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Pablo García López «Lo quiero todo perfecto»

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Es uno de nuestros jóvenes valores. Un día quiso ser violinista y acabó transmutado en tenor. Muy prometedor, por cierto. Ya ha debutado en Treviso, el Teatro Real de Madrid y Lieja

Día 12/02/2012

TENOR

CUALQUIERA diría que este jovenzuelo, de porte enjuto y voz serena, se transforma en un gigante de la ópera cuando se sube a un escenario. En la distancia corta, Pablo García López es un chico corriente. Un chaval que un día se apuntó al Conservatorio para estudiar violín y acabó emergiendo como un tenor portentoso. Tanto que a sus escasos 23 años ya ha debutado en el Teatro Real y en Treviso, y acaba de regresar de Lieja donde se ha dado un baño de aplausos bajo la batuta de López Cobos.

—¿Cuándo descubrió que tenía un don?

—Nunca creí que tuviera un don especial. Vi que la voz me salía fácil, pero descubrí que había un mundo de trabajo detrás.

Pablo García López (Córdoba, 1988) no tiene antecedentes familiares reseñables en el mundo de la música. Tan sólo cabe mencionar la afición de un hermano suyo por el piano, que avivó su curiosidad y acabó por empujarlo al Conservatorio. Pronto se decantó por el violín, hasta que el profesor de coro habló con su madre para advertirle que su hijo, tal vez, debería sopesar la posibilidad de inclinarse por el canto. Desde entonces, su vocación lírica no ha dejado de crecer. «Llegado un punto me topé con Juan Luque, que ha sido mi verdadero maestro. Cuando me conoció no me escuchó siquiera. Me dijo que era muy joven y que más tarde ya se vería. Poco después volví a insistir y fui a su clase a vocalizar. Pero volvió a decirme que esperara. Al año siguiente, me escuchó por fin y me dijo que ya estaba preparado para empezar a trabajar. Gracias a él, he hecho un gran avance técnico».

—¿Cuánto hay de técnica y cuánto de milagro en el canto?

—Técnica mucha. Todo se basa en una respiración casi de atleta.

Detrás del esplendor de un tenor hay muchas horas de trabajo. Sólo la respiración le exige ejecutar ejercicios muy exigentes. Se tumba en el suelo y se coloca hasta 15 kilos de peso sobre el vientre para fortalecer el músculo, que es como un fuelle que sostiene el aire. Si el aire no está bien soportado, la voz baila y vibra. Estudió en Salzburgo, en el Mozarteum, una de las instituciones musicales más prestigiosas del mundo, donde pulió sus dotes recitativas, elemento básico para la ópera y la zarzuela.

—¿A qué aspira?

—A ser feliz y a vivir de esto. A nada más.

—¿El perfeccionismo puede ser un lastre?

—Se puede convertir en un problema, pero para mí es una obligación. Me flagelo mucho y la gente quizás no lo entiende. Si un ensayo no va bien esa noche no duermo. Yo quiero que esté todo perfecto.

—Eso es una fuente de angustia.

—Sí, pero te da muy buenos resultados. Si llegas a los ensayos con todo muy trabajado, eso lo agradecen los directores, los compañeros y, finalmente, el teatro.

—¿Le da vértigo el escenario?

—No. Cuando voy a salir siempre pienso en lo bien que estaría en mi casa. Pero luego me encanta.

—¿Cómo vence el miedo escénico?

—Con mucho trabajo. Cuando tú llegas muy seguro, trabajado y dejas poco margen al error, el miedo lo controlas. Ya no hay miedo: lo que hay es disfrute.

—¿Tiene pánico a la mente en blanco?

—Siempre hay alguna vez. Gracias a Dios, y toco madera, tengo buena memoria. Pero si te ocurre, no pasa nada. El público lo entiende. Le ha pasado a los más grandes: a Caballé o a Kraus. Somos humanos.

—¿Cómo se lleva con los mitos?

—No soy mitómano. Escucho más a mis compañeros, como Juan Diego Flores o Ismael Jordi.

