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Críticas de los estrenos del viernes 22

«Tengo ganas de ti», «La cueva de los sueños olvidados» y «Ellas», algunas de las propuestas destacadas

Día 22/06/2012 - 11.18h

«TENGO GANAS DE TI» **

OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE

En absoluta eufonía con «Tres metros sobre el cielo», película con la que comparte autor, historia, director, protagonistas y hasta euforia sentimental, «Tengo ganas de ti» recoge a los personajes, Hache (Mario Casas) y Babi (María Valverde), en pura diarrea nostálgica por el fracaso del primer amor, aunque se esfuerza en doblar la altura de esos tres metros gracias a otro personaje clave, Gin, una joven que estiliza todos los tópicos de la chica ideal y que encarna con su habitual fuerza y atractivo Clara Lago. La historia está impregnada de pasado conocido, pero también de «pesado» reconocible: incapaz el autor Moccia de salirse de la linde de lo trillado, reticente el guionista a imponerse a ello y empeñado el director, Fernando González Molina,en no encontrar imágenes nuevas para una vieja historia, se queda la película en manos de sus actores jóvenes (el mundo adulto es sólo una mala caricatura) que salen adelante gracias a eso tan infrecuente que se llama física y química. Mario Casas tiene ambas cosas y su «combate» constante con Clara Lago es lo mejor de la película; es cierto que guión y cámara le obligan a llevar su Hache a lugares absurdos (Molina quisiera convertirlo en una mezcla de Brando y Montgomery Clift) y a emociones que siempre quedan mejor sugeridas que filmadas, pero impone su mejor madera a la de su personaje. Marina Salas está estupenda, como Nerea Camacho, y María Valverde envuelve bien su poco pescado.

«LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS» ****

ANTONIO WEINRICHTER

Al cumplir ahora exactamente 50 años de actividad en el oficio de cineasta, parece claro que lo más interesante del «corpus» de Werner Herzog son sus documentales. Todos los que han abordado esta faceta de su trabajo (yo mismo he escrito un libro sobre el Herzog de no ficción) emplean términos como sublime o irónico, lo enlazan con el romanticismo alemán, y el propio Werner habla a menudo de buscar una «verdad extática». Son conceptos muy alejados del discurso sobrio, aséptico, objetivo y neutro que se asocia con el documental (o se le exige). Y lo cierto es que los «docus2 del amigo Werner no se parecen a los de los demás: son más inventivos, menos de fiar, y mucho más divertidos de lo que dicho discurso hace esperar. Herzog ha subido a volcanes, ha pateado desiertos, ha probado artilugios peligrosos, se ha ido a la guerra… en pos de esa verdad más profunda, dice, que la del documental meramente observacional. Y eso no cambia ni aunque trabaje para canales temáticos de la tele poco amigos de veleidades narrativas. Piensen en «Grizzly Man».

O en esta fascinante aventura, en donde se mete en la cueva de Chauvet y filma para el History Channel algunas de las pinturas rupestres más antiguas que se conocen. Es el único al que se le ha permitido acceder y la cueva está cerrada: se trata pues de una experiencia única. Pero, como siempre, lo que marca la diferencia es el enfoque de Herzog: su continuo comentario en off en ese inglés peculiar típico suyo, lleno de líneas de fuga, digresiones y alguna audaz especulación, que se reserva como clímax un epílogo extramuros de la cueva con animales mutantes que justifica por sí solo el precio de la entrada. Además, en esos bisontes pintados sobre rocas arcaicas que simulan el movimiento, Herzog descubre no sólo el primer fenómeno del arte humano sino una forma de protocine (francesa tenía que ser la cueva…). Genio, figura y antropología alucinada, sin duda.

«EL MUNDO ES NUESTRO» ***

O. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Hay películas que se escapan a la capacidad de análisis como el endecasílabo de un tartamudo, y ésta es una de ellas. Que es una comedia se sabe por el tiempo que echa uno en reírse y por lo cerca que anda de lo trágico. Que es un retrato cóncavo se sabe por los personajes, El Cabeza y El Culebra, y por lo que sueltan por sus bocas en una mezcla imposible de fiereza, grosería y gracia «incorrecta» y «natural», de ésa que encrespa la cabellera de todo colectivo vivo, desde el de los gays, al policial, al político, financiero..., hasta al colectivo de parados con «mono». Escrita, dirigida e interpretada por Alfonso Sánchez (cuyo genio e ingenio es pura urticaria para tertulianos), la película estalla en una sola situación que se alarga, sí, pero también divierte y empapa: el robo de un banco, con rehenes y con un infiltrado dispuesto a que todo vuele por los aires.

