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Los retratos de Pepe Castro: José María Madruga Samaniego

Día 31/03/2012 - 15.21h
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José María Madruga Samaniego. 82 años. Médico cirujano. Traumatólogo. Su madre, María, lo parió cirujano en Salamanca, cuando arrancaba la década de los 30 del siglo pasado. Porque solo cirujano puede nacer un hombre que se ha pasado la vida entera metido en un quirófano, vestido de verde, con la mirada fija en el esqueleto humano, en los músculos heridos, en el dolor del paciente sobre la mesa de operaciones. Y porque nació cirujano contrarió al padre fabricante de curtidos —«papá, quiero ser médico»—, que lo quería en la fábrica. Pero ya no había remedio.
Los retratos de Pepe Castro: José María Madruga Samaniego
pepe castro
El doctor José María Madruga

Porque a los 15 años había quedado hechizado por aquel nobel que descubrió que había neuronas en ese amasijo informe que hasta entonces era el cerebro. Al estudiar a Cajal en el colegio de los Jesuitas de Valladolid, donde pasó siete años interno, su camino ya estaba marcado: «Quería saber cómo era yo por dentro; sentí que quería ser cirujano para abrir y ver…». Con 23 años, el joven médico llegó a Madrid a hacer la especialidad. Por entonces, tras la guerra civil, en un régimen político aislado del mundo, la Medicina estaba en mantillas. Pensó en marcharse al extranjero, pero otros países rechazaban a los médicos de la España franquista. Y entonces, el destino le cruzó en el camino al número uno de la traumatología de entonces, el doctor Antonio Hernández Ros. Y nada más verlo, la eminencia lo adoptó como pupilo.

Posa en el estudio del fotógrafo con la mirada añorante del paraíso perdido: «Para mí, operar era tener el cielo en la tierra»; pero con ojos sabios y divertidos del que ahora mira jugar a los nietos en la casa familia, en Toledo, donde llegó hace medio siglo convertido en un auténtico especialista. Cuando preguntó dónde estaba el centro de la ciudad y le dijeron que allí mismo, en la Plaza de Zocodover que pisaba, tentado estuvo de volverse para Madrid. Pero había mucho que hacer en una ciudad de provincias donde los hospitales se improvisaban en casas particulares y las radiografías se secaban al sol en la calle, como la ropa.

En solo un mes su fama comenzó a subir como la espuma, y los primeros cinco pacientes de la consulta se multiplicaron por diez pocas semanas después. Él no salía del quirófano, era feliz operando, sanando heridas, aunque el instrumental poco ayudaba, la verdad, y torneros de la Fábrica de Armas crearon algunas herramientas diseñadas por él, adelantándose así a futuras técnicas quirúrgicas.

Sus manos, como alas dormidas en la fotografía, se posaron un día sobre una niña de 7 años gravemente afectada por la polio y postrada en cama sin remedio. Después de múltiples y complejas operaciones, un día la vio avanzar hacia él con sus muletas, sonriente, feliz, «¡doctor, puedo andar!». Pero el rostro del médico se entristece y sus ojos se humedecen al recordar el trágico final de su pequeña paciente, muerta de leucemia a los 20 años.

Un día se dio cuenta de que estaba solo, de que el tiempo pasaba y que alguna vez tendría que formar una familia. Ni siquiera tuvo que salir del quirófano porque ya le había echado el ojo a la enfermera que le admiraba y que trabajaba a su lado, aunque pareciera extasiado con la traumatología. Se casaron en tres meses y Mariví, la madre elegante de sus cuatro hijos, sigue ahora ahí, muy cerca, como siempre. Como cuando iban al cine y él le decía de repente, «anda, vámonos, no parece muy interesante la película y tengo que estudiar el caso de un paciente que mañana viene a la consulta».

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