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Crece en España la indignación por la «prima de riesgo mediática»

ABC analiza con políticos, banqueros y periodistas la inquina con que la prensa anglosajona aborda la crisis española

Día 21/05/2012 - 13.02h

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Con el titular de portada del «Financial Times» de ayer —«Se disparan los créditos malos mientras Madrid se convierte en la línea de frente por la supervivencia del euro»— se cerraba una semana frenética en la que los españoles miraban los índices financieros con un ojo y las portadas de la prensa anglosajona con el otro. Portada del viernes del «Financial Times»: «España llama a la calma tras la rebaja en la calificación de la banca». Titular del jueves de su separata de mercados: «España recluta tasadores para la deuda inmobiliaria de la banca». Llamada en el «Daily Telegraph» sobre la noticia: «SOS de España».

Cuando el jueves todo un ministro de Hacienda y Administraciones Públicas como Cristóbal Montoro se vio obligado a salir al paso de la traducción en un diario español de un comentario en el blog del economista y columnista de «The New York Times», Paul Krugman, la ansiedad por el impacto en la imagen de España se convirtió en indignación. Numerosas voces políticas y empresariales, pero también ciudadanas, transmiten una aguda sensación de agravio al ver a nuestro país convertido en centro de la atención mediática, pero también en objeto de malos augurios percibidos como infundados, dentro de una gravedad de la situación que nadie niega. El propio ministro de Economía, Luis de Guindos, suele resumirlo así: «La percepción de la realidad es peor que la realidad misma».

Por eso, él mismo ha iniciado una cruzada para evangelizar a mercados y redacciones que le ha llevado en pocas semanas a China, Wall Street, Washington y, esta semana, a Londres, donde se reunió con varios periodistas. «Son medios muy poderosos que responden al clima de opinión dominante en ciertos sectores del mercado, que son los que están realizando grandes movimientos», nos explica una fuente del entorno del ministro. «Una foto en portada de una sucursal de Bankia con la Policía apostada delante hace un daño brutal, porque no responde a la realidad», cree.

En febrero de 2010, una visita de la entonces vicepresidenta Elena Salgado a la redacción del «Financial Times» —convertido así en altar de esta obligada peregrinación de la política a los medios— fue seguida de una portada en la que el influyente rotativo avalaba por fin la «seriedad» del plan de ajuste del anterior Gobierno. Varios periodistas londinenses consultados esta semana destacan la utilidad de encuentros como el de Londres, que en Economía describen como un «pulso tenso y muy interesante», con una cierta tensión que ven como normal por el estilo «educado pero agresivo» de la prensa inglesa.

Sin embargo, según otra fuente conocedora del encuentro de De Guindos el martes con el «Financial Times» (no confirmado oficialmente por ninguna de las partes), la preferencia de algunos periodistas por el rumbo reformista de Mario Monti en Italia habría causado «desesperación» en la delegación española.

Desde «The Economist», la otra gran tribuna financiera, su editor de Internacional, Edward Carr, resume así el punto de vista de unos profesionales celosos de su independencia. «Nos gratifica la influencia de “The Economist”, pero no dejamos que eso restrinja lo que escribimos o lo que concluimos. Nos esforzamos por no ofender sin motivo, pero si comenzamos a templar nuestro mensaje solo porque no es bienvenido estaríamos defraudando a nuestros lectores», nos explica.

Preocupación en la banca

Inevitablemente la realidad es analizada en otros ámbitos con claves más malignas. El diputado laborista y ex ministro británico de Asuntos Europeos, Denis Macshane, es fulminante en su análisis: «El FT y el “Economist”, como el “Wall Street Journal” de Rupert Murdoch, recelan de las naciones y creen, como la Inquisición, que solo hay un camino verdadero hacia la pureza financiera». Y añade: «Es absurdo que España se vea ahora amenazada con ser sacrificada en el altar de la ideología de una prensa anglosajona ultraliberal obediente a los intereses de la City y Wall Street».

Además de la política, es en la banca española donde más se palpa la sensación de estar siendo cruficados injustamente por una dañina «prima de riesgo mediática». «Hay mucha presión de los grandes fondos de inversión, que intoxican la realidad porque para ellos “cuanto peor, mejor”», aseguran desde una entidad española. «La prensa anglosajona es muy profesional, y son siempre muy críticos con sus propios Gobiernos, pero hay un cierto desdén histórico hacia España y los PIGS que se manifiesta ahora, cuando los bancos holandeses o irlandeses han recibido muchas más ayudas, la banca británica está parcialmente nacionalizada, Gran Bretaña está en recesión y tienen un déficit galopante», explica esta fuente del sector. A este temple en el análisis se suma la autocrítica: «Los cambios de dirección de un Gobierno a otro no han ayudado», reconoce un banquero español en Londres.

Gilles Tremlett, corresponsal de «The Guardian» en Madrid y autor de una reciente biografía de Catalina de Aragón, insiste en que «un problema de credibilidad no desaparece en semanas o meses, o con un mero cambio de Gobierno. Es verdad que se han anunciado muchas reformas, pero lo que no hemos visto aún es cómo van a ejecutarlas». Y cita entre esas fuentes de incertidumbre el déficit de las Comunidades autónomas, talón de Aquiles de la credibilidad de España junto a los activos inmobiliarios en manos de los bancos. En la situación de excepcional gravedad que atraviesa la zona euro, la «confianza» es en realidad la moneda de cambio que más circula. Y la frustración de muchos en un país decidido a llevar a cabo un proceso brutal de reformas como es España lleva a menudo a abrazar visiones conspiratorias de la realidad, con o sin fundamento. Un terreno espinoso sembrado de percepciones en el que muchos ven, en las críticas a la prensa extranjera, un ejercicio de «matar al mensajero».

Otros llaman a la calma, como hace Tremlet: «Los españoles no deberían obsesionarse con lo que digan otros, deben ponerse a ello [las reformas] y dejar que las acciones hablen más alto que las palabras».

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