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TRIBUNA ABIERTA

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«En la Unión Europea, la mujer tiene el mismo derecho que el varón a lucir su cara, su cabello y sus ideas»

Día 12/12/2011

Noticias de prensa: «La Fiscalía estudia si hay delito en la decisión de un centro escolar público de Burgos de prohibir a una niña de 12 años asistir a clase mientras lleve el pañuelo musulmán o hiyab». Y después: «El Supremo admite a trámite el recurso contra el veto al burka en Lérida».

Para empezar, yo investigaría lo contrario. Primero, si no habrá delito a estas alturas del siglo XXI en obligar a una fémina a (convencerse de que debe) ir señalada, es decir, subestimada de por vida. Y luego, si puede un maestro ser obligado a aceptar en su clase un pañuelo que autoriza la intromisión de una cultura que discrimina con alevosía al sexo femenino, una cultura que los hace emigrar. Vienen a Occidente, que de 1789 en adelante no ha hecho sino cumplir mal que bien la tríada revolucionaria: libertad, igualdad, fraternidad. Y probablemente las maestras se sentirán especialmente condolidas.

El abogado de la asociación musulmana «Watani», que recurre la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, que respaldó la decisión del Ayuntamiento de Lérida de prohibir el uso del burka y otras prendas que tapen el rostro en edificios municipales, se basa en la vulneración de derechos fundamentales como el de la igualdad. ¿Leemos bien?

Porque el problema es aproximadamente lo contrario. Frente al artículo 14 de la Constitución Española, burka y pañuelos, todos, discriminan ostentosamente a la mujer, y por eso el juez Bermúdez pudo en su día expulsar de su sala a una abogada islámica que vestía de una manera incompatible con los usos de Occidente; de Occidente y no sólo de la sala española. Chapeau. Si nos fijamos, el pañuelo no ampara el derecho a la igualdad. Es al revés: quieren mantener en Europa una señal de sumisión, un código de desigualdad, una humillación que se remonta al origen del tiempo-eje. Mientras discutimos la introducción del uniforme en el centro público y ya se ocupan ellos y ellas de dar con un atuendo que no desentone con el aurea mediocritas, el lucimiento del musulmán pañuelo sienta como un tiro en la línea de flotación del espíritu de la escuela pública.

En la Unión Europea, la mujer tiene el mismo derecho que el varón a lucir su cara, su cabello y sus ideas. Pretender que la chica desee vestir de esa manera «femenina» (que aquí significa subyugada, no meramente desigual), sólo merece una sonrisa. Cosa distinta es que tengamos inteligencias desiguales y que no vistamos uniforme; que a uno le gusten los toros y a otro la lectura, que no haya dos personas iguales: es el otro lado de la cuestión.

Es como si algún negro norteamericano reclamara la esclavitud y los veinte latigazos. Cuando la primera Declaración de Derechos de Virginia hablaba de los men, se entendían los hombres blancos, pero se exceptuaban los otros. En 1885, desde Boston, Valera escribe a su mujer: «Como aquí, en no siendo indio, chino o negro, todos somos iguales...». Pero ni las constituciones primeras ni don Juan pensaban todavía en la igualdad de las damas blancas, anglosajonas y protestantes, que no pudieron votar hasta 1920, y unas doctorandas americanas que estudiaban en Sevilla se sorprendían al oír a una chica llamar a otra «hombre» en conversación informal.

De modo que si aún quedan restos de discriminación en nuestra vida española y europea, disimulemos y no ofendamos la naciente libertad, la floreciente igualdad, la difícil fraternidad que ahora se esconde bajo el manto de solidaridad, que muchas veces es solidaridad sectaria. Y si el imán en la mezquita, el varón en su casa y algunas muchachas ingenuas alborotan e insisten en confundir la religión con el cabello femenino (cuyo sentido sexual es inmenso para Marañón), entonces habrá que hacer algo más que sonreír. Cuando objeten a los maestros que el Corán no habla de gimnasia, habrá que dejar claro que está en los libros de Platón y Aristóteles, como está muy principalmente la música, y estos autores eran vigentes —cuando surgió ese libro— desde Lisboa hasta el río Eufrates y desde Glasgow hasta el Sáhara y hoy el deporte vige universalmente y parece obligatorio. Y si el musulmán insiste, aún podrá nuestro docente repreguntar si el libro habla de los euros y de la Seguridad Social. En fin, de la importancia de ir descubierto en lugar de cubierto dan fe los chicos desorientados que entran en la biblioteca, en el aula o en el restaurante con una gorra de béisbol con la visera para atrás. Adolecen sin duda de estrabismo metafísico.

JULIO ALMEIDA ES PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN EN LA UCO

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