Cataluña

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Encantos íntimos de la burguesía

Lluís Permanyer reconstruye en «Vides privades de la Barcelona burgesa» los microclimas del Eixample modernista

Día 28/12/2011 - 10.10h
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Primero fue la pujanza de una clase social, reflejada en «El esplendor de la Barcelona burguesa» y ahora toca el espacio interior: franquear la puerta con secuencias de la vida íntima de las clases pudientes barcelonesas. Fotografías en blanco y negro, recluidas en el cajón de una mesa de despacho regio, en álbumes perdidos en algún armario con lunas, o en alguna calaixera de marquetería art nouveau.

En «Vides privades de la Barcelona burgesa» (Angle), Lluís Permanyer reúne imágenes inéditas con las que recomponer las intimidades de las familias que abandonaron sus palacetes sombríos de la Ribera y la Ciutat Vella para trasladarse al Eixample; en palabras del autor, «el solar urbano más extenso de la Europa finisecular». Todo comenzó con el derribo, en 1854, de las murallas que asfixiaban la ciudad, la aprobación del plan Cerdà en 1860 y la construcción de la primera casa en plaza Catalunya.

La atalaya social

A partir de la exposición de 1888 y con la repatriación de capitales coloniales de Cuba y Filipinas a raíz del Desastre del 98, la sociedad civil culmina el proyecto urbanístico que define Barcelona: en las amplias calles y chaflanes lucirán las fachadas modernistas: desde la tribuna de la casa, el burgués disfruta de su atalaya social. Lucían los edificios, pero se procuraba ocultar la vida puertas adentro: la familia burguesa tenía una existencia autosuficiente y el confort de sus hogares reducía la vida en la calle y el contacto con las clases inferiores, antes inevitable en las estrellas callejas de la Ciutat Vella. La fachada, diseñada para competir en ostentación, señala Permanyer, «servía al mismo tiempo para marcar la frontera entre el espacio público y el privado».

Una imagen de la Casa Amatller muestra al acaudalado industrial chocolatero y su familia rodeados por las arquitecturas neogóticas de Puig i Cadafalch. En aquellos microclimas se movían personajes con vidas de novela. Por ejemplo la dida, una joven que había sido madre y que por razones económicas debía abandonar a su criatura y ponerse al servicio de una familia burguesa como ama de cría. A veces, explica Permanyer, su precaria situación o el largo viaje desde unos orígenes rurales a una ciudad desconocida le retiraban la leche y pasaba a ser ama seca. Eran tiempos en que un joven no se sentaba a la mesa de sus padres hasta los dieciocho años, después de haber sido cuidado por el ama o la tieta soltera.

Diversiones privadas

Los domingos por la mañana, las familias de la Dreta de l'Eixample —enclave de la alta burguesía— se congregan en la iglesia gótica de la Concepció. Después de la misa y si el tiempo lo permitía, apunta Permanyer, «era agradable y hasta divertido para la chiquillada deleitarse con la música que desgranaba la banda municipal, en el chaflán de paseo de Gracia y Gran Vía, junto al palacio Samà».

Las diversiones privadas —juegos de mesa, lecturas, música, charlas de salón, teatrillos, cine doméstico, costura, billar— se completaban con el protagonismo público del Hipódromo y el Liceo. Allí, los burgueses no sólo competían en indumentarias y carruajes, sino en «queridas» que sus esposas valoraban desde los palcos. A la amante, personaje ineludible de intimidades burguesas, se le ponía piso en la calle Aribau.

En plena guerra civil —contó Català-Roca a Permanyer—un cartel de Goñi pegado en las paredes interpelaba al viandante: «I tú? Què has fet per la victòria?» Y alguien escribió bajo la consigna: «Jo li he posat un piset al carrer d'Aribau». Amores y humores de «vidas privadas».

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