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Sobre la Génesis del Quijote (y II)

Día 19/07/2012
Sobre la Génesis del Quijote  (y II)
ARCHIVO ABC. ILUSTRACIÓN DE MINGOTE

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Releyendo ahora el texto de mi entrega anterior, inicial argumento de estas meditaciones cervantinas, puedo asegurar que ante el drama humano implícito en el Quijote he sentido un profundo dolor en mi sentimiento colectivo, me he visto involucrado, dentro del valor infinitesimal de mi persona, en esa plasmación de sucesos, aparentemente sencillos e intranscendentes, por donde discurre la obra cuya enjundia esencial, en cuatro largos siglos, aún no se ha dilucidado, todavía está latiendo en los entresijos de la incógnita. Y aún me atrevo a pensar -añadiré- que, por lo menos en el ámbito de España, nadie puede raerse algún parentesco, más o menos cercano, con «Don Juan», «La Celestina» o «El Quijote», herencia genética de una raza que no va en su desdoro sino en su honra.

Pongamos, pues, la primera piedra sobre el complejo asunto -desde aquí me referiré exclusivamente a El Quijote- que ahora ocupa nuestro pensamiento: un libro que es patrimonio de la humanidad, igual que las inmensas catedrales que jalonan de gloria todos los estratos de nuestra cultura, no se proyecta, no se estructura, no se levanta en un instante. Por su hondo calado arquitectónico -al margen de la belleza artística que van a ir acumulando en el conjunto de su construcción- precisan básicamente de unos cimientos firmes y seguros. La segunda torre de la bellísima Catedral Primada de Toledo, como correspondería a su trazado gótico, no pudo edificarse por falta de seguridad básica y estructural.

El Quijote precisó de mucho tiempo para gestarse, nacer, crecer y desarrollarse en el intelecto y la amplia comprensión de los grandes cervantistas. Para el primer estadío (gestación - nacimiento), según mis pobres cuentas, entre unas y otras cosas nada menos que treinta años: es lo que media desde el final del verano de 1584, en que Cervantes conoce Esquivias, y el mes de noviembre de 1615 en que sale el Segundo libro de los tórculos de la imprenta de la madrileña calle de San Eugenio, número 7, regentada a la sazón por la señora viuda de Juan de la Cuesta. Me refiero, obviamente, a la Segunda Parte del Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha. Tres décadas en gestación, ignoramos cuanto tiempo infuso en la mente de su creador, y cuatro siglos agigantándose, pues se trata de un libro abierto, intemporal y absolutamente vivo.

El aguerrido don Miguel había regresado, hacía pocos años, de una aventura insólita, difusa, compleja y deslumbrante, pero imposible de hacer gestar por entonces en su seno ningún tipo de altas filosofías y en ningún modo con capacidad para dar a la luz aquella galería (708 personajes) de seres excepcionales. Ni la Roma del Renacimiento; ni la batalla Naval, «la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, los presentes, ni esperan ver los venideros»; ni siquiera el inhumano cautiverio de Argel, pasan de otra cosa que los sugestivos fondos coloristas e ilustrativos de una hermosa sinfonía que comenzaba tímidamente con las primeras notas su preludio. Se trata de la época teatral de Cervantes. Mas para realizar la película completa, con más o menos naturalidad, pero con fuerte verosimilitud sobre todo, hacían falta unos actores básicos(no de la farándula) sencillos y humanos, plenos de realismo… Es de todas formas evidente el hecho de que Cervantes llevaba impreso en el soplo divino de su propia vida el espíritu caballeresco de don Quijote: su revelación violenta, siendo todavía un muchacho, contra la muy posible lengua viperina de Antonio de Sigura, su heroico reto a la muerte en el siniestro esquife de «La Marquesa», su mirada sostenida y digna ante los ojos terribles de aquel reptil sanguinario argelino llamado Hazán Bajá lo certifican de manera plena y contundente. Algo brillaba en el alma del «manco sano», del «regocijo de las musas» que cautivaba en los primeros instantes, ¿sería este el motivo concreto del certero flechazo que el niño -dios profano del amor lanza con tan certera rapidez al joven corazón de doña Catalina?, ¿o eran los designios de Dios, esta vez con mayúscula de grandeza, la revelación de sus ignotos e insondables destinos? El aventurero, el poeta, el dramaturgo, el escritor novel que ya tenía en la imprenta de Alcalá de Henares su deliciosa «Galatea», conoció a la noble esquiviana, a quien doblaba la edad, en los últimos días del bucólico mes de septiembre de 1584. El doce de diciembre, poco más de dos meses después, ya estaban unidos en santo matrimonio.

