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Berthe Morisot, la primera impresionista

El museo Thyssen reivindica en una exposición la figura de la pintora francesa, musa de Manet

Día 14/11/2011

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Se le negó el ingreso en la Academia de Bellas Artes por el simple hecho de ser mujer. Tan solo le quedaba acudir al Louvre y hacer copias de obras de los grandes maestros. Así lo hizo junto a su hermana Edma. Pero Berthe Morisot (Bourges, 1841-París, 1895) estaba llamada a hacer grandes cosas en el mundo del arte. Y de ello tuvieron gran parte de «culpa» dos pintores. Por un lado, Corot, que en 1860 se convirtió en el nuevo maestro de las hermanas Morisot, y gracias al cual abandonaron el museo y salieron a pintar al aire libre.

Pero, para Berthe, más importante aún que Corot fue Manet, a quien conoce en 1868. Fue Manet quien sacó de ella la gran pintora que llevaba dentro. Pronto se convirtió en su modelo preferida. Posó para él en una decena de cuadros, algunos tan célebres como «El balcón», del Museo d'Orsay. En cierta manera estaba obsesionado con esta bella, culta e inteligente mujer, nacida en 1841 en una familia de la alta burguesía. La obsesión parece mutua, a tenor de las cartas de Berthe a su hermana: «Jamás olvidaré los antiguos días de amistad y de intimidad, cuando posaba para él y el encanto de su espíritu me mantenía muy despierta durante largas horas...» Siempre se rumoreó que hubo una relación sentimental entre ellos, pero nunca se pudo confirmar. Berthe acabó casándose con Eugène Manet, hermano del pintor.

Precisamente, con la influencia de Corot y Manet en la obra de Berthe Morisot arranca la exposición que el museo Thyssen dedica, desde el martes y hasta el 12 de febrero de 2012, a la artista francesa, la primera impresionista. Es una pequeña retrospectiva, que reúne una treintena de obras procedentes del museo Marmottan Monet de París. Junto a ellas, cuelgan diez obras de otros artistas impresionistas de las colecciones Thyssen, que ayudan a entender el entorno en el que creaba Morisot. La exposición sirve como antesala de la gran retrospectiva de esta artista que el Marmottan organizará el próximo año.

Fue la primera mujer que entró a formar parte del grupo impresionista. Expuso con Monet, Renoir, Sisley, Pissarro, Degas y compañía en la mítica Primera Exposición Impresionista de 1874, y recibió mejores críticas que algunos de sus compañeros. Fue Degas quien convenció a la madre de Berthe para que la dejase unirse al grupo: «Su nombre y su talento son demasiado importantes para nosotros como para que podamos prescindir de ella». «Yo valgo tanto como ellos», escribía la artista.

¿Aguanta bien Morisot el tipo colgando sus obras junto a las de sus colegas? «Sí, perfectamente, es una gran artista, la impresionista más fiel —comenta Paloma Alarcó, jefe de conservación de pintura moderna del Thyssen y comisaria de la exposición—. Su impresionismo es muy suelto; sus óleos parecen acuarelas. Fue una gran virtuosa del pastel y una gran retratista». En cambio, la comisaria advierte diferencias entre la mirada de Morisot y la de sus colegas impresionistas: «Mientras estos retratan a las modelos como si fueran voyeurs, Morisot lo hace con la naturalidad propia de su femineidad». Cree Alarcó que, pese a ser una protagonista destacada del grupo, «en el siglo XX fue injustamente relegada, solo se incluye en colectivas y aún hoy no se ha analizado debidamente el papel significativo que jugó en el desarrollo de este movimiento. Desarrolló una importante carrera artística sin renunciar a su papel de esposa y madre».

Independiente y rebelde, fue, además de una gran pintora, una activa animadora cultural. Mantuvo una estrecha amistad con intelectuales como Mallarmé y Valéry. Este último, casado con una sobrina de Morisot, decía que ella «vivía su pintura y pintaba su vida»; consideraba su pintura como «el diario de una mujer expresado a través del color y el dibujo». Y es que, mientras sus compañeros impresionistas pintaban en calles, bares y teatros, Berthe Morisot hacía lo propio en interiores domésticos: mujeres en casa leyendo, cosiendo, meditando... o paseando en parques. Hay una excepción: «En el baile», una de las principales obras de la muestra.

En la mayoría de las ocasiones pinta su propia intimidad. Muchas de sus pinturas tienen como escenario su casa, con sus muebles y sus objetos personales. Es el caso de «El espejo psiqué», de la colección Thyssen. Son su casa, su dormitorio y su espejo los que aparecen en el cuadro. Ese espejo, que figura en otra segunda obra en la muestra, se conserva hoy en el museo Marmottan. También sus modelos suelen ser familiares y amigos: su marido, su hermana Edma, sus sobrinas y, muy especialmente, su hija Julie, que desde que nace, en 1874, se convierte en casi protagonista absoluta de su producción. En la exposición hay muchos retratos de ella. Incluso cuelga una pequeña pintura hecha por Julie Manet Morisot siendo adolescente.

La última parte de la muestra está dedicada a sus escenas en la naturaleza. Berthe visita a Monet en Giverny y pinta flores. También trabaja en el Bois de Boulogne, cercano a su casa, y en una casa de campo en Mézy donde veraneaba. Allí retrata, vestida y desnuda —como las Majas de Goya—, a una pastora. Ambos retratos cuelgan juntos en la muestra. Sus compañeros impresionistas adoraban y admiraban a Berthe Morisot. Tras su muerte, en 1895, escribe Pissarro a su hijo: «Fue un honor para el grupo impresionista».

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