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TRIBUNA ABIERTA

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«Siempre hubo y siempre habrá personas esforzadas y flojas, y desde los antiguos griegos sabemos que la educación consiste, ya desde el parvulario, en un esfuerzo continuo; o discontinuo, porque la educación incluye ratos de juego»

Día 23/12/2011

EL diario ABC descubrió no hace mucho la existencia de falsos paradigmas que circulan como si tal cosa. Son como monedas que parecen de curso legal y pasan de mano en mano, de persona a persona, como verdad indubitable. Uno de tales paradigmas afirma sin más que el esfuerzo es de derechas. Ahora bien, ¿cómo se puede mantener esta falacia? ¿Cómo el candidato Rubalcaba pudo largar en campaña electoral que la derecha sólo viene a Andalucía de cacería? (¿Acaso en campaña se puede decir cualquier cosa...? Pues otra ilación ilegítima, como si una convención nos invitara a volvernos estúpidos cuando más falta hace la cabeza clara.) Ya es mucho olvidar a los furtivos, que cazan desde el Paleolítico por necesidad y donde quieren; o a la gente numerosa —de derecha, de izquierda o de centro— que nunca mataría una mosca pero que viaja a Andalucía o al Tirol en busca de huellas de la historia o de nuevos platos y bebidas. En afirmaciones tan grandiosas no se sostiene sujeto ni predicado, y hablar de la derecha como de la vecina del quinto, es un insulto; hablar del profesorado o del alumnado como convoluto es abusar de una lengua que no da para tanta arbitrariedad. No hay sintaxis sin razonable control, si no se puede calibrar la verdad o falsedad de lo afirmado, como ejemplifica el lógico con la frase de Nietzsche «Dios ha muerto». Paradigmas tan falsos (el hiperlocalismo es sagrado, la historia no prueba nada, toda deuda puede ser refinanciada, el esfuerzo es de derechas) son en realidad verdaderas sofisterías.

Se mire como se mire, el esfuerzo distingue a la persona, sea cual fuere su estatus o su orientación política. Cuando Ortega, en su libro más famoso, hace una disección del hombre masa, frente al hombre selecto o excelente, lo deja claro en un capítulo titulado «Vida noble y vida vulgar, o esfuerzo e inercia». Mientras el hombre masa se contenta con pensar lo que buenamente encuentra en su cabeza, el egregio desestima lo que halla sin esfuerzo «y sólo acepta como digno de él lo que aún está por encima de él y exige un nuevo estirón para alcanzarlo». Por principio Noblesse oblige, dice el filósofo; el noble originario se obliga a sí mismo, y al noble hereditario le obliga la herencia. Y llamamos al otro hombre-masa «no tanto porque sea multitudinario, cuanto porque es inerte». Cuando vemos a esos cientos, hasta miles de chicos y chicas que se aglomeran en botellón estupefaciente, entendemos con claridad la distinción orteguiana.

Se mire como se mire, siempre hubo y siempre habrá personas esforzadas y flojas, y desde los antiguos griegos sabemos que la educación consiste, ya desde el parvulario, en un esfuerzo continuo; o discontinuo, si se quiere, porque desde la más tierna infancia la educación incluye ratos de juego. Pero el juego no debe abultarse (ludoteca-ludopatía) hasta el punto de poner en peligro lo principal, y Menandro lo expresó con la mayor energía: «El hombre no desollado no será educado». Probablemente hemos olvidado la fórmula del comediógrafo griego, pero no Goethe, que la inscribió al comenzar su autobiografía.

El esfuerzo como condición de la posibilidad de cualquier educación, como requisito de garantía del valor de una persona, es tan evidente que no debería discutirse. Desde que Hesíodo, frente a Homero, abrió el camino de la paz, se viene admitiendo: «Los dioses y los hombres se indignan contra el que vive sin hacer nada, semejante en carácter a los zánganos sin aguijón, que consumen el esfuerzo de las abejas comiendo sin trabajar... El trabajo no es ninguna deshonra; la inactividad es una deshonra. Si trabajas, pronto te tendrá envidia el indolente al hacerte rico». Estas palabras de hace veintinueve siglos son universalmente válidas.

Hoy el título me lo proporciona un verso del Poema de Fernán González: «Da me, Señor, esfuerzo, seso e buen sentido». Hacia 1250, cuando la Reconquista va de vencida, el autor del poema rememora el argumento de nuestra cruzada particular: desde la pérdida de España en 711 se trata siempre de que «cobren castellanos algo de lo perdido». El esfuerzo y el buen sentido —entre la batalla y la repoblación, entre la épica y la agricultura— guiaban a los cristianos desde 711, cuando se plantearon la Reconquista; cristianos y no godos (precisa Américo Castro) que cinco siglos después, en las Navas de Tolosa, ya se ven a sí mismos como españoles. Cuando las Navas aún se escribía «espannoles».

JULIO ALMEIDA ES PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN EN LA UCO

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