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La muerte de Tàpies deja huérfano al mundo del arte

Día de luto en la cultura. Tan radical como su obra es la unánime admiración en torno al maestro y el universal legado que nos deja

Día 08/02/2012

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Emociona hallar tanta unanimidad en torno a un artista en un país que se pone la envidia por montera cada mañana. Ya lo dice Rafael Canogar: «Era muy admirado, incluso por sus compañeros, que a veces es lo más raro». La muerte de Antoni Tàpies llegó por la noche, tan oscura como sus lienzos, y nos puso a todos de acuerdo. Por una vez, y sin que sirva de precedente. Andamos justos de genios, cantaba Mecano. Quizá por ello, tan solo un día después de su marcha, ya andábamos ayer echándole de menos. La exdirectora del Reina Sofía María Corral recuerda a «ese artista internacional, presente en todos los museos del mundo; a ese artista excepcional cuya utilización de la materia es única; a ese grandísimo intelectual, con un profundo conocimiento sobre el pasado, la filosofía, Oriente...»

Miguel Zugaza, director del Prado, comparte con nosotros un recuerdo personal, cuando Tàpies recibió en 2003, en el Prado, el premio Velázquez. Tras el acto visitaron una exposición de Tiziano en el museo. Frente a frente, «dos maestros con una trayectoria tan longeva que fueron reiventándose sin traicionarse, sin agotarse. Ver con él la obra final de Tiziano fue muy emocionante. Nunca se debilitó la obra de Tiziano, como tampoco la de Tàpies, pese a que sus cuerpos ya no daban más de sí. Eso solo está reservado a los grandes. Ocurrió con Matisse, con Tiziano, con Tàpies...» Pone el dedo en la llaga Zugaza cuando pregunta «por qué se trata de ocultar la parte más realista de sus primeros años. Fue un comienzo muy coherente con su trayectoria posterior. Pudo ser una opción fácil para él seguir haciendo lo mismo. Pero, como ocurría con Chillida, cuando dominaba algo, lo traicionaba y lo rehacía». No oculta que le hubiera encantado ver su obra en el Prado: «Todavía es posible. El museo recibiría su obra encantado».

Tàpies, aunque mayor que ellos, pertenece a la misma generación que el grupo El Paso. Hablamos con dos de sus miembros. Para Martín Chirino, «su legado fue vital en un momento histórico en que España necesitaba esa renovación. Su relación con El Paso siempre fue muy amistosa». De su obra le gusta especialmente «la consecuencia»: «Es un hombre que utilizó la materia pictórica y siguió investigando hasta el final sin titubeo alguno, consiguiendo logros extraordinarios. Contra viento y marea, se mantuvo siempre en aquello en lo que creía». Explica Rafael Canogarque «su amor al arte, a la pintura, nos enamoró a todos. Esa permanencia, esa constante, me emociona; la búsqueda de lo absoluto, la dimensión trascendental de su obra... Pese a la diferencia de edad, pertenecemos a la misma generación. Teníamos las mismas inquietudes y los mismos ideales».

Y más colegas siguen llorando su muerte. Luis Gordillolo está viviendo como «un día de luto, como si alguien de la familia hubiera desaparecido. Tàpies ha sido un valor muy alto en nuestras vidas, siempre ha estado ahí. De alguna manera nos ha dado una garantía de excelencia. De jóvenes, todos hacíamos, casi en broma, nuestros Tàpies, como una especie de rendición. Para mí fue una admiración radical, y ha seguido constante. Su pasión por el trabajo ha sido un ejemplo radical».

Para José Manuel Broto, Tàpies es «un pintor especial, un intelectual. Puso su trabajo en relación con la música, la poesía, la ciencia... Reivindicaba la contemplación». Durante 13 años, Broto vivió en Barcelona y tuvo la oportunidad de visitar casi todas las semanas al maestro. Nos relata la relación física de Tàpies con sus obras: «Pintaba en el suelo, con las manos, con todo el cuerpo...» Le recuerda como «un hacedor de objetos mágicos. Creía que la pintura podía tener un efecto curativo». Se queda con «lo radical que era con sus ideas y sus convicciones. Defendió con valentía y hasta con ira su fidelidad al mundo formal que construyó. En todo catalán, dicen, hay tanto rauxa (rabia, ira) como seny (serenidad, armonía). Creo que Tàpies tenía más de rauxa que de seny».

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