Ciudad Real

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Sobre la Génesis del Quijote (I)

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Día 26/05/2012

Seguramente que no iban muy descaminados, en principio, aquellos eruditos que intuyeron como génesis de esta obra singular las profundas raíces populares del Romancero. Cervantes, desde muy joven, estuvo íntimamente ligado a ese medio literario que con tanta fuerza circulaba, casi siempre de forma verbal, por todos los ámbitos y estratos sociales de España. Recordemos sino el terceto de su «Viaje del Parnaso», donde dice: «Yo he compuesto romances infinitos/ y el de los Celos es aquel que estimo/ entre otros que los tengo por malditos».

Si leemos detenidamente los primeros capítulos del Quijote de 1605, observaremos un tanto sorprendidos la ingenua y deliberada presentación, casi balbuciente, del modesto hidalgo rural cincuentón, austero e impecable ciudadano, cuyo único vicio, manía o desequilibrio mental radicaba en su afán enfermizo de leer libros de caballerías. Todo su mundo gira en torno a esos libros que consume con fruición, tanto de noche como de día («las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio»), y cuya adquisición le obligara a malvender alguna de sus mejores tierras de sembradura.

El personaje, una vez persuadido de su imprescindible valía, confiando en la fuerza de su brazo y en el valor de su ánimo, no importándole nada su vejez (para la época ancianidad era ya la cincuentena) ni su poco abundante salud, pertrechado de las mohosas armas de sus abuelos y caballero sobre el espinazo de un pobre jamelgo, «ético confirmado», que fuera «rocín-antes», se echa al mundo con objeto de «desfaacer» los entuertos de que el mismo está lleno, resucitando una andante caballería lejana y anacrónica, tanto en la realidad histórica como en la propia lectura ya en franca decadencia.

Pero don Quijote, nombre inventado tras largas horas de elucubración, según un Cervantes titubeante, así como deliberadamente impreciso, dice que su nombre real era el de Alonso Quijada, Quijano o Quesada, «que en esto hay alguna diferencia en los autores»,se lanza en solitario a los caminos «una mañana de las calurosas del mes de julio», y tras ser armado caballero de forma bufa y denigrante, en indigna ceremonia dirigida por un ventero delincuente y socarrón, sale de nuevo y esboza la defensa justiciera de un adolescente (Andresillo) poco recomendable, vago y resabiado, enfrentándose más tarde a un grupo de honrados mercaderes de Toledo que se dirige a Murcia, interceptándoles el camino en tanto no certifiquen formalmente que su dama (Dulcinea del Toboso, reminiscencia de algo que vio en su lejana juventud un par de veces, ignorado) es la más hermosa mujer que pisa la faz de la tierra. Los poco humorados mozos de mulas del séquito, le rompen su propia lanza en las costillas, dejando al pobre hidalgo tirado en el polvo «molido como cibera». Al día siguiente regresa a su hogar, auxiliado por uno de sus buenos convecinos (Pedro Alonso), que regresaba, junto con su bestia, de llevar una carga de trigo al molino.

Es casi tan sencillo el relato como insípido el argumento de «El Entremés los Romances», donde Bartolo, su protagonista, vuelve a su casa, también apaleado, en su primera y única salida, en esta ocasión enajenado por la lectura masiva del Romancero, lo que don Ramón Menéndez Pidal presentara luego, secundado por un buen grupo de cervantistas, como modelo literario en la génesis de nuestro don Quijote.

El personaje inicial, prototipo borroso y anodino todavía de quien había de ser espejo de inteligencias, émulo de caballerosidades, emporio de poesía es en aquellos sus primeros pasos, justo es reconocerlo, un ente ridículo y bufonesco -inmediatamente saldría a la calle en sortijas y desfiles carnavalescos- que despierta a su paso el alboroto, la burla, la compasión inclusive.

