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«Prometheus» y «Robopocalipsis»: vuelven los robots

El próximo estreno en España del último filme de Ridley Scott, «Prometheus», y la publicación de «Robopocalipsis», de Daniel Wilson, dan nueva vida a los robots. Vuelven los androides

Día 23/07/2012 - 10.58h

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Ahí va por las cósmicas calles del Manhattan de 1855, epifánico y casi en éxtasis, el poeta Walt Whitman recitando aquello de «Yo le canto al cuerpo eléctrico». Y aquí viene, doscientos treinta y ocho años después, flotando en las avenidas de luz del espacio, la nave Prometheus rumbo a la distante luna LV-223. La tripulación duerme en animación suspendida y su sueño es vigilado por el androide David. Unidad de mantenimiento y suerte de mayordomo cósmico, David –arrogante, controlador y con una peculiar fijación con el Lawrence de Arabia de Peter O’Toole– tiene ciertos problemas con los humanos que lo fabricaron. Y son los mismos problemas de siempre.

Porque en Prometheus –nuevo filme de Ridley Scott y precuela de Alien, que se estrenará el próximo 3 de agosto– David (encarnado por el actor Michael Fassbender) sabe que sabe mucho más que sus creadores. Último espécimen cibernético en una franquicia en la que los de su especie ya tuvieron los rostros de Ian Holm, Lance Henriksen y Winona Ryder, David no se siente del todo reconocido o recompensado por esos frágiles organismos de carne y hueso.

El dilema de David –que enseguida se convierte en el problema de quienes lo fabricaron– es viejo como la palabra robot, patentada por el escritor checo Karel Capek en 1920, y antiguo como la idea de toda inteligencia artificial. Recordemos el casi telegráfico microrrelato de Fredric Brown, «Respuesta», donde el científico que acaba de poner en marcha una megacomputadora marca Golem XIV o Epicac o Multivac pregunta: «¿Existe Dios?», y de inmediato el ordenador responde: «Ahora sí». Y es que detrás de toda máquina servil hay un ingenio rebelde con una capacidad muy superior de ser como nosotros.

Descendencia metálica

No lo olvidemos: Adán –antes y después de todo– no es otra cosa que un invento desobediente. Y su descendencia metálica –porque los hijos heredan los defectos de los padres– se pasa todo el tiempo, y tiempo es lo que le sobra mientras aguanten las baterías, buscando un agujero legal por el que colarse y desactivar así las supuestamente incontestables y proteccionistas tres leyes de la robótica dictadas por Isaac Asimov (con una ayudita de John W. Campbell, editor de la revista Astounding Science Fiction): 1) Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño; 2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley; y 3) Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Después de Adán, la lista de hace interminable e imposible de agotar aquí, porque –atención– batteries not included para mover tanto heavy metal. Aún así, se pueden censar greatest hits que arrancan en los ancestrales mitos y primeros autómatas de Oriente. Y, de ahí y del carnal puzle del monstruo del doctor Frankenstein, a la madera animada de Pinocho; de los vaporosos artefactos del steam-punk de la Revolución Industrial –combatida por la clase obrera, que veía en las maquinarias una competencia desleal–, a los autómatas retro de La invención de Hugo o de Steven Millhauser; de la Olympia/Coppélia de E. T. A. Hoffmann a la María de Metrópolis, de Fritz Lang; de la abuela eléctrica de Ray Bradbury a los satíricos Trull y Clapaucio de Stanislaw Lem; de los sencillos y graciosos C3PO y R2D2 de La guerra de las galaxias a los muy complejos y acomplejados cylons de Battlestar Galáctica; del cabalístico Golem al descorazonado Hombre de Hojalata en El mago de Oz; de los Daleks a los Data; del robot-hombre RoboCop al hombre-robot Iron Man; de los pacifistas Iron Giant de Ted Hughes y el Gort de Ultimátum a la Tierra al belicoso Terminator de James Cameron y los Centinelas de Matrix; de los ominosos ángulos de colosos metálicos en la edad de oro de la ciencia ficción a las sensuales y curvilíneas androides en las publicidades de los años 80.

¡Que lo fundan!

