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Fernando Martín Madera de líder

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Logró que toda una generación de españoles se enamorara del baloncesto. Fue el segundo jugador europeo en dar el salto a la NBA

Día 19/12/2011

A Fernando Martín le tocó un papel decisivo en el baloncesto español. Lo definió bien Pedro Ferrándiz: «Era el único líder que teníamos». Había nacido en Madrid, en 1962. Se inició, como tantos, en los equipos infantiles del Estudiantes. En 1981, fue la revelación de la Liga. Ese verano, logró contratarlo el Real Madrid. En su primer partido con los blancos, en Brasil, marcó cincuenta puntos. Corbalán, el veterano base, retrasó su adiós para disfrutar a su lado y orientarlo: «Era el primer verdadero profesional que llegaba al equipo». En seguida, Díaz Miguel lo llamó a la selección nacional.

En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (1984), España ganó en semifinales a Yugoslavia, jugó de igual a igual la final contra los Estados Unidos de Jordan y Ewing. Logramos la medalla de plata, una de nuestras cumbres. Fernando Martín lideró aquel inolvidable equipo, junto a Epi, Romay, Solozábal, Llorente...

Después de triunfar en el Real Madrid, en 1985 intentó el salto a la NBA, fue el segundo europeo que jugó allí (después del búlgaro Gloukhov). No resultó una experiencia fácil. El entrenador se empeñó en hacerle jugar en otro puesto. Pasó en Portland sólo un año. «Por primera vez en su vida —decía Corbalán— las cosas no le salieron como él quería». Pero aprendió mucho y abrió la puerta de América para los europeos y logró cumplir su sueño.

Volvió al Real Madrid, con una ficha récord de cien millones de pesetas. Con su equipo, jugó 170 partidos y anotó 3.300 puntos (casi veinte de promedio); con la selección nacional, 86 partidos y casi mil puntos. Se midió con los mejores jugadores europeos del momento, como Sabonis, Gullis, Faissoulas... Fueron legendarios sus enfrentamientos con Drazen Petrovic (luego compañero suyo) y con el americano Audie Norris.

Era un pívot fuerte, que intimidaba a los contrarios, y a la vez capaz de correr como un alero y de anotar mucho. Nunca había tenido un pívot así el baloncesto español. Su especialidad era el gancho en suspensión («la morcilla», lo llamaba, en broma, Lolo Sainz). Aportaba el juego interior que siempre nos había faltado.

Tenía espíritu de equipo. Al concluir la famosa final de la Recopa en la que Drazen Petrovic anotó 62 puntos y él solamente 11 (pero jugó con una escayola disimulada, en el brazo) se enfrentó al yugoslavo: «Eso de tirar tú más tiros que nadie, se va a acabar».

Era una cuestión de carácter, de amor propio. Lo recuerda Corbalán: «Él necesitaba triunfar y, con él, todos sentimos un instinto ganador recuperado». Y Llorente: «En la ducha, parecía que venía de Gladiator, con todo el cuerpo lleno de golpes y arañazos». En un playoff contra el Barcelona no podía jugar, por su frecuente dolor de espalda, y no viajó con el equipo. Opinó Aito García Reneses: «Sin él, el Real Madrid puede perder por 25». Sin decírselo a nadie, cogió el puente aéreo y se presentó en el Hotel Calderón para decirles a sus compañeros: «No me he levantado de la cama para perder...».

Cuando todo parecía ir mal, le decía al entrenador: «¡Tranquilo, que esto está ganado!» Se hizo famoso su eterno pronóstico: «¡A ganar! ¡Por veinte!».

Fue, quizá, el primer jugador mediático español, el primero en crear un videojuego. Llevaba mal la persecución de los periodistas, cuando salía con Ana Obregón...

Sus compañeros le adoraban por su ambición: «Reconozco que tengo un carácter excesivamente competitivo, que a veces me crea problemas —dijo—. Me gusta ser el primero en todas las cosas».

El 3 de diciembre de 1989, jugaba el Real Madrid contra el CAI. Al vestuario llegaron noticias de un atasco, en la M-30, por un accidente en el que había muerto un jugador blanco. Sólo faltaban dos, Fernando Martín y Quique Villalobos. Cuando éste apareció, todos comprendieron lo que había pasado. El Lancia rojo de Fernando se había estrellado. Tenía sólo 27 años... Fue una jornada trágica para el baloncesto español. Lloraba Norris, su gran rival. Proclamaba Drazen Petrovic, su «enemigo»: «Es el número uno». (Poco después, le siguió también, en ese final).

Dos días más tarde, jugó el Real Madrid contra los griegos del PAOK. En la cancha, Antonio, su hermano; sobre una silla, la camiseta de Fernando. Después de una remontada épica, el Madrid ganó claramente: por más de veinte puntos, como él siempre quería. Los aficionados coreaban: «Fernando está aquí...». Para los amantes del baloncesto, sigue estando.

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