Teatro

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María Jesús Valdés, el discreto mutis de una gran dama

La actriz, una de las más queridas y respetadas intérpretes de nuestro teatro, falleció el sábado a los 84 años. Por expreso deseo fue incinerada ayer en la intimidad

Día 14/11/2011 - 10.50h

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Nuestra gran dama: así la solía yo saludar, un poco en broma ( pero sólo un poco): «¿Có-mo está nuestra gran dama de la escena?» Se reía, se avergonzaba, hacía mohines de damita joven... pero sabía que era verdad. Como actriz, en la posguerra, María Jesús Valdés no ha tenido rival.

Nació en Madrid; comenzó, como tantos, en el TEU, a los 17 años. Era una verdadera preciosidad: cara infantil, rubia, una sonrisa encantadora. Además, decía el verso —y la prosa— como nadie: con verdad, con sencillez, con emoción, con naturalidad. Lo agradecía a su maestra, Carmen Seco.

La descubrió Cayetano Luca de Tena, en el histórico estreno de «Historia de una escalera», de Buero Vallejo. Muy joven, formó su propia compañía, con el gran director José Luis Alonso y actores como Jesús Puente, María Luisa Ponte, Agustín González... Obtuvo éxitos memorables con «La hora de la fantasía», «Don Juan Tenorio», «El amor de los cuatro coroneles»...

En una presentación de temporada, en el Inaem, hacia el año 2000, una voz imprudente recordó lo enamorado que estuvo de ella una gran personalidad teatral, al que no hizo caso: María Jesús sonreía y callaba.

Se enamoró de Vicente Gil, el médico de Franco: al casarse, en 1957, dejó la escena. Delante de mí, muchas señoras le preguntaban si no lo había lamentado. Ella lo negaba: eligió casarse y tener hijos. Así fue feliz.

Treinta y cuatro años después, en 1991, la insistencia de Juanjo Seoane y Juan Carlos Pérez de la Fuente la hicieron reaparecer, en el papel de La Peregrina, de «La dama del alba», de Alejandro Casona. Aquella noche, muchos espectadores de buena voluntad temíamos que el paso del tiempo hubiera hecho palidecer su arte. Felizmente, no fue así: conservaba plenamente su frescura interpretativa, la verdad profunda de una gran actriz.

Éxitos inolvidables

Su segunda etapa sobre las tablas fue una sucesión de éxitos inolvidables; en muchos de ellos, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente . Conmovedora resultaba la escena final de «La muerte de un viajante»: un monólogo desgarrador, en primerísimo plano, mientras arrojaba un puñadito de arena a la tumba de su marido. O el esfuerzo magistral para adecuarse a un papel, en principio tan lejano de su carácter como el de «La visita de la vieja dama».

En esos años, disfruté de su amistad y confianza. Para un recital de las mañanas del domingo, en la Compañia Nacional de Teatro Clásico, le descubrí unos textos de «El jardín de las delicias» y pudo conocer a su autor, Francisco Ayala. Hicimos recitales y coloquios juntos. En varias ocasiones, le hice decir un texto de «Los intereses creados», que está al borde de lo cursi y que, en su voz, era un prodigio: «La noche amorosa, sobre los amantes, / tiende de su cielo el dosel nupcial...».

Cuando Juan Carlos Pérez de la Fuente y yo seleccionamos, para la temporada 2001-2002 del Centro Dramático Nacional, la «Carta de amor. (Como un suplicio chino)», de Fernando Arrabal, lo hicimos con dos condiciones: un espacio escénico no convencional y que la protagonista fuera María Jesús; sin esos dos requisitos, sencillamente, no se hubiera estrenado. Ella no lo veía claro: el esfuerzo del monólogo, la dureza de la situación y de algunas frases...

Logré convencerla, desayunando con ella, solos los dos, en el hotel Huerto del Cura, de Elche: «Va a ser el mejor papel de tu vida», le aseguré. Siempre me lo agradeció. No me equivocaba: muy pocas veces ha logrado una actriz española algo tan extraordinario. Obtuvo todos los premios, entusiasmó al público de todas las ciudades; también, de París: allí, con Pilar del Castillo, asistí a su triunfo.

Era, dentro y fuera de la escena, una auténtica señora. No conectaba con algunos aspectos de la profesión, en España... Recuerdo su admiración cuando fuimos al Roxy, a ver la película de Helen Mirren: «Hasta de espaldas, sin hablar, es la reina de Inglaterra».

De ese nivel, de las más grandes actrices del teatro mundial, era mi amiga María Jesús Valdés. Me parece escuchar hoy su voz, recitando, una vez más, a Benavente: «Y, desde que has muerto, sólo me ha besado / la luz de esa estrella».

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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