Da la sensación de que no tiene más vida, en el ánimo de su autor, que lo que pudieran abarcar las páginas de una novela corta, posiblemente otra de sus Ejemplares. Todo hubiera terminado, en este caso, tras la intervención «del brazo seglar» del ama dirigido por la religión y la política (cura y barbero), con la destrucción, quema inquisitorial de los únicos responsables del desaguisado: los libros que llenaban -y no solo de temas caballerescos- los anaqueles de la gran librería del hidalgo. Entre ellos se encontraba, por cierto, «La Galatea» de Cervantes, publicado en 1585. No es éste el testigo bibliográfico más joven de la cuadrilla, pues también justifica su presencia «El pastor de Iberia», un curioso y disparatado libro de tema pastoril, tan al uso en la época, publicado en Sevilla en 1591. Es preciso añadir resaltando, aparte su elocuencia en cuanto a las calendas del Quijote, que es éste libro muy difícil de hallar, existiendo del mismo una copia manuscrita en la Biblioteca Comunitaria de Toledo, así como la peculiaridad de su autor, el hispalense Bernardo de la Vega, gigantón dicharachero de quien habla Cervantes en el «Viaje del Parnaso».

Pero algo va a suceder, dentro de la trama en que se mueven las autónomas y discretas criaturas de Cervantes, para que aquel proyecto de «novella» se convierta en una de las obras más importantes de todos los tiempos, nada menos que en el prototipo de la novela moderna. Es Sancho Panza quien alarga el tema hasta lo infinito, poniendo en marcha con su aparente zafiedad, frente a la presencia cósmica de don Quijote, el eterno coloquio humano entre la realidad terrena y la fantasía poética de los sueños.

Y si el móvil principal de tan disparatadas acciones quijotiles, parece que son los libros de caballerías, capaces de «secar» un cerebro con tan altas ideas, lo cierto es que su obsesión lectiva no está tampoco muy lejos de la influencia del Romancero.

El propio relato comienza con dos octosílabos del Romance anónimo (¿sería Cervantes el autor?) titulado «El amante apaleado»: «En un lugar de La mancha/ que no le saldrá en la vida…». A las damas del partido que en la venta han de calzarle las espuelas y colgarle la espada, les recitará aquello de «Nunca fuera caballero/ de damas tan bien servido…» originario del Romance de Lanzarote. Y cuando le está socorriendo el bueno de su vecino, Pedro Alonso, se dirigirá a él, sin reconocerle, declamando estos famosos versos: «Oh noble marqués de Mantua/ mi tío y señor carnal…», que hacen referencia evidente al Romance del Marqués de Mantua, cuando cuenta la derrota de su sobrino, Valdovinos, a manos del hijo del emperador Carlomagno.

De esa pequeña gota de agua inicial resurgirá el inmenso océano del libro inmortal cervantino que, en su primera parte, con todos los defectos estructurales que queramos, sentará las bases sublimes de uno de los grandes mitos de la humanidad. Algo que no se consolidaría debidamente hasta diez años más tarde con la perfección literaria, estética, filosófica contenida en la segunda de 1615. Aquí los personajes se escapan del papel, porque son algo más que meros entes de ficción, son auténticos seres vivientes y pensantes con verdadera identidad e indiscutible libertad de albedrío: «Cada uno es hijo de sus obras», aseverará don Quijote. Ellos llegan a serlo sin duda, como bien lo entendieran Pirandello y Unamuno.

No obstante el cambio direccional literario, a lo largo de la trama persistirán las citas del Romancero, lo mismo que las del Refranero y, de manera continuada las de la Poesía, con infinitas connotaciones garcilasianas. Todo ello salpicado de golpes, desengaños y frustraciones. Como la vida misma.

En cuanto a los libros de caballerías, prácticamente en desuso en aquellos momentos, servirán más bien como referencia obligada, simbólica, para ejercer una durísima crítica paródica al sinuoso sistema político-social-religioso de los Austrias, donde las libertades humanas andaban harto cohibidas y encorsetadas. Ningún autor de su época expresaría impunemente tantas «blasfemias», solapadas entre los disparatados libros de caballerías y atenuadas en el presunto desequilibrio del loco sublime. Es de admirar lo que de locos y libros de caballerías sabía Miguel de Cervantes.

Resumiendo: El Quijote es retrato de la humanidad, quizá retrato perenne donde Dios tiene puesto los ojos como baremo de conducta humana, aparentemente sencillo y en el fondo profundo e inespugnable como el corazón humano. Ni de la génesis del «homo sapiens», ni de la de «El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha» conviene hablar precipitadamente. Es preciso antes conocerse un poco a sí mismos, «que es el más difícil conocimiento -dice don Quijote- que puede imaginarse; del conocerte saldrá el no hincharse como la rana que quiso compararse con el buey».

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