Córdoba

Córdoba / DIRECTORA DE CINE Y GOYA DE HONOR 2012

Josefina Molina «¿Cómo explicar lo que amas?»

En efecto, Josefina Molina no encuentra palabras para expresar qué la empujó a forjar una de las biografías más laureadas del cine español. Esta cordobesa ya se sienta en el Olimpo del celuloide

Día 29/01/2012
Josefina Molina «¿Cómo explicar lo que amas?»

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LA mujer que recibió ayer el máximo galardón de la Academia del Cine despertó al séptimo arte una tarde en que se acomodó en la sala Góngora. Tenía 15 años y en la pantalla proyectaban «El Río», de Jean Renoir. La película le deslumbró. Le abrió un mundo nuevo, que le iluminó el camino que marcaría el resto de su vida. «En aquella película, la observación tenía mucha importancia, como el devenir de la vida. Me pareció el arte total: contenía literatura, imagen, música, colores. Todo me impactó tanto que, de repente, me di cuenta que la persona que estaba detrás de la cámara tenía una importancia muy grande». Así cristalizó una pasión que la empujó a Madrid poco después a estudiar dirección de cine y a cuajar una de las trayectorias más reconocidas del celuloide español.

—¿Qué es el cine para Josefina Molina?

—En mi vida lo ha sido todo. Mi profesión ha sido la imagen, en la televisión y en el cine. Pero, ¿cómo explicar lo que te gusta? ¿por qué amas lo que amas? Sencillamente, porque sí.

Josefina Molina (Córdoba, 1936) ha tenido la virtud de desbrozar un camino inédito para la mujer en el cine español. Fue pionera en colocarse detrás de la cámara en un tiempo en que la dirección cinematográfica era territorio reservado a los hombres. Su vocación por el cine prendió pronto, alumbrada en los incipientes cenáculos culturales de aquella Córdoba gris y aldeana de los años sesenta. Frecuentaba los dos cineclubes de la época, Senda y el Círculo de la Amistad, que tuvieron una significada influencia en la débil agitación intelectual de entonces.

—Dos islotes en un océano.

—Claro. Estábamos en un momento muy difícil del país. La cultura estaba muy censurada. Cualquier cosa que se decía era objeto de sospecha. Y utilizábamos el cineclub para hacer una especie de protesta interna y hablar de nuestro país.

Aún hoy, tantos años después, Córdoba brota en el recuerdo de Josefina Molina con enorme vigor. «Era una ciudad quizás un poco estancada, donde las actividades culturales no eran muchas. Pero era una ciudad bellísima. Con rincones absolutamente maravillosos. Cuando llega la primavera en Córdoba, se abren los sentidos y se aprecian los colores, el aire. Es algo que está tan dentro de mí que luego lo he buscado por todas partes donde he ido». Sus palabras suenan poderosas al otro lado del teléfono. Esta tarde viene a Córdoba (por el viernes) a recibir un homenaje de la Filmoteca y tiene una agenda endemoniada, lo que nos aconseja efectuar la entrevista por otros medios.

—¿Ha sido dueña de su carrera profesional?

—En la medida en que es posible. Lo digo siempre. Entre lo que podía hacer, he hecho lo que quería. Y no todo lo que he querido hacer lo he podido hacer.

—¿Y de su vida personal? No eran tiempos idóneos para la mujer.

—Nunca he entrado en ese terreno. Me he considerado igual que un hombre. Tenía mis necesidades de autonomía y la libertad económica suficiente para tomar los caminos que eligiera. Una mujer no tiene por qué hacer menos que el hombre. Pero sí tenemos un punto de vista particular que está alimentado por nuestra experiencia vital. En efecto, en mi generación era muy difícil compaginar la vida privada con la profesional.

—Detrás de la cámara, ¿la mirada de un hombre y una mujer es la misma?

—Yo lo que no haría es homogeneizar: ni la mirada de todos los hombres es igual, ni la de las mujeres tampoco. A los hombres se les individualiza. Nunca se hablará igual de Almodóvar que de Berlanga. Serán dos individualidades con estilos distintos y una obra personal. A nosotras se nos mete en el cajón de mujeres directoras, como si fuéramos un colectivo que tuviera una uniformidad. Pero no es así. Tenemos nuestras particularidades y cada una ve el mundo a su manera. No puedes comparar a Isabel Coixet con Icíar Bollaín. Son dos estilos distintos.

—¿Con qué cine se identifica?

—Si empezáramos la lista no acabaríamos. Lo que he querido es hacer un cine comprometido con el tiempo. De reflexión. Un cine que pudiera ser útil al espectador.

—¿Siente síndrome de abstinencia?

