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Arapiles: La batalla que cambió el rumbo de un continente

Día 21/07/2012 - 11.51h

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El 22 de julio de 1812 la alianza militar formada por españoles, portugueses e ingleses al mando de Arthur Wellesley, quien a la postre y gracias sus hazañas militares se convertiría en duque de Wellington, derrotó en pleno campo charro al poderoso ejército francés que, según aseguran las crónicas, partía con ventaja en la contienda. Una lección táctica magistral, unida a los errores estratégicos y la escasa fortuna de las tropas de Napoleón en el campo de batalla contribuyeron a poner la primera piedra de su declive, que terminó de certificarse en Waterloo tres años más tarde. Conocida en España como la Batalla de Arapiles por el lugar donde se batieron ambos ejércitos, fuera de las fronteras españolas la derrota que sonrojó a Francia es narrada como la Batalla de Salamanca, según información recogida por Ical.

Mientras tanto, el antiguo regimiento Ligero de Lanceros de Castilla, conocido ya como la Brigada de Don Julián por estar al mando del salmantino Julián Sánchez, quien pasó a la posteridad bajo el apodo de El Charro, tomaba posiciones en el campo de batalla para expulsar a los franceses. Ellos eran, sin duda, los que mejor conocían la orografía de aquel terreno donde, a la postre, empezaron a morir las esperanzas napoleónicas de dominar Europa. El Charro y sus hombres se integraron en la división española liderada por Carlos de España.

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Los movimientos estratégicos se centran ya en el pueblo de Arapiles, donde las brigadas ligeras inglesas se dan de bruces con los ‘voltigeurs’ franceses, un tipo de tropas cuyo cometido era avanzar con rapidez hacia el frente del ataque para romper las formaciones enemigas o los servidores de la artillería. La presencia de esos hombres fue un claro síntoma de alerta para Weselley.

A medida que avanzaba la mañana, los franceses fueron acercándose a los promontorios desde donde ingleses y franceses esperaban órdenes. Allí fueron instalando baterías que empezaron a hostigar a las cuatro divisiones inglesas que tenían enfrente. Comienza el fuego de cañones, una situación que se prolonga hasta las cuatro de la tarde y que, según analizaba el propio Weselley al finalizar la batalla, no hizo demasiado daño a los aliados.

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Al mediodía, el grueso de tropas franceses se hizo visible avanzando hacia el oeste. Habían decidido ocupar toda la extensión del arapil que ocupaban para intimidar al enemigo. Aún albergaban la esperanza de poder rodear al ejército enemigo para precipitar así su derrota. El ejército francés se había desorganizado por la dificultad que representaba el posicionamiento en un poblado encinar. Más preocupado por acelerar la marcha que por guardar la formación, Marmont perdió el control de sus tropas. Creyó que Wellington estaba en plena retirada hacia Ciudad Rodrigo y confundió el polvo que levantaba la reserva de caballería en Aldeatejada con la retaguardia de este.

Esa grave torpeza fue otra de las claves de la batalla. Ordenó a tres divisiones que ocuparan la cima del escarpe y la loma subsiguiente, sin advertirles que debían mantenerse cerca unas de otras. Bonnet se dirigió hacia el Arapil Grande. Pese al hueco que le separaba de las tropas mandadas por Maucune, no lo consideró relevante al considerar que los ingleses no andarían cerca. Por detrás de esas dos divisiones, otro hueco los separaba de Thomières.

La suerte también estaba con los aliados. Quiso el fragor del combate que en sus primeros compases, algunos de los generales más importantes del ejército francés cayeran heridos, en algunos casos de muerte, por lo que la disposición táctica también se resintió debido a la desorganización momentánea. La situación se complicó aún más para los franceses cuando Marmont fue gravemente herido en un brazo y en el costado por un obús aliado. Incapaz de seguir al frente del ejército de Napoleón, capitaneado en España por el hermano del emperador, José Bonaparte, cedió el mando a Clausel.

La rápida recomposición de las tropas francesas y su reacción en el campo de batalla ante la adversidad y el poder demostrado por los aliados no puedo evitar la pérdida de su flanco izquierdo que, finalmente, determinaría la derrota.

Tras finalizar el fuego de artillería, se siguen produciendo escaramuzas bajo las encinas de la dehesa salmantina, convertidas en tumba para miles de hombres. Pese a la fragilidad de sus líneas, Francia no se da por vencida y sus soldados todavía siguen intentando lograr el objetivo confinar en Portugal a los ingleses que salieran vivos de la contienda.

Las consecuencias

Los cálculos sobre el dantesco resultado de lo sucedido en Arapiles arrojan datos espeluznantes. El recuento final estableció que 12.500 franceses y 5.220 aliados perdieron la vida en la Batalla de Salamanca. Generales como Bonnet, Desesgravier, Ferney, Marchand o Thomieres, auténticas leyendas de su Francia natal, dejaron su vida en Arapiles o fallecieron horas después a causa de las heridas. Otros militares de alto rango también quedaron marcados para siempre, caso de Cole, Leith y Beresfors por los aliados y el propio Auguste Marmont entre los derrotados. La coalición exhibió como trofeos de guerra los casi 7.000 prisioneros de aquel encuentro, junto a los 22 cañones o los 200 oficiales que también cayeron en sus manos.

Mientras tanto, el rey José Bonaparte, que llegó tarde a auxiliar a Marmont, tuvo que regresar a Madrid, de donde huyó en agosto poco antes de la llegada de los aliados para establecerse en Valencia. Los franceses levantaron, además, el sitio de Cádiz, un evidente síntoma de la progresiva retirada del territorio nacional.

El triunfo inglés pudo ser más aplastante si Wellington hubiera logrado su propósito de avanzar hacia el Norte al otoño siguiente para expulsar definitivamente al enemigo. Sin embargo, los franceses le hicieron frente en Burgos. Muy a su pesar, hubo de retirarse hacia Portugal ante una inminente derrota dado que llegaban refuerzos procedentes del país vecino. Ese contratiempo, sin embargo, no evitó la rendición definitiva del invasor francés en 1814.

La importancia de aquel sangriento suceso ocurrido hace 200 años en Salamanca, y que enseñó el camino al resto de enemigos franceses en el continente, fue resumida en una sola frase por el mariscal español Miguel de Álava en su carta a la Regencia dos días después de la finalización de las hostilidades: “La suerte de Castilla está decidida”. La de España y Europa, como se demostró poco después tras la derrota francesa en Rusia, también.

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