En Sevilla, con la guasa general, con el muestrario de tipos y «pichas», con sus cofradías, con la tele, «la pesoe», la mandanga y un par de raterillos a medio camino entre el Dioni y el (más) feo de los hermanos Calatrava... Ése es el paisaje, una pura alegoría de ese otro paisaje que nos tiene cogidos como rehenes del sistema, sea bancario, económico, político o decimal... Probablemente en «El mundo es nuestro» no haya gran cine, y menos aún un humor estilizado, pero más que una de esas películas que paran los pulsos de la crítica, es un campo de patatas calientes para que hocen los bajos instintos del espectador indignado, es un barreño de vitriolo en las aguas «claras» de nuestra actualidad o incluso la versión despiporre de «El grito», de Munch.

«ELLAS» ***

A. WEINRICHTER

Al asomarse al precipicio del deseo femenino Freud se preguntó, asustado, ¿en qué piensan ellas? Esta película, pese al título, hurga en lo que piensan ellos: utilizando como metáfora la prostitución (un fenómeno bastante real, por otro lado, y en el que el deseo femenino no parece ser el principal motor), confirma que el deseo masculino -nada nuevo en esto- es a menudo un juego de poder. La premisa: una periodista prepara un artículo para una revista de mujeres entrevistando a dos jóvenes prostitutas que «deberían estar estudiando» (de hecho, lo hacen para pagarse sus estudios: toque sociológico). Al morbo de verlas en acción, desnudando sus cuerpos mientras las oímos desnudar sus almas en las entrevistas, se une un morbo añadido: ¿se acabará soltando el pelo, por contagio, la periodista, que es esposa y madre, ama de casa y dedicada cocinera? Digamos que esta maruja de clase alta (un mérito del film es subrayar la diferencia de clase entre ella y las dos lolitas) viene encarnada por la gran Juliette Binoche, cuyo rostro es más interesante que los jóvenes cuerpos de las chicas (el cine es así, a diferencia de la publicidad y el porno) y que eso, su rostro, su recurrente torpeza doméstica (¿signo de su represión?) y su forcejeo con el ordenador es la verdadera fuente de fotogenia de la función.

«LA SUERTE EN TUS MANOS» ***

O. R. MARCHANTE

A Daniel Burman siempre le salen los protagonistas parlanchines, y en ésta, que cambia de álter ego, al estupendo Daniel Hendler por el sorprendente Jorge Drexler, la habitual verborrea se licúa y amplía hasta, digamos, una diarrea verbal; pero tan bien escrita y tan bien dicha..., tan rellena de interés, que uno se la zampa como si lo estuviera de chocolate. Burman construye personajes para que nos lo expliquen todo, la pareja, los hijos, el azar, las mamás intensas, la culturilla, la procreación, las segundas oportunidades, las varias edades del amor, de la música, del juego, esa mirada al (o desde) judaísmo que es tan propia al cine de Burman y que lo envuelve como para regalo.

Pero a este cineasta tan seguro de sí mismo, o al menos, de lo que sabe hacer bien, que es construir personajes vivos, cercanos, reconocibles y sugerentes, se le ha pegado su propio título, porque lo había confiado todo a una carta: que germinara y floreciera Jorge Drexler dentro de su historia, veterano músico, sí, pero novato actor. La suerte en las manos de Burman, o en el talento impresionante de Drexler, tan emotivo como gracioso y tan sincero como embaucador, y en su caótica relación con el mundo, pero, especialmente, con Gloria (el enigma Valeria Bertucceli), la segunda oportunidad, la vuelta atrás de la vasectomía... Y ese caos del personaje central es también su puesta en escena, su paisaje y contexto, que se refleja en su mundo, el de los mercados financieros o los casinos donde se mueve a escondidas Drexler. También hay un caótico control en la manera en que Burman cierra sus historias sin pizca de pudor, e invitándole a uno a que sospeche del azar con guiños del juego, encuentros en el asfalto y planos de más.