Miguel va a dar ahora consistencia integral y afectiva a la nebulosa de ese don Quijote que tantos años convive con su pensamiento, a lo largo de los veintisiete afortunados meses que residirá en Esquivias -el pequeño lugar «de los ilustres linajes» que dijera muchos años después-, pueblo humano, sencillo y al mismo tiempo conflictivo, un microcosmos rural donde hay mucho amor, mucha filosofía de gramática parda, donde, a veces, «hay más mal en la aldehuela de lo que suena», que le permiten conocer la historia y la leyenda de un popular ascendiente de su esposa, doña Catalina. Había sido don Alonso Quijada de Salazar, hidalgo solterón, intelectual lleno de fantasía, lector empedernido de un mundo poético y caballeresco, cuyos ideales le harían terminar en el claustro del convento de San Agustín de Toledo. No nos extrañemos, a Teresa de Cepeda y Ahumada las mismas aficiones juveniles la llevaron derechamente al cenobio y de él a los altares.

Pero a el «famoso todo» no le hubiese bastado con vivir la memoria del don Alonso «el Bueno», cuya clave genealógica nos descubre en el capítulo IL de la Primera Parte del Quijote, ni la de don Pero Pérez, el cura de Esquivias en el primer tercio del S. XVI, ni siquiera con maese Nicolás el Barbero y Pedro Alonso, el modesto labriego que levanta a don Quijote en su primera caída. Con este pequeño grupo «engendra» en la cárcel real -terrible- de Sevilla, «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación», aquel boceto primario -evidentemente ya con tintes singulares-, carente todavía en absoluto de la garra profunda y humanística que habría de tener la obra inmortal. Para continuar el periplo por los infinitos caminos de la historia, el Príncipe de los Ingenios hubo de recurrir a los registros de su prodigiosa memoria y sacar a la palestra a sus viejos amigos de Esquivias -sus Regocijados amigos»-, Sancho Zancas o Panza, María Juana o Teresa Cascajo, el Vizcaíno, Sansón Carrasco, el morisco Pedro Ricote, Tomé cecial, Ana Félix… todo el pueblo sagreño de la época con sus consejas, sus bondades, sus picardías y sus dichos -sobre todo- profundos, agudos, en casi todas las ocasiones graciosamente afortunados. «Haz gala de la humildad de tu linaje, Sancho, y no te desprecie decir que vienes de labradores…».

No es fantasía, queridos amigos, se trata de hechos absolutamente reales y consumados. Un árbol gigante y milenario solo necesita de un trocito de tierra para nacer y levantarse hacia los cielos; pero la tierra noble también precisa, como las notas de la vieja lira olvidada de Bécquer, «la mano de nieve que venga a arrancarlas». Las pruebas auténticas están ahí, patentes, en los archivos de la ya mítica iglesia de Esquivias. Sabino de Diego interpretándolos con paciencia franciscana, Jaime García plasmando las personas, los hechos históricos mezclados con las escenas literarias cervantinas en sus deliciosas «Estampas esquiveñas». Y como contrapunto, la paradoja: la mayoría de los editores y estudiosos del Quijote, perdidos todavía por los vericuetos de la hipótesis y la elucubración disparatada.

El Libro que produce inquietud en las estrellas, no se forjó en remotas galaxias cuya sola mención nos produce vértigo. Se gestó en un sencillo, pequeño y vibrante pueblecito de la Sagra toledana, Esquivias. En la obra rotunda de Cervantes, El Quijote, todo atisbo de grandeza parte de esa pequeña partícula humana que confirma la infinita relatividad de las cosas. Nuestro inmortal autor alcalaíno, devorador de libros, lo había leído todo: desde los clásicos griegos y latinos hasta el penúltimo libro de caballerías (el último es El Quijote), pasando por el Renacimiento y los primeros balbuceos del Barroco. No fue ajeno siquiera al Manierismo literario de que su obra está llena. Solo le faltaba la realidad humana, el estudio profundo y vivo de la antropología que había de revertir en sus magistrales personajes. Esa universidad antropológica la encontró en el pequeño lugar castellano de Esquivias. Sin éste, hoy ya emblemático pueblo, afirma Astrana Marín, el mejor de los biógrafos de Cervantes, hubiera sido imposible la universalidad de El Quijote.

Sobre la Génesis del Quijote  (y II)
J. Rosell Villasevil
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