—No crea. La vida tiene muchas etapas. El cine es un oficio muy duro y a partir de cierta edad pierdes reflejos y capacidad. Es preciso plantearse el relevo generacional. Hay mujeres con un gran talento, listísimas, con una capacidad de análisis de la situación extraordinaria. No se pierde la curiosidad, ni el afán informativo y estás en el mundo. Pero tus intereses van por otro camino.

—¿Qué detesta del mundo del celuloide?

—No detesto nada del cine. Cuando tú amas una cosa estás dispuesta a perdonarle todos sus defectos.

—¿La cultura del todo gratis liquidará la industria cinematográfica?

—Claro que la amenaza, pero están cambiando los patrones de consumo, los espectadores y hay nuevas tecnologías que varían continuamente. El negocio del cine tiene que plantearse esa situación y buscar la forma para seguir adelante abriendo otros horizontes. Falta imaginación. Eso sí: los creadores tienen perfecto derecho a tener una compensación económica por su trabajo. Si no, se acaba todo.

—¿Qué trajeron las televisiones privadas: más libertad o más basura?

—Nos dijeron que la televisión privada nos iba a procurar mayores cotas de libertad. Yo he sufrido la censura de la dictadura, que era absurda y te podía costar muy caro. Pero la censura de las empresas medidoras de audiencia sí que es fuerte. Se puede cambiar cualquier cosa. Se hace una serie, se pone un primer capítulo y si la audiencia dice que no funciona, fuera la serie. Todo se disculpa a una televisión privada por el hecho de ganar dinero. Y la televisión privada tiene una responsabilidad hacia los ciudadanos. No puede corroer la dignidad de las personas, ni saltarse el lenguaje a la torera, ni los horarios infantiles, ni fomentar la violencia. Yo estas cosas no las disculpo. No entiendo que ganar dinero pueda disculpar de una responsabilidad. El espacio radioeléctrico es de todos los españoles. Eso habría que modificarlo.

—¿Hay que rebelarse contra la tiranía de las audiencias?

—Yo creo que sí, pero no sé cómo se hace eso. En Tele 5 los anunciantes han dicho que no a determinadas cosas porque había un programa que atentaba contra la dignidad de las personas. Quizás sea ese un camino.

—¿Cómo respira el cine español?

—Está en crisis. Como siempre. En todo el tiempo que me he dedicado al cine hemos estado en crisis. Es momento de cambio y los cambios siempre traen una sensación de inestabilidad e inseguridad. Creo que lo superaremos.

—¿Qué película le fascinó?

—Muchas. Aparte de «El Río», hay muchas películas que me han llegado al corazón o a la capacidad de reflexión. Ha habido cineastas con los que he conectado mucho: Truffaut o Visconti. O los maestros del cine americano, que han aportado muchas cosas al cine en lenguaje audiovisual.

—¿Cómo encuentra el pulso de Córdoba?

—Hay cosas que me gustan mucho y otras menos. Pero, en realidad, para mí Córdoba sigue siendo tan entrañable como antes. Y siempre que vuelvo a Córdoba vuelvo a casa.

—¿Cómo se divisa desde Madrid?

—Yo la veo viva. Al menos, el círculo donde me muevo lo veo vibrante y atento a la actualidad y a lo que sucede en el mundo. No la noto desfasada ni estancada, pero eso lo deben decir ustedes que viven allí. Andalucía ha cambiado tanto, y tan para bien, que desde luego creo que se está convirtiendo en una especie de oasis en este país.

—Usted tuvo que emigrar. ¿El talento está condenado al exilio?

—Yo hubiera querido no tener que irme de Córdoba. Ahora en Andalucía se puede hacer cine. Se lo podrán decir los cineastas cordobeses, que siguen viviendo allí y hacen cine. La cosa ha cambiado de tal manera que ya no es necesario exiliarse para hacer lo que te gusta

La mujer que marcó el camino

Nunca quiso marcharse de Córdoba, pero el cine la llamó desde muy joven y tuvo que emigrar a Madrid para ingresar en la Escuela Oficial de Cinematografía, donde se licenció en 1969. Se pulió profesionalmente en TVE y dirigió un buen número de espacios dramáticos, entre ellos el mítico «Estudio 1». Debutó como directora de cine con la película «Vera, un cuento cruel», aunque su consagración llegaría poco después con «Función de noche», junto a Lola Herrera, y más tarde con «Teresa de Jesús», una serie televisiva interpretada por Concha Velasco, que alcanzó altas cotas de audiencia. En 1989 dirigió «Esquilache», con Fernando Fernán Gómez, Adolfo Marsillach, Amparo Rivelles y nuevamente Concha Velasco. En 1993 puso fin a su carrera como directora de cine, con la película «La Lola se va a los puertos». .

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