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Luis Molowny «El Mangas»

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Bernabéu se enteró de que el Barça iba a ficharlo, y consiguió adelantarse

Día 06/02/2012

El día 12 de febrero se cumplen dos años del fallecimiento del canario Luis Molowny, el inolvidable «Mangas», uno de los jugadores más artistas que yo he visto: para muchos, «esencia del madridismo».

También fue un forjador de frases inolvidables, como entrenador. Recuerdo su famosa consigna: «Chicos, salgan y jueguen como saben». Su norma: «Denle cariño al jugador». Su estrategia: «¿Que los rivales corren más? Pues si tú corres igual que ellos y tienes más calidad, les acabas ganando». Un monumento al buen sentido.

Había nacido en Arbelo (Puerto de la Cruz), en 1925. De ascendencia irlandesa, tenía los ojos azules, el pelo rubio. Cuenta la leyenda que no le quisieron hacer una prueba en un equipo: se situó detrás de una portería, devolvió con tal arte los balones que salían fuera que tuvieron que contratarlo... A comienzos de los cuarenta, pasó por el Club Deportivo Tenerife, el Santa Cruz y el Marino.

Su fama llegó a la Península. Quiso contratarlo el Barcelona y mandó, por barco, a un enviado. Bernabéu se bajó de un tren en Reus, leyó la noticia en un periódico catalán y llamó a Jacinto Quincoces: «Coge un avión, llévate cien mil pesetas en billetes nuevos y contrátalo». Como el avión llegó antes que el barco, ganó el Real Madrid. Comentaba luego don Santiago: «Si ese día no me bajo en Reus, la c...».

Debutó Molowny marcando, de cabeza, el gol de la victoria frente al Barcelona, en el Estadio Metropolitano (Chamartín estaba en obras): «En mi primera jugada regateé a varios, que me preguntaron dónde había aprendido a jugar así. Mi respuesta fue: ahora mismo». La sencillez de un artista.

En las navidades de 1946, el San Lorenzo de Almagro arrasaba en los campos españoles: ganó al Atlético de Madrid por 4-1. El Madrid le derrotó por el mismo tanteo, en un gran partido del canario. Declaró entonces Zubieta, su estrella: «Es uno de los más grandes jugadores que he visto nunca. En Buenos Aires, cualquier equipo se lo disputaría, a precio de oro».

Le tocó una etapa difícil en el Madrid: casi todo el dinero se iba en las obras del estadio... Jugó Molowny en el equipo blanco once temporadas, 171 partidos, marcó 89 goles. El equipo volvió a ganar la Liga con esta delantera: Joseíto, Olsen, Di Stéfano, Molowny y Gento (antes, Arsuaga y Cabrera). Consiguió dos Ligas, una Copa, dos Copas del Mundo, la inolvidable primera Copa de Europa. Con la selección nacional jugó siete partidos, incluido el Mundial de Brasil de 1950.

Al retirarse, volvió a su tierra. En 1969 entrenó a los «diablillos amarillos» del Las Palmas, subcampeones de Liga. En varios momentos difíciles lo llamó el Real Madrid, y siempre resolvió la papeleta: en 1974 ganó la Copa; en 1977, la Liga; en 1985, la Copa de la UEFA y la Liga. Se le consideraba un entrenador talismán, un «bombero». Entendía a los jugadores y ellos le querían: fue uno de los primeros entrenadores-psicólogos. Cuando al equipo se le habían indigestado las tácticas complejas, Molowny lo resolvía con sencillez y el Madrid volvía a ganar. Años después, lo definió Florentino: «Tenía un don especial: transmitir ilusión en momentos difíciles». Más corto, Del Bosque, su discípulo: «Maestro de maestros».

Debe su apodo a que solía jugar cogiéndose los puños de la camiseta: ¿por el frío de un canario en Madrid? Él lo explicó de otro modo: «Me gustaba cogerme los puños porque, al correr, me hacía parecer más alto y, además, cuando llovía, se daban más de sí y me daban equilibrio al regatear».

Era un gran interior izquierda, un clásico «diez», de fácil regate, pases templados, remates imparables. Pese a su propensión a engordar y su escasa velocidad, la acumulación de estrellas, en el ataque del Madrid, le llevó al extremo derecha. En el córner, sin moverse, sólo con fintas, mareaba al defensa: a la afición madridista se le caía la baba. Era como el castizo baile del chotis, en un ladrillo... Sólo Butragueño ha hecho algo parecido, después.

Todos lo quisieron: sus compañeros y los jugadores a los que entrenó. Cuando un equipo se pierde en las sutilezas metafísicas de algún entrenador divo, recuerdo la sabiduría del gran Luis Molowny: «Chicos, salgan y jueguen como saben»... Así era el fútbol, entonces.

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