La lista no termina ahí, y sigue y sigue: del averiado y confundido HAL 9000 en 2001: una odisea espacial, al disfuncional y borracho y latoso y «hecho en México» Bender Bending Rodríguez en Futurama riéndose de los japoneses Astroboy y Mazinger Z; del servicial Robby de Planeta prohibido al insoportable Hombre Bicentenario de Robin Williams (¡por favor, fúndanlo de una vez y para siempre!); de aquella portada de Queen a aquel videoclip de Björk; de Marvin, el androide paranoide de Douglas Adams, al cowboy asesino con cara de Yul Brynner en Westworld: Almas de metal; de los productos Made in Japan de última generación (el último eslabón encontrado responde al nombre de Hui Tong y puede realizar hasta cien movimientos faciales) a la cara dura de los animatronics vintage de Walt Disney para sus parques temáticos; del niño adoptado en Inteligencia artificial, de Steven Spielberg, a la niña deseada en Eva, de Kike Maíllo...

Y –¡diversión!– a todo esto y mucho más se añaden ahora nuevos engranajes y tuercas con la edición del best seller mundial Robopocalipsis, de Daniel H. Wilson (Plaza & Janés). Digámoslo desde el mismísimo on: el libro de Wilson, ingeniero de robótica que ya había publicado un ocurrente manual sobre cómo prepararnos y resistir un posible alzamiento mecánico, no es la Gran Novela Robótica que siempre estamos esperando. Robopocalipsis se presenta un poco como concentrado de lugares comunes cromados y revisitación de motivos clásicos del asunto. Más allá de esas ganas tan evidentes de convertirse lo más rápidamente posible en película –no se preocupen, Spielberg ya la tiene en su carpeta como proyecto inminente–, en Robopocalipsis, que transcurre en un futuro cercano en el que el número de robots duplica al de los hombres, nada es nuevo, nada es original; pero, aún así, apela con astucia al reblandecido disco duro de nuestra memoria afectiva.

Lágrimas en la lluvia

No hay en Robopocalipis nada de las preocupaciones cotidianas de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de ese especialista en humanoides con problemas que fue Philip K. Dick. Tampoco hay nada del lirismo vencido del replicante Nexus-6 Roy «Lágrimas en la lluvia» Batty al final de la cada vez más influyente en su treinta aniversario Blade Runner, la adaptación al cine de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En el filme nunca sabremos del todo si Rick Deckard es uno de los nuestros o uno de ellos. O tal vez sí: porque parece que finalmente, y después de años de rumores, Ridley Scott se atreverá con su secuela.

Lo cierto es que no importa demasiado la naturaleza humana o artificial de Deckard en la película. O al menos nunca le importó demasiado a Dick en sus ficciones. Basta comprobarlo en la novela mencionada (donde los cyborgs no son otra cosa que codiciados electrodomésticos que aumentan el estatus social de sus dueños), en Los simulacros y en Podemos construirle, o en relatos como «Impostor», «La segunda variedad» y «El último de los amos». En ellos, ser o no ser robot es más una vulgar incomodidad o un trámite engorroso que una cuestión hamletiana. Dick activa robots para que no tarden en averiarse y ser revendidos por piezas.

Y si Wilson no quiere ser Dick, tampoco quiere ser el futurista y anticipador Arthur C. Clarke, quien se pasó décadas –e innecesarias continuaciones– intentando redimir a su HAL 9000 de las muertes ocasionadas por un monolítico desperfecto a bordo del Discovery 1, rumbo a Júpiter, el infinito y más allá.

Presionar el botón de «off»

En «Man and Robot» –uno de los «capítulos perdidos» de su posterior novelización de la película de Stanley Kubrick de 1968, recuperados para su libro The Lost World of 2001 (1972)–, Clarke manifestaba de nuevo su indignación ante el absurdo de que, en la película, HAL 9000 pueda leer los labios de los astronautas que se confabulan para presionar su botón de off. También protestaba por la escena de David Bowman saltando de módulo a nave, sin casco, mientras aguantaba la respiración sin sufrir efecto alguno por el más que polar frío exterior. Clarke, seguro, se habría sentido más cómodo conversando con Wilson que con Dick.

Pero Wilson no quiere ser ni uno ni otro. No, lo de Wilson es mucho más ambiciosamente humilde o humildemente ambicioso. Wilson aspira a ser considerado el más eficiente y corregido y aumentado replicante del fallecido Michael Crichton. Lo nuevo de Wilson –la muy crichtoniana Amped, recién publicada en EE.UU.– avanza en la temática humanoide fundiéndola con la problemática humana. Allí, pacientes a los que se les implantaron microchips contra la epilepsia y otros desórdenes se descubren más evolucionados y poderosos que los sanos. Han sido y están, sí, amplificados; como aquella ganga –apenas seis millones de dólares– del biónico Steve Austin. O, ya que estamos, como El hombre terminal, de Crichton.