—No se muere por el autógrafo de Pavarotti.

—No me muero por un autógrafo de nadie.

—¿Mantiene el divismo a raya?

—Soy un antidivo. Eso de los caprichos está pasado de moda. Ahora el divo es el que tiene que trabajar. Somos divos en el escenario. El público quiere que nos lo creamos, que estemos en plenitud, y yo intento llenar entero el escenario.

—Dígame una manía incurable.

—Llevo dos calcetines siempre. Eso y un clavo que llevo conmigo.

Mozart y Luz Casal

Acaba de regresar de Lieja y quedamos en la puerta del Gran Teatro para la sesión fotográfica. Aquí se siente como en casa. En este escenario dio sus primeros pasos como tenor y se mueve por los camerinos y el patio de butacas con absoluta confianza. En uno de ellos, precisamente, tiene lugar la entrevista.

—Convénzanos de que la ópera no es un género «demodé».

—A la música hay que acercarse con la mente abierta, ganas de disfrutar y de conocer algo nuevo. Ahora tenemos más teatros en España que antes y se está acercando más la ópera y la música clásica a la gente. Soy un chaval absolutamente normal y cuando alguien me ve por la calle lo último que piensa es que soy tenor. Pero no tenemos tanto marketing como los músicos de pop o de rock.

—¿Qué se puede encontrar en su discoteca?

—Tengo miles de discos. Mucha música clásica y mucha ópera, que es lo que me gusta de verdad, sobre todo Mozart, mi compositor favorito. Tengo también Luz Casal.

—¿Es profeta en su tierra?

—Sí. El público me quiere y me sigue. Y hay gente que me apoya mucho, como Hernández Silva, Rafael López o Francisco López. Me siento querido y valorado, pero no puedes gustarle a todo el mundo.

—Sabina ha dicho que «el negocio del disco se va a la mierda». ¿Está usted indignado o resignado?

—El disco se ha ido a pique. Ahora tienen más auge las plataformas digitales. El negocio del disco lo ha hecho regular. En la ópera, se ha grabado la misma muchas veces y además es muy caro.

—¿En qué lado se encuentra: con los piratas o con los «polis»?

—Ni de unos ni de otros. Lo que sí está claro es que a nosotros nos llega poco dinero cuando hacemos un disco. Se queda en las productoras.

—Cuando la crisis entra por la puerta, ¿la cultura es la primera que sale por la ventana?

—Totalmente. Lo que está pasando con la cultura es indignante. Doy todo mi apoyo a la Orquesta de Córdoba. La cultura de una ciudad dice mucho de ella.

—¿Y qué dice la cultura de Córdoba?

—Por un lado, se están haciendo cosas muy buenas. En el Góngora se está abriendo una plataforma para gente joven. Pero algunos responsables de cultura se olvidan de que hay gente que estamos paseando el nombre de Córdoba por el mundo.

—¿Qué espera de sus responsables políticos?

—Que no se pierda aquí la ópera, ni la zarzuela, ni la lírica. Espero que se apoye a nuestra Orquesta y a los coros de la ciudad. Y a los que hacemos carrera fuera, al menos que nos traten con amabilidad. Que se acuerden de nosotros.

—¿Le tranquiliza que el concejal de Cultura sea el antiguo director del Conservatorio?

—Sí. A Juan Miguel (Moreno Calderón) lo aprecio personalmente y espero que haga mucho por la música.

—Culturalmente hablando, ¿hay vida fuera del Gran Teatro?

—Gente con tanto arte como aquí he visto en pocos sitios. Pero luego falta conexión. Tenemos uno de los mejores compositores contemporáneos, como Lorenzo Palomo, y apenas suena su nombre aquí. O como Paco Montalbo, el violinista. Pero no formas parte de la vida cultural.

—¿Por dónde desafina el mundo?

—Por lo mal repartido que está. Tenemos que apoyarnos y crear puestos de trabajo para todos. Los actores y los músicos también tenemos derecho a comer y a vivir.

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