«ORSON WEST» ***

O. R. MARCHANTE

El juego de palabras del título de la película anuncia el interesante juego narrativo de este primer largo de Fran Ruvira, y las imágenes de arrancada te aploman en el territorio del «western», un paisaje inequívoco y mítico que pronto aludirá a otra mítica: una célebre «película» que no hizo Orson Welles, un «western», «The survivors», que localizó en esa «zona oeste» entre Murcia y Alicante a la que ahora llega otro director para rodar otra «película». Ruvira trocea y mezcla las diversas ficciones que abarca su historia como si manchara con ellas su película, la que se rueda en el lugar que no se rodó la de Welles, la de unos niños que viven los bordes del cine (del rodaje) como si fuera un sueño, la de la actriz que lo vive como si fuera un documental y cuyo regreso al pasado (ella es de allí, y tiene su propia historia) rima con el del rodaje actual, que retorna mediante la nostalgia de algunos supervivientes al que nunca empezó Welles. Es un conglomerado curioso y complejo de ficciones en un espacio y un tiempo ilusorios, que podría confundirse con cine dentro de cine, pero que es, en realidad, cine alrededor de cine.

«RED STATE» **

O. R. M.

Desde «Clerks», su primera película, Kevin Smith ha hecho grandes esfuerzos por tomarse la vida a broma y sus películas han sido siempre una melaza entre lo irreverente, lo cachondo y lo generacional. Y ahora, claro, le cuesta dar miedo al personal al incluir el terror y la furia en esta historia de jóvenes en plena fiebre de testosterona atrapados en una secta religiosa con uñas y dientes. El humor negro y la sátira se aferran a un argumento que podría hacer rechinar los dientes, y en el que lo verdaderamente terrorífico es el estado físico de John Goodman, que parece, el pobre, haber pasado por la licuadora de Pedro Picapiedra. Lo asombroso es el lugar desde donde narra Kevin Smith, que desconcierta al espectador: narra contra todos, contra la estupidez y el egoísmo juvenil, contra el fanatismo religioso (Michael Parks, el líder fanático, y Melissa Leo, su mano derecha, son la punta afilada de esta película), contra la inepcia policial... Nadie se salva del horror ácido de este director, que se empeña en acuchillar su producto con una mezcla ingente de géneros, hasta el punto de que en cualquier momento podría aparecer un zombi o el propio Freddy Krueger.

«DON GATO» **

J. CORTIJO

Aunque su paso por la televisión de dos canales a la hora del bocata de chocolate (en onzas) fue más bien fugaz, el recuerdo que dejó este felino ladino y amarillo, acompañado de su banda de bobalicones buscavidas, fue fetén. En España y, sobre todo, en Hispanoamérica, lo que explica que el mexicano Alberto Mar se haya atrevido a ponerle el cascabel a Don Gato, a Matute, a Benito Bolita (¿no era Bodoque?) y al resto de la pandilla. Un intento agradecido, sobre todo para los nostálgicos ochenteros, pero que se estrella precisamente en ese muro (granítico) del recuerdo. Porque el Don Gato «cuate» cambia el callejón picaresco, el teléfono en el poste y las raspas a las finas hierbas por los neones de Times Square, el espionaje casi bondiano, los móviles y unos robots (que enciman bailotean una macarrónica versión del «Rock It» de Herbie Hancock) de un villano que recuerda a Doctor Doofenshmirtz de «Phineas y Ferb». Si a eso le añadimos una trama ratonera y flojita (más o menos, un capítulo estándar estirado) y la extraña impresión que da toparse con la voz de Corbacho debajo del sombrero de nuestro héroe, la ilusión se va deshilachando poco a poco (a pesar de algún gag simpático, como los clones perrunos, algún viejo conocido, y los nada «hannabarberianos» fondos, aunque algo troquelados). Esperemos que la media docena de vidas que le quedarían en la gran pantalla a Don Gato sean más placenteras. O, al menos, neoyorquinas.

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