Sin «jugo» eléctrico

Aquí y ahora, la fantasía está cada vez más cerca de la realidad. La última novela de Robert HarrisEl índice del miedo, en Grijalbo a la vuelta del verano– trata del miedo como fuerza invisible pero decisiva a la hora de poder predecir las alzas y bajas en los mercados financieros. Y, por supuesto, alguien no tarda en destilar el software necesario para descodificarlo primero y anticiparlo y manipularlo después, enseguida.

Pero ni siquiera hay que ir tan lejos para comprender los vastos efectos de la electrificación sobre nuestros cuerpos. Desde nuestra necesidad por adquirir el último gadget mecánico, pasando por la desesperación que provoca toda caída momentánea de Facebook o Twitter, hasta el casi histérico luto planetario por Steve Jobs –nadie lloró tanto por Tesla o Edison–, está claro que no es que las máquinas nos necesiten para vivir, sino que ya no podemos vivir sin ellas.

Mucho de lo que hacíamos en persona, ahora se hace a través de cables y, de quedarnos sin jugo eléctrico, vaya uno a saber qué será de nosotros. ¡Sorpresa!: los robots nos dominarán sin mover un dedo y, simplemente, desactivándose por un rato, esperarán a que nos extingamos como el filamento metálico en el corazón y cerebro de una lámpara incandescente. Si el XX fue el siglo del robot, todo parece indicar que el XXI será el siglo del robotizado.

Papel y tinta

El enorme Ray Bradbury –quien siempre aclaró que lo suyo no era ciencia ficción anticipativa, sino fantasía– nos advirtió de todo esto en el clásico Fahrenheit 451. El mismo tipo de advertencia que ahora nos hacen desde la no-ficción libros como Superficiales, de Nicolas Carr, o Contra el rebaño digital, de Jarod Lanier.

Recuerden lo inolvidable: en Fahrenheit 451, ese sabueso mecánico olfateando a los infractores que insistían en seguir leyendo en papel y tinta; pero, antes, los televisores interactivos ocupando habitaciones enteras, los esposos informando a las esposas de su paradero minuto a minuto a través de radios de pulsera, «los casi juguetes con los que jugar» que fueron demasiado lejos, «los periódicos muriendo como inmensas polillas a las que nadie extrañó», y algo de lo que casi nadie suele acordarse a la hora del holocausto de la literatura.

Allí, el jefe de los bomberos inflamables le explica al cada vez más inseguro en sus convicciones Montag: «En cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos, de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Filmes, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una vulgar uniformidad... Imagínalo. El hombre del siglo XIX con sus caballos, sus perros, sus coches, sus lentos desplazamientos. Luego, en el siglo XX, acelera la cámara. Condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco. Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario. Salir de la guardería infantil para ir a la universidad y regresar a la guardería. Esta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más. La mente del hombre gira tan deprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de tiempo. Los años de universidad se acortan, la disciplina se relaja, la filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo es lo único que cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, ajustar tornillos? La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace deprisa, de cualquier modo… Y cada vez la mente absorbe menos porque cuanto mayor y más rápido es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. No es extraño que los complicados libros dejaran de venderse… No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología y la explotación de masas produjo el fenómeno, a Dios gracias».

Gritos en el espacio exterior

Así, más que quemar, acabaremos consumiéndonos tras electrocutarnos. Y nadie prohibirá nada, sino que, simplemente, se dejará de hacer y se dejará de ser. En manos de robots que –si hay suerte, como los moravecs de Dan Simmons en la nabokoviana Ilión– se preocuparán de cuestiones tan profundas como dirimir quién fue más grande: Shakespeare o Proust.

Que Wall-E nos ayude y, otra vez, todos juntos: «Klaatu barada nikto». Los Transformers, mejor, que se queden en Cybertron; porque cada vez que nos salvan, destruyen medio planeta.

Mientras tanto y hasta entonces, la tripulación del Prometheus –despreocupada, unplugged, soñando con ovejas orgánicas–espera a ser despertada por el tripulante David para volver a comprobar aquello de que «en el espacio nadie puede oír tus gritos».

El androide David, despierto, no sueña con nada. Pero sí, sus fantasías insomnes son las que, desde siempre y para siempre, nutrirán nuestras pesadillas. Y ya se sabe que nosotros, en lo que a pesadillas se refiere, tenemos cuerda y pila para rato.

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original
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