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Bienvenidos a la ciudad de Botín

ABC entra en el corazón del Grupo Santander en Boadilla del Monte (Madrid). Una urbe con restaurantes, tiendas y guarderías, en la que trabajan 6.800 personas

Día 07/05/2012 - 21.11h

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Cinco siglos después de las ensoñaciones de Tomás Moro, alguien cree todavía que la ínsula de Utopía es posible. O casi. Al menos, en lo que a la esfera laboral se refiere, el primer Banco español (y también de toda la Eurozona, con cien millones de clientes en todo el mundo y tres millones de accionistas) ha intentado articular un espacio a la medida de las necesidades de los 6.800 trabajadores de la sede de sus servicios centrales, en la localidad madrileña de Boadilla del Monte.

Inaugurado hace ya ocho años, no se trata de un complejo empresarial al uso, sino de un empeño más ambicioso y singular: la Ciudad Grupo Santander, un diseño arquitectónico de Kevin Roche en doscientas cincuenta hectáreas blindadas por férreas medidas de seguridad, es un mundo autosuficiente que atrapa al visitante en un insospechado y sutil juego de muñecas rusas donde al corazón del poder (el despacho de Emilio Botín, una atalaya acristalada en el edificio llamado «Pereda» pero familiarmente conocido por los empleados como «el ovni») lo guarecen jardines de refinado paisajismo, una vasta zona forestal, deslumbrantes instalaciones deportivas, una modélica guardería con los mejores equipamientos, nueve restaurantes con oferta gastronómica variada (del wok de tallarines con gambas a los judiones de La Granja), centro médico, peluquería a módicos precios, un campo de golf de dieciocho hoyos y una sala de arte puntera en la que el magnífico continente realza adecuadamente unos contenidos de primera categoría.

Tintorería, modista de arreglos, camisería, un bar ambientado como circuito de Fórmula 1 y hasta un Vips (¿por qué privarse de esas compras prescindibles en los recesos de la jornada de trabajo?), además de los ocho edificios de oficinas, completan un pretendido «Shangri-La» en el que las incontestables ventajas terminan por derribar la posible veta crítica, ante unos ligeros e inesperados cosquilleos de abducción orwelliana. Porque la conciliación es esto: que al crío te lo recojan amorosamente en el mismo lugar donde trabajas, sin desplazamientos ni quebraderos de cabeza adicionales.

Sin personalismos

La ciudad supone una peculiar sinfonía de facilidades laborales y espíritu corporativo que los portavoces del Banco evitan atribuir a una idea personal de Emilio Botín, porque en realidad se inspira en modelos similares de Estados Unidos, como el complejo Microsoft en Redmond (Washington). El propio Botín ha dejado dicho que el recinto ha sido «pensado por y para los empleados», como certificación «transversal» de que todos y cada uno de los trabajadores son partícipes del proyecto. Pero sí está presente la impronta cántabra de la familia de banqueros en los topónimos santanderinos de las principales edificaciones y el marchamo de su arrollador éxito empresarial en el hecho de que en el interior de esta «burbuja» no se deja ver la crisis. Quizá porque el mercado español sólo supone un 20 por ciento del volumen total de negocio del Grupo Santander y porque la disminución de beneficios registrada entre enero y marzo (un 24 por ciento menos de los obtenidos en el mismo periodo de 2011) cabe achacarla al obligado incremento de provisiones frente a insolvencias.

Bienvenidos a la ciudad de Botín
JAIME GARCÍA
Jardines en la Ciudad del Santander

La visita a este mastodóntico sanctasanctórum del poder financiero requiere la formalidad de acreditarse, previa comunicación del DNI. El centro de recepción ya impacta: el edificio es un cubo de cristal con varias plantas de parking y paneles informativos con el carrusel de los indicadores económicos: Nasdaq, Dow Jones, Nikkei... Olivos centenarios (once de ellos milenarios, además de algunos ejemplares atípicos, espigados, traídos especialmente desde Calabria) pespuntean el paisaje. Son singulares monumentos vegetales, modelados al unísono por la naturaleza y por el hombre. Pronto nos topamos con la inmensa guardería: «Escuela infantil Altamira». Cinco módulos apaisados acogen a casi quiniesntos hijos de empleados, de cero a tres años. Pese a lo rotundo de la cifra, las sensaciones sobre el terreno son opuestas a las de agobio o masificación: el despliegue de medios es excepcional, y el cuidado de los niños, exquisito. También en lo pedagógico, gracias a avanzados métodos de estimulación: «Las madres nos dicen que los críos que salen de aquí llegan después al colegio como esponjas, mucho más receptivos que otros», comenta la coordinadora del centro, Teresa Albuger, mientras los niños se enredan y desenredan entre ovillos de colores. El nivel de satisfacción de los padres es altísimo, y la relación calidad-precio del servicio, óptima: 190 euros al mes, en un horario que cubre con flexibilidad cualquier jornada laboral.

La siguiente etapa de nuestro viaje iniciático por las tripas de la ciudad financiera es el centro deportivo El Sardinero. A media mañana, horario valle, hay pocos usuarios, pero parece difícil que las instalaciones puedan saturarse incluso en los momentos de mayor afluencia. Campos de fútbol, tenis, pádel, piscina cubierta, salas de «spinning», máquinas de cardio, de musculación, de pilates. Todo al alcance del empleado por una tarifa plana de 39 euros al mes. Otro dato nos parece más elocuente: hay una liguilla interna de fútbol... ¡con tres divisiones!

Pasada la una de mediodía, los espacios comunes se empiezan a poblar poco a poco de transeúntes bancarios con corbata (no todas rojas) camino de los diferentes centros de restauración, que sirven una media de 4.650 menús diarios (financiados por la empresa), o del complejo deportivo, en el que están abonados dos mil empleados. No deja de ser costumbrismo del siglo XXI, salpicado por la sugerentes estatuas-tentetieso de Juan Muñoz y el paisajismo zen del reputado Luis Vallejo, que fue maestro de Felipe González en el cultivo y cuidados de los bonsáis.

El arte, puerta de entrada

La última etapa es la sala de arte, situada en el edificio Pereda. En ella se da cobijo a las 170 obras más significativas de la Colección Santander, con pinturas de Picasso, Miró, Tàpies, Zurbarán, El Greco, Rubens o Van Dyck. Piezas maestras que, sin embargo, no encontramos expuestas, porque cada año el recinto acoge una exposición temporal de arte contemporáneo: actualmente, la colección de la familia Rubell, hasta el 17 de junio. Sí se mantiene en su sitio, perenne, el conjunto de murales de Josep Maria Sert «Las bodas de Camacho». De enorme formato, ha hallado acomodo en un espacio que, por luz natural, amplitud y medios técnicos desataría la envidia de no pocos museos y que es el verdadero cordón umbilical de conexión de la Ciudad Grupo Santander con el mundo exterior. La principal vía de entrada, porque a la colección permanente y a las exposiciones sí pueden acceder quienes no trabajan para el grupo. Con paciencia, reserva previa, y gracias a un autobús gratuito que sale de la Castellana, es posible atisbar de refilón, arte mediante, cómo se trabaja en el Banco más importante de España. Un mundo moderadamente feliz, sin ecos de Huxley.

Los porqués de la ciudad

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