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Tour de Francia, un siglo cazando tramposos

80 años antes del Tour retirado a Alberto Contador, uno de sus campeones enseñaba a un periodista su mochila llena de cocaína, estricnina y pastillas. Corrió en la edición siguiente

Día 08/02/2012 - 11.47h

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En 1924, el ciclista francés Henri Pélissier, campeón en la edición de 1923, se retiró del Tour de Francia. El motivo, una disputa sobre un jersey con el entonces director de la carrera, Henri Desgrange, que no era más que la punta del iceberg de una continua guerra que Pélissier mantenía con la prensa, los organizadores y los patrocinadores. Siempre se quejaba de las duras condiciones que los ciclistas soportaban y lo poco que los «sponsors» les pagaban. Desgrange solía referirse a él como «ese campeón arrogante y cabezota».

Tras la retirada del 24, el temperamental ciclista decidió desquitarse. Él, su hermano Francis y Maurice Ville, que también abandonaron el Tour, quedaron con un periodista de «Le Petit Parisien» en un café para contarle todos los detalles. La disputa del jersey (Desgrange le había prohibido a Pélissier que utilizase una segunda prenda para combatir el frío) se quedó en nada cuando los tres ciclistas decidieron abrir sus mochilas y mostrar lo que era la dieta habitual del Tour: estricnina, cocaína, cloroformo, distintos tipos de pastillas... «Solo así podemos aguantar esto», se justificó Pélissier, refiriéndose a las penurias de la carrera: etapas de más de 400 kilómetros, continuas infecciones de fiebre y diarrea, o heridas por el esfuerzo físico desmedido (Pélissier perdió seis uñas de los pies en aquel Tour).

Tour de Francia, un siglo cazando tramposos
Henri Pélissier

Con todo, el contenido de su mochila no despertó suspicacias entre los organizadores. Pélissier (que murió en 1935, asesinado a tiros por su amante con la misma pistola que su esposa había utilizado para suicidarse dos años antes) volvió a correr sin problemas el Tour en 1925. A nadie le importaban las «ayudas» que los ciclistas utilizaban para llegar a la meta, pero sí se sancionaba que corriesen con dos «maillots» para evitar el frío. Y eso que la estricnina, el precedente histórico de la EPO, era además un estimulante kamikaze. En dosis mal calculadas podía ser letal.

Los primeros controles antidopaje no surgieron hasta 1966 (dos años después de la quinta victoria de Jacques Anquetil), y provocaron que, en la novena etapa, después de que la noche anterior se hiciese la primera medición, los corredores se bajasen de sus bicicletas y se declarasen en huelga. La situación se solucionó y, cinco jornadas después, se hizo otro control. Pese a que ya estaban sobre aviso, seis ciclistas dieron positivo.

Desde entonces, el ciclismo ha ido convirtiendo al dopaje en el principal de sus problemas. Pero en los primeros balbuceos del Tour de Francia, éste hubiera sido un asunto menor. Alberto Contador y Floyd Landis no han sido los únicos ganadores de la carrera a los que se les ha arrebatado el honor a posteriori. En el anárquico Tour de 1904 (la segunda edición), la federación francesa guillotinó cuatro meses después a los primeros cuatro clasificados a y otros cinco corredores, entre ellos el campeón que revalidaba el título de 1903, Maurice Garin. De hecho, le cayó la misma sanción que al de Pinto: dos años.

Un Tour entre pedradas

Nada de sustancias prohibidas. La federación, tras recoger varios testimonios, los acusó de trampas mucho menos sutiles: «Uso ilegal de coches y otros vehículos». Las multas que impuso la organización tras la primera etapa bastan para hacerse una idea del panorama: Hippolyte Aucouturier, que terminó la jornada cubierto de sangre tras caerse de cara contra el suelo, fue penado por correr junto a un misterioso ciclista no inscrito. Julien Lootens «Samson», por realizar buena parte de la etapa a rebufo del coche de un amigo, enganchándose incluso al parachoques. Chevalier, por dormir en otro coche durante 45 minutos.

No obstante, hay que entender que las duras condiciones que denunciaba Pélissier en los años veinte parecían un juego de niños comparadas con lo que eran esos Tours primigenios. Se corría con bicicletas de piñón fijo (por lo que era normal que parte de los puertos de montaña se hiciese a pie), que además no admitían recambio: solo estaba permitido usar una durante todo el Tour, y únicamente el ciclista que la utilizaba podía repararla. Tampoco se podía comer en mitad de un recorrido. Además, las etapas (que solían superar los 400 kilómetros) se corrían también por la noche y con los faros de dinamo de las bicicletas como única iluminación.

Tour de Francia, un siglo cazando tramposos
Maurice Garin

Por si fuera poco, el público no era muy deportivo. Era normal que el corredor originario de alguna localidad por la que pasase la carrera recibiese algo de ayuda extra de sus vecinos, que sembraban de clavos y cristales rotos las carreteras y avisaban a su «protegido» de cuáles eran esos tramos con sorpresa. Eso en el mejor de los casos. En la segunda etapa (Lyon-Marsella, un recorrido de montaña de 374 kilómetros), André Fauré pasó por Saint Etiénne, su pueblo natal, arropado por 200 fans que decidieron tratar de frenar al resto de corredores que le seguían.

Se emplearon a fondo: a Paul Gerbi le apalearon hasta dejarle inconsciente, y a Maurice Garin, que ya lideraba el Tour, le rompieron los dedos de la mano y le abrieron una brecha en la cara de una pedrada. Terminó el resto de la carrera ensangrentado y asiéndose al manillar con un brazo. Otros ciclistas no pasaron de Saint Etiénne. La turba solo se calmó cuando uno de los miembros de la organización empezó a disparar al aire.

En la tercera etapa no se mejoró. Porque pasaba por Nimes, ciudad natal de Ferdinand Payan, que fue descalificado el primer día por utilizar un motor en su bicicleta. Y sus vecinos estaban enfadados. La emprendieron a pedradas contra los corredores e incluso montaron barricadas en las calles. Aquello inspiró una frase lapidaria de Garin: "Ganaré el Tour de Francia. A no ser que me asesinen antes de llegar a París". Durante cuatro meses, la cita fue profética. Hasta que la sanción de la federación francesa (visto lo caldeado del ambiente, se entiende que prefirieran esperar cuatro meses hasta imponer los castigos) consiguió lo que hordas de pueblerinos con palos y piedras no habían logrado.

El campeón que ha quedado inscrito oficialmente fue Henri Cornet, que entonces tenía diecinueve años. Desgrange vaticinó que sería el último ganador del Tour, porque la carrera había «muerto de éxito». No fue así. El espectáculo continuó y Cornet alcanzó una fama indeseada. Los fans de Garin estuvieron amenazándole de muerte durante varios años. Al menos, en este sentido Andy Schleck puede estar tranquilo.

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