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Shalom Auslander corrompe la figura de Ana Frank en «Esperanza: una tragedia»

Día 10/07/2012 - 16.51h
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El escritor estadounidense Shalom Auslander despliega su ácida literatura en «Esperanza: una tragedia», recién publicada por Blackie Books

Ana Frank es la judía mágica: la heroína del más tremendo de los cuentos de hadas (o de brujas) con final infeliz, la santa perfecta, la figura intocable. O casi. Porque ya la tocó una vez Philip Roth, en 1979, en El escritor fantasma, y ahora vuelve a hacerlo Shalom Auslander. Con una diferencia: mientras Roth es transgresor, Auslander (Monsey, Nueva York, 1970) es un blasfemador que, más que tocar, manosea a Ana Frank. ¿Y qué hace Auslander con ella? Fácil y no tanto: la presenta no como la impecable y sensible niña en el anexo, sino como una maloliente y malhablada «loca en el altillo» hibernando en un pueblo rural.

A diferencia de sus colegas generacionales –Chabon, Langer, Safran Foer, Krauss, Bezmogis o Englander–, Auslander no refunda o reforma «lo judío», sino que opta por hacerlo volar por los aires. En este sentido, Auslander no está tan cerca de Roth, pero sí pegado a Lenny Bruce o a Randy Newman. Lo suyo limita directamente con la rutina incendiaria del stand-up comedian o con el piano inflamable del más ácido de los entertainers.

Esta filiación, paradójicamente, es el único reparo que se le podría hacer a Esperanza: una tragedia. Porque aquí Auslander sacrifica la muy lograda primera persona del singular (que tan buenos resultados le diera en Lamentaciones de un prepucio) por una tercera persona que nos separa un tanto del abrasivo protagonista Solomon Kugel. Un desesperanzado fugitivo de la gran ciudad al que su psicoanalista le dice que considera a Hitler el hombre más optimista del siglo XX porque «¿Alguna vez has oído de algo más escandalosamente optimista que la Solución Final? ¡No solo el hecho de que pudiese existir una solución sino, además, una solución final!»

Excesivo Big Mac

Pero Kugel no encuentra su arreglo definitivo. Está casado con una mujer, Bree, que sufre el «bloqueo de escritor» y piensa que Philip Roth había muerto, y tiene un pequeño y enfermizo hijo, Jonah, a quien lo primero que le dijo, el día de su nacimiento, fue «Lo siento».

Por si fuera poco, soporta a una madre judía nacida tras la Segunda Guerra Mundial que está convencida de ser una superviviente de campo de concentración y segura de que todo jabón es un pariente muerto. Y no son ratones, tampoco es el pirómano local. No: en el ático de Kugel está Ana Frank –«Miss Holocausto 1945»–, empeñada en la secuela de su best seller mundial.

Y si Auslander declaró que «De las vacas sagradas salen las mejores hamburguesas», entonces Esperanza –que en sus mejores momentos recuerda a Joseph Heller y Bruce Jay Friedman– depara los mismos placeres que el más excesivo Big Mac. Algo que masticamos con culpa y placer.

Un crítico afirmó que Esperanza: una tragedia «se lee como el tipo de película que Woody Allen ya no se atreve a filmar». Puede ser. Mejor dicho: Esperanza: una tragedia es el tipo de película que Todd Solondz se atreverá a filmar cualquier día de estos.

Mientras tanto y hasta entonces, allí arriba, entre sombras, apestando y tóxica, Ana Frank«Hitler mató a seis millones de judíos y se le escapó justo esta», se lamenta Kugel– dice sentirse «tan cansada de toda esa mierda del Holocausto».

Esperanza: una tragedia

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