las generaciones– con el rico legado musical surgido de sus propias calles. Hasta tal punto, que hasta los más aburridamente monárquicos aplaudieron el sacrílego «God Save the Queen» de los Sex Pistols que Boyle no dudó en pinchar.

8. Una aceptación tranquila de la diversidad nacional

El equipo anfitrión compite en las Olimpiadas bajo la etiqueta de Gran Bretaña porque así les dio cabida en su día el movimiento olímpico. Pero el nombre oficial de esta nación de naciones es Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Y, en función de las normas de cada federación deportiva, compiten en muchos deportes por separado bajo los colores de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. Por eso, la secuencia de imágenes deportivas y urbanas con la que se abrió el espectáculo incluía jugadas de rugby de cada uno de los equipos, con sus colores diferentes.

Un hecho diferencial de las naciones que componen el reino asumido con normalidad. Y funcional gracias a un caudal de lealtades que circula en ambas direcciones: del centro a las regiones, pero también de las nacionalidades al núcleo común. Un nivel más en el rico y complejo universo de matices que vertebran la sociedad británica actual, un paisaje humano desigual, sometido a las fuertes tiranteces de la recesión y las políticas de austeridad, con viejas y notorias desigualdades por resolver en el acceso a la educación superior y a la riqueza, pero con el caudal suficiente de orgullo colectivo compartido para afrontar el futuro con la eficacia, creatividad y seguridad en sí mismos proyectada ayer por Boyle.

9. Orgullo patrio a escala humana

Quien no esté familiarizado con la sociedad británico debió tener dificultades en entender la destacada presencia de unos niños enfermos en camilla y sus enfermeras en un espectáculo orientado al más puro entretenimiento. Pero lo que hizo Danny Boyle concediendo semejante protagonismo a los hombres y mujeres del Servicio Nacional de Salud (NHS) fue erigir los servicios públicos de un país acosado por los recortes a patrimonio nacional. Manteniendo la escala «íntima y humana» que había prometido. Los británicos suelen tener la virtualidad de encarnar las virtudes patrias, no tanto en leyendas fundacionales o batallas lejanas, sino en motivos de carne y hueso para el orgullo colectivo. Y la sanidad pública es una de ellas. «Si vives aquí, seas lo rico que seas, terminarás en el NHS si tienes problemas, los gobiernos luchan por controlarlo, por recortarlo, pero lo tenemos muy interiorizado», aseguraba Boyle. Niega que fuera una declaración política. Y, sin embargo, ha trascendido que el consejo de ministros responsable de los mismos recortes criticados a los ojos del mundo entero debatió su conveniencia. Tolerancia política 2.0, o Walter Bagehot, Isaiah Berlin y Adam Smith en una plaza de toros.

Boyle sustituyó el son apabullante del espectáculo por las personas y la ironía para reivindicar los colores patrios. Dedicó la ceremonia a su padre, fallecido hace 18 meses, un fanático de los Juegos que siempre creyó que su hijo no superó nunca «Shallow Grave», su primer filme. Llevó la ironía donde más escuece a los londinenses, la lluvia, generando una tormenta artificial sobre un estadio en que hacía solo 40 minutos que había dejado de chispear. E hizo desfilar a unos «Sergeant Pepper» «apayasados» nada más salir de la era industrial. Destellos de humildad de un pueblo orgulloso que mantuvo el secreto de esta ceremonia hasta el final.

10. Metáfora de la diversidad humana

El «melting pot» por excelencia, el florecido en suelo estadounidense, sobrevive esclerotizado por las estadísticas étnicas, las cuotas raciales y la discriminación positivo. El de Londres es diferente. Simplemente, es. Una metrópolis con 300 lenguas diferentes -que aglutina en estos momentos terceras y cuartas generaciones de indios y paquistaníes, españoles del exilio de la crisis y financieros del mundo entero- en la que las autopistas hacia el éxito de la creatividad y el emprendimiento conviven con las fallas urbanas de la desigualdad. Léase los disturbios que la devoraron durante días hace ahora un año. Pero Boyle, crecido en el Este de la capital (como Beckham, otro de los protagonistas), mostró su ciudad por tierra mar y aire, en el subsuelo y en la superficie, en el pasado, el presente y el futuro. Y la visión es la de una metrópolis que seguirá en el centro del mundo moderno mucho tiempo después de estos Juegos.

Una ciudad que, como señaló Jacques Rogge, presidente del Comité Internacional Olímpico, supone para unos Juegos «la vuelta a casa», por ser «una tierra de amantes del deporte» en la que se inventaron las normas de la deportividad. Ese código de valores –educación, respeto, sana competitividad, límites éticos, esfuerzo colectivo– tan arcaico sepultado, irónicamente, por el mismo capitalismo financiero que ha hecho rica a esta ciudad, y que ayer Boyle lanzó a todos los vientos (a todas las ondas) como declaración de intenciones de una humilde y sutil «pax britannica».

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