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Una aventura intelectual

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Día 19/12/2011

Si las circunstancias políticas no hubieran condicionado tan decisivamente su vida, ¿qué perfil de Vaclav Havel permanecería en nuestra memoria? Es razonable suponer que su obra dramática y literaria ha adquirido determinadas perspectivas al hilo de su azarosa peripecia personal tan ligada al latido social y político de la reciente historia checa, pero también lo es imaginar que, sin el agobio de todas esas circunstancias, es probable que sus escritos y piezas teatrales serían más copiosos y habrían alcanzado otro vuelo. Pero en la vida de Havel, como en la de cualquier otro escritor, es imposible una separación quirúrgica de los múltiples elementos de un universo en el que las experiencias de todo tipo, la voluntad creadora y el talento literario forman una inextricable unidad.

El propio dramaturgo lo aclaró en más de una ocasión: «Nunca quise ser un escritor político. Creo que los buenos escritores y el buen arte y, en particular, el buen teatro, siempre son políticos, pero no porque los escritores y los directores quieran ser políticos sino porque es algo inherente a la esencia del teatro». Con esta clave hay que entender su vida y su escritura, amalgamadas en una fascinante aventura intelectual que ilumina en igual medida la tragedia del hombre moderno —que, como él escribió, «no es solo que sepa cada vez menos del significado de su propia vida, sino que también le preocupa cada vez menos»— y el devenir de una Europa diversa y, al tiempo, vertebrada por un sentimiento de identidad cultural menos difuso de lo que a simple vista parece y algunos desearían.

En ese sentido, Vaclav Havel fue en el siglo XX uno de los eslabones de ese sentir europeo desde el mismo corazón del continente, luchando en Checoslovaquia contra la tiranía comunista con ese alegato de valentía intelectual que fue la Carta 77, contribuyendo luego a la consolidación de la idea de una Europa ancha y libre, y formulando en su teatro las cuestiones y urgencias esenciales del ser humano contemporáneo. Por eso, más allá del impacto coyuntural asociado al momento en que fueron escritas, las obras del autor checo mantienen su interés y su vigencia, pues alienta en ellas un escalofrío universal que, como sucede con el mejor teatro de cualquier época, lo imbrica radicalmente a su tiempo y lo mantiene vivo para generaciones sucesivas.

Signada por la ironía y la hondura, la obra teatral de Havel, que fue tramoyista antes de convertirse en autor y dirigió el Teatro en la Balaustrada, participa de las preocupaciones argumentales y las exigencias estilísticas de su momento. Así, sus primeros trabajos dramáticos, «Motomorphosis» (1960), «Autostop»(1960), «Una tarde con la familia» (1962), «Fiesta en el jardín» (1963), «El comunicado» (1965), «Dificultad de concentración» (1968) y «Ángel guardián», están impregnados en mayor o menor medida de una atmósfera deudora del teatro del absurdo, a tono con el funcionamiento esquizoide y desquiciado de una sociedad vitalista ahormada por el rigor normativo de un gobierno comunista. Cuando ya había alcanzado el reconocimiento internacional, los carros de combate soviéticos agostaron la primavera de Praga y las obras de Havel fueron prohibidas, a lo que el dramaturgo respondió con una serie de piezas cortas que se representaron clandestinamente en domicilios particulares.

La represión y el aislamiento posteriores le obligaron a ganarse el pan en una fábrica de cerveza. De esa época son «Conspiradores» (1971), una adaptación de la obra de John Gay «La ópera de los mendigos» (1975), «Audiencia» (1975), «Inauguración» (1975), «Hotel de montaña» (1976) y «Protesta» (1978). Fruto de su condena a cuatro años de cárcel por sus actividades políticas, es la pieza «Error» (1983) y, de alguna manera, la considerada su obra maestra, «Largo desolato» (1985), escrita tras un proceso depresivo; vendrían después «Tentación» (1985) y «Mañana» (1988). Y aunque su acceso a la presidencia de Checoslovaquia en 1989 le hizo abandonar de hecho su actividad teatral, aún estrenó con éxito un nuevo título, «Retirándose» (2007).

Como ensayista es autor de «El poder de los sin poder» (1985), «Cartas a Olga» (1988), «Meditaciones estivales» (1992-1993), «El arte de lo imposible» (1998) y el volumen de memorias y pensamientos «Sea breve, por favor» (2006). Tanto estos volúmenes como su teatro revelan el vigor de una aventura intelectual enfrentada a las tiranías, tanto las políticas como las del consumismo o el conformismo, reveladora de los abismos de la incomunicación, el poder manipulador ejercido a través del lenguaje y la pérdida de la identidad.

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