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Viaje a la guerra

El periodista de ABC Mikel Ayestaran vuelve a Afganistán tras más de un año de paréntesis por las revoluciones árabes: «Mis compañeros de cena y ronquidos volverán pronto a Teherán, yo no lo sé»

Día 05/03/2012 - 10.35h

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El tren «verde» sale de Teherán a las siete y media de la tarde. El billete en primera clase a Mashad cuesta 400.000 riales (16 euros al cambio no oficial) y la megafonía anuncia que espera a los viajeros en el andén número nueve. Allí esperan los vagones comprados a China a un pasaje formado en gran medida por peregrinos que acuden a la ciudad santa del oeste del país para venerar al Imam Reza, el octavo Imam de los chiíes duodecimanos. Vagón cuatro, cabina número siete, dice el revisor al mirar el billete del extranjero. No hay un solo asiento libre.

Mis compañeros de viaje son dos hombres de negocios de mediana edad y un ingeniero que se dedica a revisar la calidad de los cimientos de nuevos edificios. Este último habla algo de inglés y sirve de traductor para saciar la sed de preguntas de unos compañeros que quieren saberlo todo. El interrogatorio empieza con la nacionalidad, sigue con la familia, el fútbol y termina con la situación política en el país, el tema que no puede faltar en toda tertulia iraní, especialmente después de las elecciones. Ninguno de ellos ha votado y piensan que el régimen lo tiene todo listo para dar unas cifras espectaculares de participación, que nadie creerá.

El tren avanza con pereza y haciendo muchas paradas. El trayecto es de doce horas y pasadas las nueve de la noche es momento de acercarse al vagón restaurante. Los dos únicos menús son lentejas con arroz o pollo con arroz. En mesitas con espacio para cuatro personas, manteles de plástico y luz tenue los camareros vestidos de blanco sirven la cena en bandejas metálicas acompañadas de las bebidas. Dos de pollo y dos colas para mis compañeros de mesa, lentejas y dough (yogur líquido) para mí. Los que llegan más tarde tienen que regresar a sus vagones con los estómagos vacíos porque se han agotado las existencias.

A las diez empiezan las maniobras para organizar las literas. El interventor reparte sábanas de color azul y protectores para las almohadas, guardadas en la parte superior de la cabina en pequeñas maletas de color azul marino. Me toca en la superior y abro la ventana para poder respirar. Ya es noche cerrada y apenas se divisan pequeñas lucecitas dispersas al paso lento del tren que según van apagándose las luces de los compartimentos parece que se anima y aviva la marcha.

Lo siguiente que recuerdo es la serenata infernal de ronquidos –suenan igual en farsi, árabe o chino- que intento combatir a golpe de iPod hasta que me quedo dormido, pero el descanso no dura demasiado porque a las seis y media de la mañana ya están tocando diana porque falta menos de una hora para la llegada. «Bienvenidos a esta tierra de peregrinos», reza un cartel enorme en una estación de grandes dimensiones donde los cazaperegrinos esperan a pie de andén para buscar clientes. Ofrecen hoteles, taxis… todo lo que un buen peregrino puede necesitar para disfrutar de su estancia en la ciudad santa. Momento de la despedida de los compañeros de cena y ronquidos, ellos volverán pronto a Teherán, yo no lo sé.

Taxi a Herat

Busco con la vista al señor Behbudi y a su Saman de color blanco que me llevará hasta Herat. Sobresale entre el resto de taxistas por su corpulencia y un traje negro con rayas blancas muy finas. Normalmente suele salir a las 4 de la mañana rumbo a Afganistán, pero hoy ha hecho una excepción y lo hará tres horas más tarde. El precio del trayecto (tres horas hasta la frontera y después otra hora hasta Herat) es de 200.000 tomanes (unos ochenta euros al cambio no oficial) y, como no hay más pasajeros, aprovecha para cargar el vehículo con huevos frescos y decenas de camisas guardadas en pequeñas cajas de cartón.

No hay un minuto que perder. Enfilamos hacia Fariman, donde hay que parar a comprar un bocadillo de atún, y taza de té va, taza de té viene –en vaso de cristal que de forma milagrosa se adapta al salpicadero y no se pierde una gota pese a las curvas o baches- alcanzamos Taybad, última localidad iraní antes de la frontera que sirve para llenar el depósito del Saman. Behbudi conoce el coche perfectamente y aunque no funcionan los indicadores del nivel de gasolina o de la velocidad sabe cuándo repostar y hasta dónde pisar el acelerador en los tramos vigilados por la Policía. Sólo falta el trámite de la frontera, pero apenas hay gente esperando y se solventa en menos de cinco minutos y tras depositar 20.000 riales (8 euros) en el pasaporte para alegría del funcionario afgano de turno. Welcome to Afghanistan! Reza un arco blanco y azul presidido por la foto de Hamid Karzai. Vuelta a este país tras más de un año de paréntesis por las revoluciones árabes.

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